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Opinión: El ecosistema digital de la región entra en su etapa sistémica y agéntica

¿Nos preguntamos alguna vez, en este último año, si no estaremos mirando el crecimiento del comercio digital desde el lugar equivocado?

Marcos Pueyrredon
Presidente eCommerce Institute y Co-founder VTEX. Marcos Pueyrredon, Presidente eCommerce Institute y Co-founder VTEX

América Latina se encamina a un mercado de US$215.300 millones en eCommerce para 2026, con una expansión 1,5 veces superior a la media global, según Endeavor y MercadoLibre. Pero el dato verdaderamente relevante no está en el volumen: los consumidores priorizan el cumplimiento operativo y la transparencia, incluso por encima de la personalización impulsada por la inteligencia artificial.

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Esta señal obliga a revisar cómo interpretamos el crecimiento. El foco del consumidor se desplaza del “más” al “mejor”, con un impacto directo en la estrategia competitiva.

Estamos dejando atrás una etapa en la que vender más era sinónimo de éxito. Hoy, lo que mueve los mercados y retiene a los clientes no es la conversión de un clic, sino la capacidad de sostener un sistema que responda con precisión, consistencia y confiabilidad a lo que el cliente realmente valora. En 2026, vender dejó de ser el negocio para convertirse en una métrica dentro de un sistema más amplio.


Ese sistema, al que empezamos a referirnos como Commerce OS, no es una herramienta ni una moda conceptual. Es una arquitectura operativa que integra operaciones, logística, pagos, datos propios y compartidos, inteligencia artificial generativa y predictiva, medios propios, canales de atención, cumplimiento y experiencia final en un mismo marco de decisión.

Esta evolución ya no es una hipótesis: es un hecho estructural. Las empresas que compiten hoy no lo hacen canal por canal, sino arquitectura por arquitectura.

Si el comercio creció más rápido que los sistemas que lo sostienen, lo que vemos hoy es deuda estructural: complejidad sin coordinación. Se manifiesta en promesas que se rompen, datos que no se cierran entre áreas, excepciones que se vuelven norma y trade-offs sin dueño. Un Commerce OS no se construye sumando herramientas; se construye acordando fuentes de verdad, un lenguaje común y contratos de integración que definan quién decide qué, cuándo y con qué evidencia. Recién ahí la escala deja de depender del “modo heroico” y pasa a depender de un sistema que aprende.

En América Latina empiezan a verse señales claras de una transición más profunda hacia plataformas que operan como sistemas. Infraestructuras de comercio capaces de integrar pagos, gestión comercial, logística, datos operativos y la relación con los clientes en un núcleo común de decisión.

El comercio deja de organizarse en torno al canal y empieza a estructurarse en torno a la operación completa. La experiencia ya no se define únicamente en la interfaz, sino en la capacidad del sistema para coordinar inventarios, pedidos, facturación, entregas y servicio de forma consistente y previsible.

En este contexto, la inteligencia artificial empieza a desempeñar un rol distinto al que suele asumir el discurso. Deja de ser una capa ornamental o una promesa futurista para manifestarse como un mecanismo de orquestación: una forma de conectar datos, procesos y decisiones en tiempo real, reducir fricciones, anticipar desvíos y sostener la escala.

Eso es, en esencia, lo que empieza a tomar forma como Commerce OS: una arquitectura que permite que el comercio funcione como un sistema integrado, capaz de aprender de cada interacción sin perder el control operativo.

Para avanzar hacia esta etapa sistémica no alcanza con rediseñar puertas adentro. Entender y construir un Commerce OS exige, más que nunca, pensar en clave de red colaborativa. Ninguna organización puede sostener por sí sola la complejidad operativa, tecnológica y de datos que hoy demanda el comercio digital.

El sentido pleno de ecosistema deja de ser una consigna aspiracional para convertirse en una condición estructural: necesitamos del otro no solo para complementar la oferta o escalar ventas, sino para integrarlo —o integrarnos— al sistema mismo. La ventaja ya no radica en sumar aliados, sino en cómo esos actores interoperan dentro de una arquitectura común.

Las empresas que logren consolidar este enfoque en la próxima década serán aquellas que no separen la venta de la operación, el marketing de los datos ni la inteligencia artificial del negocio, sino que diseñen sistemas que aprendan colectivamente de cada interacción.

Y no se trata de una abstracción académica. Los datos lo confirman.

Y hay una razón concreta por la que la transparencia gana: en un ecosistema donde cada interacción deja datos, la confianza se diseña. Cada entrega confiable alimenta la recurrencia, y la recurrencia alimenta mejores datos; esa calidad de señal vuelve más precisa la IA unificada, que reduce fricciones y vuelve a mejorar el cumplimiento: un flywheel de confianza operativa. Pero para que esa inteligencia no se convierta en caja negra —y menos en comercio agéntico— hacen falta guardrails: trazabilidad, auditoría y límites de acción que preserven la legitimidad y el propósito. Cuando ese diseño se vuelve colaborativo entre retailers, marketplaces, fintechs y la logística, la operación deja de ser un costo y se transforma en una infraestructura de productividad y sostenibilidad.

El crecimiento del comercio digital en América Latina por encima del promedio global es real, pero ese crecimiento no garantiza lealtad ni repetición de compra si las plataformas no son robustas, transparentes y confiables en cada punto del recorrido.

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Ese es el desafío estratégico de 2026: no competir por quien tiene más tráfico o mejores descuentos, sino por quien domina la arquitectura que hace que una transacción sea eficiente, repetible y confiable en todos sus componentes.

Si el comercio digital quiere impactar de verdad en la economía regional, no puede seguir siendo un agregado de soluciones fragmentadas. Necesita consolidarse como un sistema operativo vivo —como lo fue el sistema operativo en la revolución del software— que permita a marcas, marketplaces, retailers, fintechs y partners cooperar en un mismo flujo de valor.

Si la región logra alinear estrategia, datos y tecnología en un comercio operativo —no meramente transaccional—, estaremos ante una nueva plataforma económica, con impacto real en el empleo, la productividad y la competitividad global.

Eso no lo define un clic.

Lo define un sistema.

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