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La pelota no envejece: la marginalización de las mujeres mayores de las competencias de alto rendimiento

Elizabeth Oviedo analiza la reducción de la categoría de mayores a Sub-20 en la Liga de Mujeres de Baloncesto.

Selección Colombia femenina de Baloncesto
Selección Colombia de Baloncesto (Cortesía: COC)

Las políticas deportivas no son neutrales: producen jerarquías, delimitan trayectorias posibles y establecen qué cuerpos son considerados legítimos en el espacio competitivo. En días pasados, las jugadoras de la selección Colombia de baloncesto manifestaron su desacuerdo con la reducción de la categoría de mayores a Sub-20 en la Liga de Mujeres. Este ajuste a la competición debe leerse como parte de una tendencia estructural que afecta de manera sistemática a las mujeres deportistas adultas. Esta decisión resulta particularmente problemática si se considera que no es un hecho nuevo, sino la repetición de una lógica ya aplicada en el fútbol practicado por mujeres en Colombia desde hace más de cinco años, cuando se redujeron o descontinuaron categorías de mayores de 23 años, privilegiando esquemas juveniles como eje central del desarrollo deportivo.

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Lo que se advierte es que estas decisiones responden a una racionalidad patriarcal, adultocéntrica y utilitarista, que restringe el derecho de las mujeres a una carrera deportiva prolongada, aun cuando los resultados internacionales demuestran la solidez de los procesos formativos y competitivos. No hay que olvidar que María Isabel Urrutia ganó la primera medalla de oro para Colombia a los 35 años y que junto con Mariana Pajón y Katerine Ibargüen han ganado cuatro de las cinco medallas doradas en juegos olímpicos.

Ahora bien, la reducción de la edad en las ligas femeninas no es una novedad introducida por el baloncesto. En el fútbol colombiano, desde hace más de cinco años, se han implementado decisiones similares que debilitan o han eliminado categorías de mayores, bajo el argumento de reorganización, sostenibilidad o proyección del talento joven. Estas medidas coincidieron con un énfasis creciente en torneos Sub-17 y Sub-20, tanto a nivel nacional como internacional, sin que ello se tradujera en una estructura sólida y permanente para mujeres adultas. Aún tenemos una liga que no les permite a las mujeres vivir como deportistas profesionales.


Este antecedente es clave porque evidencia que la reducción etaria no responde a coyunturas específicas de un deporte, sino a una lógica transversal de gestión deportiva que concibe la participación de las mujeres como temporal, limitada y condicionada a la juventud más que a la capacidad y el rendimiento deportivo. En el fútbol, esta lógica derivó en trayectorias fragmentadas, contratos intermitentes y una alta tasa de salida forzada de mujeres mayores de 30 años del sistema competitivo formal.

El caso del baloncesto, por tanto, no es el inicio de una crisis, sino que reactualiza una práctica institucional ya conocida, cuyas consecuencias han sido ampliamente documentadas por las propias jugadoras, organizaciones feministas y asociaciones deportivas de mujeres. La reducción de la categoría a Sub-20 es una repetición de una violencia simbólica institucional

La reiteración de esta política en distintos deportes refuerza la idea de que la reducción de categorías de mayores constituye una forma de violencia simbólica institucionalizada, en la medida en que redefine el valor del cuerpo femenino exclusivamente en términos de juventud, potencial y rentabilidad futura. Tal como ocurrió en el fútbol, el desplazamiento de mujeres adultas en el baloncesto no solo limita su acceso a la competencia, sino que interrumpe procesos colectivos, debilita liderazgos y rompe cadenas de transmisión intergeneracional de saberes deportivos.

Desde un enfoque feminista, esta práctica debe ser entendida como una estrategia de disciplinamiento de los cuerpos de las mujeres, donde la edad se convierte en un criterio de exclusión que opera de manera silenciosa, pero profundamente eficaz. No se expulsa explícitamente a las mujeres mayores; simplemente se eliminan los espacios donde su participación sería posible.

La repetición de esta lógica en fútbol y baloncesto confirma que la desigualdad que enfrentan las mujeres mayores en el deporte colombiano es estructural y acumulativa. Las mujeres que logran atravesar las barreras iniciales de acceso, sostenerse en contextos precarios y alcanzar la adultez deportiva, se encuentran finalmente con un sistema que les retira el reconocimiento institucional justo cuando su experiencia, liderazgo y capacidad organizativa alcanzan mayor madurez.

La edad, en este sentido, funciona como un dispositivo de exclusión política, que delimita quiénes pueden ser visibles, financiadas y reconocidas como deportistas legítimas. Esta exclusión no afecta de igual manera a los hombres, cuyas trayectorias deportivas suelen extenderse más allá de los 30 años y cuentan con mayores márgenes de legitimidad social.

Frente a esta exclusión sistemática, iniciativas como la de la Asociación Nacional de Fútbol Femenino -que organiza un torneo para mujeres mayores de treinta años- han emergido como respuestas políticas y organizativas que reivindican el derecho de las mujeres al deporte sin discriminación por edad. Estas experiencias, muchas de ellas surgidas precisamente tras la reducción de categorías en el fútbol, demuestran que las mujeres no abandonan el deporte por falta de interés, sino por falta de condiciones estructurales. Las ligas para personas mayores de 30 años, los torneos autogestionados y los procesos organizativos liderados por mujeres mayores cuestionan el modelo hegemónico del deporte institucional y proponen una noción distinta de rendimiento, basada en la permanencia, el cuidado, la colectividad y la experiencia.

Finalmente, la reducción de la categoría a Sub-20 en la Liga de Baloncesto Femenino colombiano debe ser comprendida como parte de una trayectoria histórica de decisiones que, han restringido sistemáticamente la participación de mujeres adultas, como también sucede en el fútbol. Lejos de ser un ajuste técnico aislado, se trata de una política reiterada que reproduce desigualdades de género y edad, y que limita el derecho de las mujeres a desarrollar carreras deportivas plenas.

Reconocer esta continuidad histórica es fundamental para desmontar el argumento de la excepcionalidad y avanzar hacia políticas deportivas que garanticen equidad intergeneracional, reconocimiento de trayectorias largas y el derecho de las mujeres a habitar el deporte a lo largo de todo su ciclo vital.

Referencias

Ministerio del Deporte. (2025). Participación de las mujeres en el deporte colombiano. https://www.mindeporte.gov.co/transparencia-y-acceso-a-informacion-publica/8-informacion-especifica-para-grupos-de-interes/8-2-informacion-para-mujeres/participacion-de-las-mujeres-en-el-deporte-colombiano

van Wyk, J., Seguin, B., Dionigi, R. A., & Horton, S. (2025). Women participating in sport: tensions rising from negotiations of aging, gender norms, and personal responsibility for health in later life. Frontiers in Sport and Active Living. https://www.frontiersin.org/articles/10.3389/fspor.2025.1655912/full

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