Con una actitud sosegada, semblante sonriente, y rodeado de sus más cercanos simpatizantes, Iván Cepeda se subió a la tarima de su evento en Barranquilla para dar cierre a su campaña a la Presidencia. Al igual que en todas sus apariciones durante los meses en que recorrió las plazas públicas del país, apareció ante miles de seguidores portando su camisa de cuello ‘mao’ y preparando las hojas donde llevaba su discurso, siempre distinto y escrito por él mismo, titulado en esa ocasión ‘Ocho rasgos distintivos de nuestro segundo gobierno progresista’. A medida que lo leía, alternaba las críticas a viejas administraciones y promesas de cambios sustanciales con agradecimientos a las ovaciones de la multitud.
Contrario a lo que se estila en esta época digital y frenética, el candidato, más afín a la vieja usanza de la política, ha consolidado su aspiración a punta de discursos que exaltan al actual gobierno y condenan las posturas de sus adversarios. También echa mano de consignas proclamadas con un tono severo que contrasta con su optimismo por alcanzar la Presidencia en primera vuelta. La senadora del Pacto Histórico Esmeralda Hernández sostiene que Cepeda es un hombre humilde, reflexivo y lejano a la ostentosidad, algo evidente en la sencillez de sus discursos y su forma de presentarse, especialmente en contraste con otros candidatos. Tal vez esa sobriedad, que simpatizantes y contradictores señalan por igual, se debe a la idea de que “la vida de una figura pública debiera ser una narrativa estética”, como le enseñó su padre, según contó en el documental ‘Manuel Cepeda Vargas: un artista en la política’.
El nacimiento del líder político
Ese carácter se gestó en el seno de una familia de políticos del Partido Comunista, acostumbrada a encarar amenazas y denunciar tragedias desde antes de que naciera Cepeda. Tanto Manuel Cepeda Vargas como su madre, Yira Castro Chadid, mantuvieron su militancia frontal, sembrando ese actuar en el candidato del Pacto, quien enfrentaría múltiples hostigamientos en su consolidación como líder político. Por el ajetreo constante de su infancia, marcado por allanamientos, hostigamientos, mudanzas, y hasta el exilio, Cepeda se forjó como un hombre “curado de espantos”, como le dijo al humorista Alejandro Riaño en una entrevista.
El 9 de agosto de 1994, a solo metros del cuerpo de su padre recién abaleado, Iván salió ante los micrófonos a reprochar el asesinato de su padre, ya amenazado, en medio del exterminio de la Unión Patriótica. En aquel momento nació el defensor de las víctimas de crímenes de Estado, para quienes, de hecho, cofundó el Movice (Movimiento Nacional de Víctimas de Crímenes de Estado) en 2003, y comenzó una larga batalla marcada por ese constante denunciar, indagar, desafiar.
Aunque había comenzado a esgrimirse como un académico -no sin cercanías políticas como la que desarrolló por la Alianza Democrática M-19-, tras el asesinato de su padre decidió dedicarse a la investigación de ese delito y al activismo a favor de las víctimas, lo que le trajo serias amenazas que lo empujaron al exilio en Francia. Allí siguió construyendo su liderazgo y reuniendo las piezas clave para conseguir la condena de los autores materiales e intelectuales de Manuel Cepeda.
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La némesis
En 2003 regresó al país para continuar su proceso activista, ahora en oposición al entonces presidente Álvaro Uribe, su eterna némesis, tras el retiro de la personería jurídica de la UP. El político antioqueño, que gobernó durante ocho años y más adelante ejerció como senador de la República, tildó a los militantes de esa colectividad como guerrilleros, señalamiento que Cepeda consideró ofensivo y condenó con vehemencia. Por décadas, siendo Cepeda primero líder social y luego congresista, ambos personajes se enfrentaron incansablemente en la esfera pública y en los estrados judiciales. Han estado unidos, y a su vez, irreconciliablemente separados por la herida de los asesinatos de sus padres -el de Uribe a manos de la guerrilla- y por sus luchas contra quienes los causaron.
Con su salto al Congreso en 2010, Cepeda fortaleció aún más sus enfrentamientos con Uribe y condensó sus luchas en proyectos de ley a favor de las víctimas y en férreas oposiciones al legado de su adversario, quien recientemente había abandonado la Casa de Nariño.
Por esa misma época, un nuevo proyecto, una idea de país, fue creciendo poco a poco en el gobierno de Juan Manuel Santos y le dio un nuevo color a su bandera. El nacimiento de la búsqueda del Acuerdo de Paz con las Farc-Ep hizo de Cepeda una figura clave cuando se trata de paz y diálogo en el país. Esa ha sido una de sus mayores contradicciones, tener la habilidad de ocupar el asiento opuesto con firmeza y a su vez de tejer puentes para conciliar. Su papel como facilitador de los diálogos y miembro de la Comisión de Paz le ha valido una parte considerable de su fama, pero también se ha convertido en la sombra más espesa de su carrera política.
Tanto políticos de izquierda como de oposición coinciden en que Cepeda es un hombre conciliador, dado a la resolución de los conflictos de forma pacífica, y constantemente requerido para mediar en discusiones. El propio José Félix Lafaurie, presidente de la Federación Colombiana de Ganaderos (Fedegán) y esposo de María Fernanda Cabal, ha reconocido esa capacidad suya, que pudo ver en acción al inicio del gobierno Petro durante las mesas de diálogo con el ELN. Incluso en época electoral, donde sus intereses se alinean con los de la derecha, ha elogiado a Cepeda calificándolo como un hombre “reflexivo” y “ponderado”.
Las sombras del diálogo
Pero esa disposición a concertar ha sido interpretada muchas veces como permisividad con los violentos, y hoy es el mayor argumento de la oposición contra su hipotético mandato. Fotos con miembros de las extintas Farc que luego volverían a las armas, como Iván Márquez y Jesús Santrich -que fueron tomadas durante los diálogos antes de que ambos hombres regresaran a la guerra- y una preferencia por el silencio o la brevedad ante las preguntas por la acción de las guerrillas en el país y de gobiernos de izquierda en el exterior se han convertido en su mayor talón de Aquiles.
Cepeda ha procurado negarse sistemáticamente a hablar de los desaciertos del gobierno Petro, a responder preguntas incómodas sobre el poder que tienen hoy los grupos armados ilegales en el país y a condenar hechos y personas de quienes se espera su opinión, como ha sido el caso de Nicolás Maduro en Venezuela. De hecho, su apertura al diálogo se mostró condicionada frente a los otros dos candidatos punteros, Paloma Valencia y Abelardo de la Espriella, con quienes no consiguió acordar un espacio para debatir.
Pese a ser llamado el “heredero” del presidente Petro, es innegable que Cepeda porta un carácter diferente, más sobrio, menos dado al espectáculo. Sus intenciones, en contraste con las del mandatario, no parecen ser las de un salvador del pueblo colombiano, sino más bien las de un reivindicador que lleva décadas haciendo de su tragedia personal el combustible para exigir cambios sociales y reparación. En el plano electoral, a días de las elecciones, Cepeda simboliza parte de la división de este país polarizado, herido por el conflicto y suspicaz ante las élites.
