A Sergio Fajardo todavía le dicen “profe” en muchas calles de Medellín. No es una coincidencia menor ni un simple apodo que haya surgido de una campaña. La palabra se terminó convirtiendo en el resumen de su identidad política, la que construyó durante más de dos décadas: la de un hombre convencido de que la pedagogía podía servir también para gobernar un país tomado por la violencia, la corrupción y la polarización.
Mientras otros políticos suben el tono de la voz, Fajardo aparece con tableros y explicando cifras. Mientras muchos se enfrentan públicamente, él habla de acuerdos, de unión y de decencia, aunque actualmente sí se ha mostrado más confrontativo contra rivales como Iván Cepeda y Abelardo De la Espriella. Y mientras la política colombiana se concentra en los extremos, él insiste en que todavía existe un espacio para el centro.
Esa apuesta lo ha convertido durante años en uno de los políticos más conocidos del país, pero también se ha vuelto el principal dilema de su carrera. Porque si algo ha acompañado a Sergio Fajardo en la política es que ha estado muy cerca de ser presidente, aunque nunca lo suficiente para lograrlo.
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Nació en Medellín el 19 de junio de 1956, en una familia antioqueña de clase media alta donde el estudio ocupaba un lugar central. Se formó como matemático en la Universidad de los Andes y posteriormente estudió un posgrado en la Universidad de Wisconsin, en Estados Unidos. Durante años fue profesor universitario y construyó una carrera académica sólida antes de pensar en la política. De hecho, quienes lo conocieron en esa etapa aseguran que buena parte de su estilo nació dentro de las aulas.
“Yo no llegué a la política desde la maquinaria ni desde los partidos tradicionales. Llegué desde la ciudadanía y desde la educación”, ha repetido en múltiples entrevistas durante su trayectoria pública.
Sin embargo, hubo un episodio que terminó marcando profundamente su visión del país y que se convirtió en el detonante definitivo de su salto a la política: la Medellín de los años más violentos del narcotráfico. Mientras la ciudad aparecía asociada a los carros bomba, los asesinatos y el poder de Pablo Escobar, Fajardo comenzó a participar en movimientos ciudadanos que buscaban reconstruir la confianza institucional y recuperar espacios públicos con educación y cultura.
Esa experiencia lo llevó a construir el movimiento Compromiso Ciudadano, con el que ganó la Alcaldía de Medellín en 2003. Su administración se transformó rápidamente en una de las más visibles del país y logró posicionar internacionalmente la idea de una ciudad que intentaba dejar la violencia a través de la inversión social. Los parques biblioteca, los metrocables, la recuperación urbanística de sectores marginados y el lema de “Medellín, la más educada” se convirtieron en símbolos y en su principal herencia en la capital antioqueña.
El propio Fajardo siempre dice: “El lugar donde nacemos, la familia, el territorio, básicamente determina lo que vamos a ser en la vida, y esa es la mayor injusticia. Por eso, creo que la educación tiene que ser un factor fundamental para enfrentar esas desigualdades”.
Ese discurso lo catapultó rápidamente al escenario nacional. Para muchos sectores urbanos y de clase media apareció como una figura distinta dentro de la política colombiana: un académico sin escándalos visibles, distante de las maquinarias tradicionales y con un lenguaje menos confrontacional que el de otros políticos.
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Sin embargo, la política rara vez permite trayectorias completamente limpias y el episodio más complejo de su carrera terminó golpeando precisamente el corazón de la imagen pública que había construido.
La controversia más grande que ha enfrentado Sergio Fajardo fue el caso de Hidroituango, el megaproyecto hidroeléctrico que derivó en una de las crisis de infraestructura más graves del país. Aunque la emergencia técnica ocurrió años después de su paso por la Gobernación de Antioquia, la Contraloría General de la República lo vinculó en 2020 a un proceso de responsabilidad fiscal por presuntas irregularidades relacionadas con decisiones tomadas durante su administración departamental.
La investigación representó un golpe político delicado porque coincidió con la preparación de su campaña presidencial de 2022 y porque afectaba directamente el principal activo político de Fajardo, su bandera de la transparencia. Sus rivales aprovecharon el caso para cuestionar la narrativa ética que había defendido durante años y comenzaron a señalar contradicciones entre su discurso anticorrupción y las decisiones administrativas relacionadas con el proyecto hidroeléctrico.
