Ese programa de televisión que antes llamábamos fútbol

El anuncio del show del intermedio de la final de la Copa del Mundo 2026 con Shakira, Madonna y BTS termina de ratificar que en este Mundial se está haciendo todo por el mercado gringo, por generar ingresos y no por el fútbol y sus hinchas. Columna de Alejandro Pino Calad

Opinión
Columna de Alejandro Pino Calad sobre el Mundial 2026

El fútbol siempre fue negocio, pero lo que veremos en la Copa Mundial 2026 es la confirmación de que el espectáculo ya no se organiza para los hinchas ni para el beneficio del juego, sino para los patrocinadores y las plataformas de streaming. La FIFA, con su maquinaria global, ha convertido el torneo más importante del planeta en un laboratorio de maximización de ingresos, incluso a costa de desnaturalizar el juego.

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La primera evidencia está en el formato ampliado: 48 selecciones, más partidos, más sedes, más viajes. Lo que se vende como “inclusión” es en realidad un cálculo financiero: más países implican más audiencias televisivas, más contratos publicitarios y más derechos de transmisión. El romanticismo de ver a los mejores competir se diluye en un calendario saturado, diseñado para que la caja registradora no deje de sonar. Claro, se puede decir que a pesar de que se ampliaron cupos que un gigante como Italia no clasificara muestra que no es tan fácil llegar a esta Copa del Mundo, pero no, sí fue fácil: en Sudamerica clasificaron 6 de 10 y pudieron ser 7. El Mundial se volvió un invitacional y para jugarlo hay que ser bueno, pero ya no tan bueno. Lo triste es que Italia ya no es ni siquiera buena, pero ese es otro tema...

El Mundial 2026 será el primero organizado por tres países —Estados Unidos, México y Canadá—, un modelo que responde menos a la logística deportiva que a la lógica del mercado. Tres mercados distintos, tres paquetes de patrocinadores, tres ecosistemas mediáticos. El fútbol se convierte en una franquicia itinerante que se adapta a las necesidades de cada socio comercial. El hincha que viaja entre sedes no encontrará continuidad deportiva, sino un mosaico de espectáculos pensados para vender camisetas, apps y experiencias VIP.

La venta de derechos televisivos y digitales es el corazón del negocio. La FIFA ha cerrado acuerdos multimillonarios con cadenas y plataformas que buscan monopolizar la atención global. El resultado: horarios adaptados a la conveniencia de las audiencias más rentables, no a los ritmos naturales del juego ni a las condiciones de los jugadores. El balón rueda cuando conviene a los anunciantes, no cuando conviene al deporte.

El patrocinio corporativo también marca la pauta. Bancos, aerolíneas, casas de apuestas y gigantes tecnológicos se disputan la visibilidad en un evento que garantiza miles de millones de impactos publicitarios. La consecuencia es que el Mundial se convierte en una feria de marcas, donde el césped es apenas un soporte para logos y campañas. El fútbol se reduce a un telón de fondo para la narrativa corporativa.

Todo esto tiene un costo: el espectáculo deportivo se resiente. Más partidos significan más desgaste físico, más lesiones y menos calidad en el juego. Los equipos pequeños, que entran por la ampliación del formato, difícilmente competirán en igualdad de condiciones, lo que genera encuentros desbalanceados y poco atractivos. El Mundial corre el riesgo de convertirse en una maratón de partidos irrelevantes, donde la emoción se diluye en la repetición.

Eso por no mencionar el invento de los tiempos de hidratación, planteados para favorecer a los jugadores y que tengan unos minutos para refrescarse, pero que en la práctioca son nuevos intermedios en los que se harán pausas para más anuncios comerciales convirtiendo al fútbol, eterno ritual de dos tiempos, en un híbrido de cuatro tiempos, como es la costumbre de los deportes en Estados Unidos.

Tan gringo quieren volver nuestro fútbol, que la final va a tener intermedio con show musical. Se anunció una presentación con Shakira, reina de los mundiales, Madonna y BTS para cautivar audiencias latinas, europeas, norteamericanas y asiáticas, aparte de todas las edades. A imagen y semejanza del Superbowl, la final del Mundial 2026 va a tener un show central que hará que el medio tiempo no dure los 15 minutos reglamentarios y tradicionales, sino que se extienda por al menos 30 minutos. Esto, según médicos deportólogos, entrenadores y futbolistas puede afectar el desmepeño de los jugadores que disputen la final, toda vez que habrá que preparar un acondicionamiento especial para que no se enfríen, pierdan concentración y evitar que lleguen lesiones.

Un jugador que toda su vida ha parado 15 minutos tras 45 de identidad no está preparado ni física ni mentalmente para parar 30 (o más) y luego volver a la acción como si nada. Parece una nimiedad, pero no lo es, en la FIFA las decisiones se toman pensando en ingresos y comerciales, no pensando en el juego.

Además, la experiencia del hincha se transforma. Los precios de entradas, hospedajes y traslados están disparados, convirtiendo el Mundial en un lujo para élites y turistas corporativos. El hincha popular, el que da sentido al fútbol, queda relegado a la pantalla, consumiendo un producto empaquetado para maximizar ganancias. El estadio deja de ser un espacio de comunidad y se convierte en un escenario premium: menos hinchas reales, más gente subiendo historias de Instagram con etiquetas que se van a comercializar.

La FIFA justifica estas decisiones con discursos de inclusión y desarrollo, pero la realidad es que el Mundial 2026 responde a una lógica de acumulación. El fútbol se administra como un negocio global, donde cada decisión se mide en dólares y cada innovación se traduce en un nuevo flujo de ingresos. El juego, en su esencia, queda subordinado.

Lo más preocupante es que este modelo puede afectar la credibilidad del espectáculo. Cuando el público percibe que el torneo está diseñado para favorecer intereses comerciales, la pasión se convierte en consumo y la épica en marketing. El riesgo es que el Mundial deje de ser el evento que une culturas y se convierta en un festival corporativo, donde lo único que importa es la rentabilidad.

El fútbol, como fenómeno cultural, siempre fue más que un deporte. Es identidad, es resistencia, es memoria colectiva. Pero la FIFA parece olvidar que sin hinchas no hay espectáculo, y sin espectáculo no hay negocio. La Copa Mundial 2026 será una prueba de fuego: ¿puede el fútbol sobrevivir a la voracidad de sus propios administradores? ¿O es hora de asumir que nos tocó vivir una era donde el balón es apenas un accesorio en la gran feria del capitalismo deportivo?

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