Opinión

El control del cuerpo de las mujeres en política: violencia simbólica, estereotipos y deslegitimación

La ridiculización del peso corporal de la senadora y precandidata presidencial Paloma Valencia y la burla de María Fernanda Cabal sobre un tatuaje de la senadora María José Pizarro muestran que el cuerpo de las mujeres es un blanco para la deslegitimación política: Elizabeth Oviedo

El control del cuerpo de las mujeres en política: violencia simbólica, estereotipos y deslegitimación
María José Pizarro y Paloma Valencia

Hablar del cuerpo de las mujeres para ejercer control a través de la burla, la generación de vergüenza y la reducción de sus capacidades y habilidades es una práctica patriarcal violenta bastante anticuada. Cuando se trata de política, la violencia simbólica se muestra como parte de las estrategias de campaña de contrincantes políticos. Así en lugar de debatir a través de las ideas, los proyectos y las propuestas -que en Colombia hace rato dejó de hacerse-, los opositores de lado y lado terminan acudiendo a la misoginia burda mimetizada a través de la burla, la descalificación y la vituperación del cuerpo de las mujeres.

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En una semana, dos hechos presentados como sátiras o “humor” pero que desde una perspectiva feminista evidencias que el cuerpo de las mujeres es un blanco para la deslegitimación política e ilustran esa cultura politiquera, violenta y misógina enraizada en el escenario electoral que lleva la atención a un terreno que debilita la voz pública de las mujeres. El primero tiene que ver con la ridiculización del peso corporal de la senadora y precandidata presidencial Paloma Valencia por parte del caricaturista y actual candidato al senado Julio César González “Matador” y por otro lado, la burla de la actual senadora María Fernanda Cabal sobre un tatuaje de la senadora María José Pizarro, donde lo compara con símbolos de las maras o pandillas en el Salvador y le advierte que puede ser objeto de ataques por tenerlos.

Hay que recordar que entre las muchas formas de violencia que enfrentan las mujeres está la violencia simbólica, un concepto desarrollado por el sociólogo Pierre Bourdieu, donde se reproducen relaciones de dominación y se esgrime el poder a través de representaciones, lenguaje y símbolos sin utilizar la coerción directa. El ejercicio político requiere y pone de manifiesto la voz de las ideas, de las propuestas y de los proyectos ante todo. A través de la violencia simbólica se normaliza acallar a quienes se encuentran en oposición y se deslegitima la presencia de las mujeres en la política. Remitiéndose al contexto específico, cuando una mujer en contienda electoral es minimizada por el hecho de no tener el cuerpo de acuerdo a unas normas estéticas heterogéneas - aunque no sean las más representativas en la vida cotidiana - lo que se intenta es apagar su voz, desviar la atención de sus propuestas y capacidades a aspectos corporizados para mantenerles bajo un manto vergonzante de silencio.

La violencia simbólica busca mantener las estructuras de poder patriarcal en la política y la política ha estado reflejando las formas arcaicas, misóginas y violentas con que se ha utilizado el cuerpo de las mujeres en un “todo vale” porque “así es en política” y quienes están allí deben regirse o acogerse a estas formas. Estas representaciones y hechos violentos buscan mantener a las mujeres cumpliendo ciertos roles o ajustándose constantemente a las estéticas aceptables o heteronormadas. El cuerpo de las mujeres se convierte en un objeto público disponible para la crítica colectiva y llevando el debate de las ideas -lo público- a su cuerpo -lo privado.

Por situaciones y hechos que parecen pasar desapercibidos, inadvertidos y sin consideración bajo la burla cómplice y sutil, es necesario echar mano del feminismo -al que tanto miedo le tienen algunos y algunas-. Desde las teorías feministas se señalan las violencias de género en todas sus formas, especialmente aquellas prácticas culturales e ideológicas que reproducen la subordinación de las mujeres y la exclusión de determinados escenarios. Simone de Beauvoir ha explicado que ciertos discursos sobre el cuerpo de las mujeres funcionan como mecanismos de control y exclusión.

Al estar de un lado o de otro de la contienda política, “la “burla”, la “opinión” o la llamada “crítica legítima” puede sacar risas entre quienes están del lado del agresor, sin advertir que esto refuerza estereotipos de género que históricamente han sido utilizados para relegar a las mujeres a segundos renglones o a espacios de representación. Marcela Lagarde, señala cómo los medios simbólicos denigran, intimidan y reproducen desigualdades estructurales contra las mujeres en todos los ámbitos de la sociedad. Así, aunque estos hechos parezcan aislados, no son más que el reflejo de una estructura de violencia de género que sigue operando en la política contemporánea. Entender cómo el cuerpo de las mujeres se convierte en objeto de ataque nos ayuda a reconocer que la lucha por la igualdad política no es solo una cuestión de acceso a cargos, sino también de cómo se discute, representa y respeta a las mujeres que participan en la esfera política.

A pesar de las formas trogloditas y carniceras en que los partidos políticos en oposición han convertido estos comicios electorales de los últimos tiempos, es preciso seguir insistiendo que ni en política ni en ningún escenario se debe acudir al “ todo vale”, especialmente cuando se trata de cambiar la política. Hombres y mujeres sin distingo de color político debemos reprochar estas prácticas violentas basadas en un discurso minimizante hacia el cuestionamiento misógino de los cuerpos. Hay que insistir en el avance de una política en la que las mujeres sean evaluadas por su pensamiento y acción y no por cómo sus cuerpos encajan en un imaginario social patriarcal.

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