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Fajardo respondió insistentemente que nunca participó en decisiones técnicas sobre Hidroituango y aseguró que el proceso tenía motivaciones políticas. “No soy responsable del accidente de Hidroituango, y la comunidad lo sabe”, aseguró a través de sus redes sociales, luego de publicar varios videos sobre el caso.
Finalmente, en 2022 la Contraloría archivó el proceso después del pago realizado por las aseguradoras del proyecto y posteriormente también quedaron cerradas las actuaciones disciplinarias relacionadas con el caso. Sin embargo, aunque jurídicamente logró salir adelante, el desgaste político ya estaba hecho y el episodio dejó una marca en su imagen ante la opinión pública.
A esa dificultad se sumó otro episodio que todavía es una sombra en su carrera política: la decisión de votar en blanco en la segunda vuelta presidencial de 2018 entre Gustavo Petro e Iván Duque. Después de quedar a menos de 250.000 votos de disputar la Presidencia, Fajardo optó por no respaldar a ninguno de los dos candidatos y defendió su postura argumentando que no se sentía representado por ninguna de las alternativas.
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Pero la decisión terminó generando fuertes críticas desde distintos sectores. Para parte de la izquierda, Fajardo desperdició la posibilidad de cerrar el paso al uribismo. Para sectores de derecha, su posición confirmó la idea de que evitaba asumir decisiones definitivas. Y para muchos analistas, aquella elección consolidó una percepción que desde entonces lo acompaña: la de un dirigente moderado que en ocasiones transmite indecisión o de ser ‘tibio’.
A pesar de eso, Fajardo decidió volver a competir por la Presidencia y llegó nuevamente a la campaña de 2026 defendiendo las mismas banderas que han marcado toda su trayectoria política: educación, lucha contra la corrupción, fortalecimiento institucional y rechazo a la polarización.
Durante esta campaña ha insistido en que aprendió de errores anteriores y que hoy es un político más preparado para enfrentar la confrontación electoral. “La persona que tiene la capacidad de unir a Colombia soy yo”, afirmó en una entrevista con PUBLIMETRO, en la que aseguró que entendió la necesidad de asumir posiciones más firmes frente al país político y las dinámicas electorales.
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Sin embargo, la campaña hacia las elecciones presidenciales del 31 de mayo ha vuelto a mostrar las dificultades históricas de su proyecto político. Aunque conserva reconocimiento nacional y mantiene una imagen favorable relativamente alta frente a otros dirigentes, las encuestas lo han ubicado lejos de los primeros lugares y nuevamente ha debido enfrentar el fantasma del llamado “voto útil”, que suele afectar especialmente a las candidaturas de centro.
Fajardo mantiene el mismo tono que ha caracterizado toda su carrera pública. En auditorios, universidades y eventos públicos continúa hablando de educación como motor de transformación social y defendiendo la necesidad de construir acuerdos nacionales en un país cada vez más polarizado.
Para algunos, esa persistencia representa coherencia y decencia en medio de un escenario político cada vez más agresivo. Para otros, evidencia una desconexión frente a un electorado que parece moverse más por emociones y confrontaciones directas que por discursos técnicos o moderados.
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Lo cierto es que pocos dirigentes han logrado construir una identidad política tan reconocible como la de Sergio Fajardo. Incluso sus contradictores admiten que durante años representó una manera distinta de hacer política y que ayudó a posicionar temas como la educación y la transparencia en el centro del debate público.
A pocos días de una nueva elección presidencial, el profesor vuelve a presentarse ante los colombianos defendiendo la misma idea que lo llevó a abandonar las aulas universitarias para entrar a la política: la convicción de que el país todavía puede encontrar caminos distintos a la confrontación permanente.
Y quizás esa insistencia en la moderación, en un país acostumbrado históricamente a los extremos, sea al mismo tiempo la principal fortaleza y la mayor debilidad de Sergio Fajardo.
*Este perfil hace parte de un especial periodístico sobre los principales candidatos presidenciales. Puede leerlo aquí.
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