Freddy Rincón, la memoria, el mito

La trágica muerte de Freddy Rincón volvió a poner sobre la mesa la falta de memoria de los colombianos con sus ídolos, o al menos lo corta de ésta

Freddy Rincón & James Rodríguez (EFE)

Con la tragedia de Freddy Rincón se volvió inevitable, casi que obligatorio, recordar su gol a Alemania Occidental en el Mundial de 1990, lo que ha generado una avalancha de nostalgia en nosotros los mayores de 40 y un extraño repudio en algunos veinteañeros y menores para quienes Rincón, más que uno de los goleadores históricos de la selección Colombia, un tipo con tres Mundiales encima, el capitán del Corinthians campeón del mundo en 2000 y un jugador con una carrera impresionante que lo llevó a jugar en clubes como Real Madrid, Napoli o Palmeiras, era un exjugador envidioso con la generación actual por sus críticas recientes como comentarista al fracaso del actual equipo nacional.

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Claro, cuando uno no vio jugar a Freddy seguramente no entiende que comentaba como jugaba, de frente y sin miedo (y como hacía todo en la vida, incluso tratar el espinoso tema de su relación con el narcotraficante Rayo Montaño, su amigo de infancia que lo metió en problemas con la justicia), pero no deja de darme un poco de risa y un poco de tristeza que muchos se hayan empeñado en comparar a la generación de los 90 con la reciente, sobre todo porque el contexto es absolutamente diferente y porque las dos selecciones, la que estuvo en tres mundiales entre 1990 y 1998, y la que nos dio tantas alegrías en 2014 y 2018, nos han permitido los momentos de unidad nacional que nadie más nos ha dado en la historia de una nación dividida como la nuestra.

Elogiar la memoria de Freddy no puede ser tomado como un menosprecio a lo que James Rodríguez ha hecho en la selección (como han escrito muchas personas en redes), y entender su importancia en la historia de nuestro fútbol es más que necesario para que por fin tengamos una cultura futbolística en un país que sólo es futbolero en los triunfos. Para no ir más lejos, la mitología mundialista colombiana tiene una sagrada trinidad de goles: Marcos Coll (a URSS), Freddy Rincón (a Alemania) y James Rodríguez (a Uruguay), y no se trata de señalar cuál es más importante o cuál le guste más a cada uno, se trata de entender que una selección de fútbol se constituye en referente de identidad nacional cuando maneja y mantiene una iconografía alrededor de uno o varios ídolos que sean permanentes, que permitan hablar de la selección de forma mitológica y nos reúnan a todos alrededor de ese mito.

Para que quede más claro, para que exista un James antes tuvo que existir un Rincón y antes tuvo que existir un Willington y antes tuvo que existir un ‘Maravilla’ Gamboa y antes un ‘Turrón’ Alvarez y así hasta llegar a un punto cero. Es una genealogía que nos permite construir una historia que tratamos de mostrar como gloriosa, es una hibris necesaria para construir el mito y la identidad alrededor de la selección.

Ahora les quiero explicar cómo ese gol de Freddy Rincón a Alemania trae un recuerdo especial para mí. En Italia 90 yo tenía 10 años y era el primer Mundial que disfrutaba plenamente, así que ver a la Selección ahí tenía algo mágico. Ese día, 19 de junio de 1990, estaba solo en casa pues ya estaba en vacaciones de mitad de año y mi mamá estaba trabajando, así que el partido con Alemania fue una especie de primer momento en soledad con el fútbol.

Recuerdo la angustia, los vainazos a Voeller por chocar con Higuita, mi idolatría por la Gambeta Estrada y Leonel, la adrenalina... Recuerdo la decepción por el gol de Littbarski y el disparo anímico que me causó la frase memorable William Vinasco Ch., que estaba “narrando con caché” en la transmisión de la OTI: “quien pierde un capital, pierde mucho; quien pierde un amigo, pierde aún más; pero quien pierde la fe y la esperanza lo ha perdido todo”...

Angustiado, hiperemocionado, solo y muy impresionable, me fui acercando poco a poco al televisor con cada segundo. Cuando empieza la jugada, me puse de pie sobre la cama de mi mamá, en todo el borde, era el momento, era ahí o nunca...

Acá vale la pena que les dé un poco de contexto. Con mi mamá vivíamos en un clásico apartamento bogotano de clase media, en Prado Veraniego, de esos que tienen el techo como si la pintura hubiese goteado, generando pequeñas estalactitas blancas, mínimas... Y yo estaba parado en una cama, en plena tensión por la carrera de Rincón al arco.

La jugada me la sé de memoria: Leonel la quita y se la pasa a Valderrama; éste, que está marcado por tres alemanes, la pasa a Freddy que está a la derecha, Rincón la devuelve al ‘Bendito’ Fajardo pero la recibe ‘El Pibe’, que hace un pase de profundidad y pone a correr nuevamente al eterno Coloso de Buenaventura. El gigante corrió de frente hacia la portería alemana. El arquero Illgner salió y le cerró perfectamente el ángulo y fue ahí cuando Rincón pateó el balón que pasó entre las piernas del alemán: GOL.

En ese momento el televisor estalló en un grito múltiple y yo, a mis diez años, parado sobre la cama de mi mamá y casi que pegado al televisor pegué un brinco demente y me abrí la cabeza con el techo. Ahí quedó la mancha de sangre y a mí me quedó una cicatriz como de colmillo clavado.

Ese gol lo llevo marcado, literalmente, en la cabeza y, como todos los colombianos mayores de 40 años, lo tengo guardado en el corazón; como el de James que pude ver en vivo en el Maracaná en una de las mejores celebraciones de mi vida, como el de Coll que sólo he visto en videos y aún me saca sonrisas. No se trata de quién fue más o quién hizo más, se trata de agradecer por esos momentos, por esos recuerdos, por el fútbol.

Así fue el homenaje público a Freddy Rincón en el estadio Pascual Guerrero:

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