Cómo David Lynch busca atrapar al pez gordo

Las películas de David Lynch no parecen las de una persona especialmente tranquila. Quizás nos sorprenda que sea un promotor de la meditación trascendental y un convencido de sus beneficios.

Recuerdo claramente la perturbación, el desconcierto y hasta el aburrimiento que me produjeron Mulholland Drive (2001) y Blue Velvet (1986), dos películas clásicas del director estadounidense David Lynch. Las vi hace ya varios años, cuando mi relación con el cine y literatura y tantas cosas estaba mediada por el placer de decir que las había visto o leído o experimentado más que por el placer que en realidad me producían.

Pensé que no volvería a sentir curiosidad por Lynch hasta hace poco, cuando supe que había escrito Catching the Big Fish (2006), un libro sobre meditación trascendental –una práctica consistente en la repetición de un mantra por 15 o 20 minutos en un espacio libre de distracciones y que se diferencia de meditaciones que se enfocan en una imagen o en la respiración misma. A pesar de lo poco que me hablan sus películas, son tan distintas a la mayoría de las cosas que he visto que me dio curiosidad por conocer sus ideas sobre este tema.

Entre otras cosas, Lynch plantea que la meditación trascendental puede generar cambios no solo a nivel individual, sino social. Su convencimiento de los beneficios de practicarla es tal que incluso tiene una fundación que ha desarrollado programas de meditación trascendental en colegios de Estados Unidos. “La teoría es que si la raíz cuadrada del 1% de la población mundial, u 8.000 personas, practica técnicas avanzadas de meditación en un grupo, entonces ese grupo, según investigaciones publicadas, es cuadráticamente más poderoso que el mismo número disperso”, plantea, y continúa, “Estos grupos creadores de paz se han formado para estudios a corto plazo. Y cada vez que los meditadores avanzados se reunían en un grupo, afectaban dramáticamente el área que los rodeaba. Reducían considerablemente el crimen y la violencia. ¿Cómo hicieron eso? Hay un campo de unidad dentro de cada uno. Siempre ha estado ahí. Es ilimitado, infinito y eterno. Es ese nivel de vida que nunca tuvo comienzo. Lo es y lo será por siempre”.

Yo no he experimentado con la meditación trascendental, sino con meditación que se enfoca en la respiración. Unos minutos cada día. Como decía en una columna anterior, esta no busca dejar la mente en blanco, como con frecuencia se supone. De hecho, no sé si esto sea posible, pues, como plantea un dicho que se asume como indio, “Intentar controlar la mente es como intentar controlar a un mono ebrio que ha sido picado por un escorpión”. Aun así, meditar sí puede ayudar a aquietar la mente o, en caso último, a fluir con el estado mental en que estemos; el solo hecho de sacar algo de tiempo para saber constatar de cuáles sentimientos somos presas puede marcar una diferencia en cómo nos relacionemos con el mundo y con nosotros mismos en determinado momento. Es algo equivalente a la diferencia que existe entre una persona que maneje aunque esté borracha y otra que decida no manejar, porque, precisamente, sabe que está borracha. Aunque a alguien no se le va a quitar la borrachera por el hecho de saber su estado, aquella que se ha tomado el tiempo para saberlo –y aceptarlo– tiene mayores posibilidades de tomar decisiones menos dañinas consigo misma y con otras.

Vale recordar que es más útil meditar unos cuantos minutos a no meditar en absoluto.  “Quizás la iluminación esté lejos, pero se dice que cuando uno camina hacia la luz, con cada paso las cosas se vuelven más brillantes”, dice Lynch.

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