La historia de Punch, un pequeño mono que conmovió al mundo desde Ichikawa, Japón, abrió una conversación global sobre el impacto del abandono y la separación materna en las crías de fauna silvestre. El primate, rechazado por su madre, fue visto aferrándose a un peluche como sustituto de contacto y protección, un comportamiento que muchos interpretaron como tierno, pero que en realidad refleja una respuesta de supervivencia ante la ausencia de cuidado materno.
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Sin embargo, mientras el caso japonés generó empatía internacional, en Colombia existe una realidad mucho más cercana y silenciosa; el país también tiene su propio “Punch”, y se llama churuco.
En Neiva, una cría de mono churuco llegó a un Hogar de Paso tras ser víctima de la tenencia ilegal de fauna silvestre. A diferencia de Punch, su historia no se originó por un rechazo natural, sino por la intervención humana. El tráfico de especies le arrebató el derecho de crecer junto a su madre en su hábitat natural, obligándolo a adaptarse a un entorno artificial donde, al igual que el mono japonés, busca refugio emocional en un peluche. Ese gesto, lejos de ser adorable, evidencia estrés, carencia afectiva y una necesidad biológica básica de contacto, calor y seguridad.
¿De qué especie se trata?
El mono churuco (Lagothrix lagotricha), conocido también como mono lanudo, cumple un papel ecológico fundamental en los bosques colombianos, especialmente como dispersor de semillas que contribuye a la regeneración de los ecosistemas. Su captura para el comercio ilegal no solo pone en riesgo su bienestar individual, sino que impacta directamente la biodiversidad del país. Colombia es uno de los países más megadiversos del mundo, pero también uno de los más golpeados por el tráfico de fauna silvestre, una de las economías ilícitas que más afecta a los ecosistemas después del narcotráfico y la minería ilegal.
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Según autoridades ambientales y de protección animal, la mayoría de crías decomisadas en operativos llegan en condiciones críticas, desnutridas, deshidratadas y con severos cuadros de estrés por la separación temprana de sus madres. En el caso de los primates, este impacto emocional es aún más profundo, ya que son especies altamente sociales que dependen del vínculo materno para su desarrollo físico y conductual.
Cuando ese vínculo es interrumpido, los animales desarrollan conductas de apego a objetos, como mantas o peluches, como mecanismo de regulación emocional. Lo que el público suele ver como ternura es, en realidad, una señal de trauma.
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La historia del churuco en Neiva pone en evidencia una problemática urgente: la normalización de la fauna silvestre como mascota. Cada compra, captura o traslado ilegal rompe familias animales, destruye ciclos ecológicos y condena a muchas crías a una vida lejos de su entorno natural.
Por eso, expertos insisten en que la fauna silvestre no es doméstica ni debe ser humanizada. Su lugar siempre será la libertad, junto a su especie y en su ecosistema. Más que una historia conmovedora, este caso es una herida causada por los humanos y un recordatorio de que, sin demanda, no existe el tráfico de especies.
