La seguridad se volvió una de esas palabras que todos los candidatos presidenciales quieren tener en primera fila. Más Policía, más inteligencia, más tecnología, más cárceles y más control del delito aparecen como promesas frecuentes en plena campaña. Pero, como quien dice, una cosa es prometer y otra muy distinta es mostrar de dónde va a salir la plata para cumplir; y esto quedó en evidencia en un reciente informe.
Ese es uno de los principales llamados de atención que deja la quinta edición del boletín de Bogotá Cómo Vamos, centrado en las propuestas de seguridad, convivencia y justicia incluidas en los programas de gobierno de las candidaturas presidenciales. El informe no solo revisa qué dicen los aspirantes, sino qué tan concretas, comparables y viables son sus apuestas frente a uno de los temas que más preocupa a la ciudadanía.
El documento advierte que hoy el país enfrenta una brecha importante en la financiación del sector seguridad. Fondos como FONSECON y FONSET, que sirven para financiar proyectos de convivencia y seguridad, resultan insuficientes frente a las necesidades actuales y representan menos del 0,05 % del PIB.
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La alerta es directa: aunque varios candidatos proponen ampliar el pie de fuerza o invertir más en seguridad, casi ninguno explica con claridad de dónde saldrá el dinero. En un contexto fiscal apretado, no basta con decir que se gastará más. También se necesita explicar si habrá reasignación de recursos, nuevas fuentes de financiación o mejoras en el uso del presupuesto existente.
Sin esa ruta, muchas propuestas pueden sonar bien en campaña, pero perder fuerza cuando se miran desde la realidad presupuestal. Y ahí está el punto de fondo: la seguridad no se resuelve solo con frases fuertes, sino con plata, capacidad institucional y decisiones sostenibles.
El control del delito domina el discurso de los candidatos a la Presidencia
El informe muestra que varios programas se concentran en el control del delito, es decir, en medidas de respuesta inmediata como presencia policial, inteligencia, tecnología, recuperación territorial o investigación criminal. En el caso de Abelardo de la Espriella, el análisis encontró que cerca del 60 % de su discurso en seguridad se concentra en control del delito, sin referencia a prevención.
Otros candidatos combinan control y prevención con diferentes pesos. Sergio Fajardo y Paloma Valencia presentan enfoques más equilibrados, mientras Claudia López, Sondra Macollins y Miguel Uribe también incluyen ambos enfoques, pero con ligera inclinación hacia el control. Iván Cepeda, por su parte, aparece con una apuesta más marcada hacia la prevención y el conflicto armado y paz.
Esto no significa que una propuesta sea automáticamente mejor que otra, pero sí muestra dónde está parado cada candidato. Algunos le apuestan al golpe rápido contra el delito; otros intentan combinar respuestas inmediatas con medidas sociales o institucionales de más largo plazo.
Seguridad con tecnología, pero sin reglas claras
Otro punto clave del boletín está en la inteligencia. Muchas campañas hablan de tecnología, inteligencia artificial y herramientas modernas para combatir el crimen, pero Bogotá Cómo Vamos advierte que el marco actual está desactualizado y requiere reglas claras sobre cómo se compran, operan y supervisan esas herramientas.
En palabras simples: no basta con prometer cámaras, software o inteligencia artificial si no se define quién las usa, bajo qué límites y con qué controles.
Bogotá también queda en deuda en temas de seguridad
El informe también deja una advertencia para la capital: en los programas analizados es poco visible el papel de las ciudades, incluida Bogotá. Esto resulta clave porque las grandes ciudades concentran buena parte de los problemas de seguridad y dependen de la coordinación entre el Gobierno Nacional y los gobiernos locales.
En conjunto, el mensaje es claro: los candidatos hablan mucho de seguridad, pero la ciudadanía necesita algo más que promesas. Necesita saber cuánto cuesta, quién lo paga, cómo se implementa y qué resultados concretos se pueden esperar. Porque en campaña todo suena posible, pero gobernar también exige pasar la cuenta.
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