La Selección Colombia como símbolo de unión en tiempos de polarización

En un país donde la política divide, la Selección une. Esa unión no es perfecta ni permanente, tiene retos por apropiaciones de símbolos y corrupción en el entorno, pero es real. Y en tiempos de incertidumbre, esa realidad es un bálsamo.. Columna de Alejandro Pino Calad

Opinión
Alejandro Pino Calad escribe sobre la ilusión con la selección Colombia en tiempos de polarización política.

El Mundial 2026 arranca con la misma mezcla de emociones que siempre ha acompañado a la Selección Colombia: ilusión, esperanza y, claro, polémica. Porque en este país el fútbol nunca es solo fútbol. La camiseta amarilla se convierte en bandera electoral, la Federación arrastra escándalos de corrupción y los dirigentes siguen administrando el deporte como si fuera un botín. Sin embargo, más allá de esa maraña de intereses políticos y económicos, hay un elemento que permanece intacto: la fe del hincha.

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El partido de despedida frente a Costa Rica fue la mejor prueba. El estadio se llenó de voces que coreaban el nombre de James Rodríguez, un jugador que simboliza tanto las glorias pasadas como la esperanza de un nuevo comienzo, de una nueva oportunidad. Los aplausos no fueron solo para un futbolista: fueron para una generación que aún cree que el fútbol puede ser un espacio de unión, un lugar donde las diferencias se suspenden y la emoción colectiva se impone sobre la desconfianza.

La paradoja es evidente. Mientras los dirigentes usan la Selección como herramienta política, como en la campaña presidencial en donde Abelardo de la Espriella se apropió del símbolo de la camiseta ante las críticas permanentes de Iván Cepeda, el pueblo la convierte en un símbolo de resistencia emocional. El hincha sabe que la Federación está manchada por la corrupción, pero también sabe que la Selección le pertenece más allá de los escritorios. Esa apropiación popular es lo que mantiene vivo el espectáculo, incluso cuando los intereses comerciales y electorales intentan desnaturalizarlo.

El Mundial es negocio, sí. La FIFA lo administra como una feria global de patrocinadores y derechos televisivos. Pero en Colombia, el Mundial también es ritual. Es la reunión en la sala, el abrazo en la calle, la lágrima compartida. Es el momento en que un país fracturado por la política se reconoce en un gol, aunque sea efímero. Esa ilusión no borra las críticas, pero las pone en perspectiva: el fútbol puede ser manipulado, pero también puede ser reapropiado por la gente, que incluso se expresó con críticas contra Ramón Jesurún y la dirigencia en el amistoso frente a Costa Rica.

James Rodríguez, con su talento y su fragilidad, con esa capacidad de resolver un partido en una jugada a la vez que dura meses sin continuidad en sus clubes, encarna esa dualidad. Es un jugador que ha sido cuestionado, pero que sigue siendo el referente emocional de la Selección. Cuando el hincha lo aplaude, no está negando los problemas del fútbol colombiano; está afirmando que, pese a todo, hay figuras que representan la posibilidad de creer. Esa fe es la que convierte el Mundial en algo más que un espectáculo: lo convierte en un acto de comunidad.

La ilusión no es ingenua. El hincha sabe que la corrupción existe, que los políticos se disfrazan de hinchas para ganar votos y que la FIFA convierte cada partido en un negocio multimillonario. Pero también sabe que el fútbol tiene una fuerza cultural que trasciende esas distorsiones. En un país donde la política divide, la Selección une. Esa unión no es perfecta ni permanente, pero es real. Y en tiempos de incertidumbre, esa realidad es un bálsamo.

El arranque del Mundial 2026 nos recuerda que el fútbol colombiano vive en tensión constante entre la manipulación institucional y la apropiación popular. La Federación puede estar marcada por escándalos, los políticos pueden usar la camiseta como herramienta electoral, pero el hincha sigue llenando estadios y calles con una pasión que no se compra ni se vende. Esa pasión es la que mantiene vivo el juego, incluso cuando el negocio amenaza con devorarlo.

La Selección Colombia, más allá de sus problemas, sigue siendo un símbolo de unión. Y en ese símbolo está la verdadera fuerza del Mundial: no en los contratos, no en los discursos políticos, sino en la voz colectiva que corea un nombre, en el aplauso que se repite, en la fe que persiste. Porque al final, el fútbol puede ser negocio para unos pocos, pero sigue siendo esperanza para millones.

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