Antes de que Paloma Valencia aparezca, suele aparecer su voz. No importa el lugar, un pasillo del Congreso, una entrevista de radio, una tarima en provincia, un aeropuerto. La voz llega primero. Ronca, alta, reconocible, dicha con la seguridad de quien entendió hace años que en la política colombiana el volumen también es una forma de autoridad. En un país donde los hombres llevan siglos hablando duro para parecer dueños del poder, Paloma Valencia aprendió pronto que bajar el tono podía confundirse con debilidad.
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En noviembre de 2025 coincidí con ella en un vuelo de Cali a Bogotá. Días antes había explotado el escándalo de Miguel Uribe Londoño dentro del Centro Democrático y el partido atravesaba una de esas crisis internas que en el uribismo rara vez parecen discusiones ideológicas: se viven más bien como disputas familiares, llenas de herencias, traiciones y viejas lealtades. Valencia viajaba apenas con un guardaespaldas. Antes de despegar, la voz ya atravesaba la cabina del avión.
Hablaba duro, sin demasiada preocupación por quién pudiera escucharla, o quizá precisamente para que todos la escucharan. Nunca cruzamos palabra. Durante el vuelo, mientras el avión atravesaba las nubes sobre el centro del país, jugaba en el celular algo parecido a Candy Crush con una concentración metódica, casi hipnótica, como quien necesita mantener la cabeza ocupada incluso en los momentos muertos. Apenas anunciaron el apagado obligatorio de dispositivos, guardó el teléfono de inmediato y cayó un silencio disciplinado, automático.
Las auxiliares de vuelo se acercaban a saludarla sólo a ella. Respondía con un “gracias” corto, casi burocrático. Había algo en esa escena, la voz ocupando más espacio que el cuerpo, la mirada rápida que nunca terminaba de quedarse fija sobre nadie, esa sensación permanente, como si estuviese alerta incluso en un vuelo comercial, que ayudaba a entender parte de su figura política.
Tal vez porque llevaba demasiado tiempo habitando una política colombiana que todavía entiende el poder desde códigos profundamente masculinos, aunque ahora aprenda a ‘maquillarlos’ con figuras femeninas capaces de volverlo electoralmente más amable. Porque la contradicción de Paloma Valencia no está simplemente en ser mujer dentro de una estructura dominada históricamente por hombres. Está en intentar convertirse en la primera presidenta de Colombia defendiendo un proyecto político que muchas veces ha mirado con distancia buena parte de las discusiones contemporáneas sobre género y derechos de las mujeres.
Los apellidos también gobiernan
En Colombia hay familias que producen políticos como otras producen abogados, periodistas o médicos. Los Valencia y los Laserna pertenecen a ese reducido círculo de apellidos republicanos que lleva décadas orbitando alrededor del poder, como si gobernar fuera menos una excepción democrática que una tradición familiar cuidadosamente administrada. Paloma Valencia nació rodeada de apellidos que todavía funcionan como contraseña en ciertos círculos del país: nieta del expresidente Guillermo León Valencia, nieta de Mario Laserna, fundador de la Universidad de los Andes, hija del excongresista Ignacio Valencia.
Pero el problema de nacer dentro de una dinastía política es que el apellido abre puertas y al mismo tiempo se convierte en sospecha. Durante años, Valencia ha intentado construir algo más complejo que la imagen de una heredera caucana destinada a administrar un legado conservador. Estudió Derecho y Filosofía en Los Andes, hizo una maestría en Escritura Creativa en Nueva York, escribió columnas de opinión y pasó por la radio antes de llegar al Senado.
Hernán Cadavid, representante a la Cámara por Antioquia y una de las figuras jóvenes más visibles del Centro Democrático, recordó que muchos dentro del naciente uribismo conocieron primero a Paloma como “una mujer que trabajaba en la radio”, invitada a conversar con jóvenes antes incluso de que el partido existiera formalmente. No era todavía la senadora combativa ni la candidata presidencial. Era, más bien, una figura extraña dentro de la derecha: una mujer obsesionada con las ideas.
Ese rasgo todavía lo mencionan casi todas las personas que hablan de ella. María del Rosario Guerra, exministra de Comunicaciones durante el gobierno de Álvaro Uribe y hoy una de las personas más cercanas a la campaña presidencial de Valencia, insistió en que Paloma “lee mucho” y que en las conversaciones “habla mucho de literatura, de política y de historia”. Asimismo, Cadavid recuerda que dentro del Congreso se volvió famosa por la rigurosidad de sus equipos y por la intensidad de su ritmo de trabajo. “Si usted pasa más de seis meses o un año y le resiste el ritmo a Paloma es porque aguantó el Congreso”, dice entre risas, recordando la fama que tenía entre asesores y funcionarios.
La escena ayuda a entender algo importante y es que Valencia construyó autoridad desde la preparación. En un escenario político donde a muchas mujeres todavía se les exige ser agradables antes que inteligentes, ella escogió otra estrategia: llegar más estudiada que los demás.
La alumna favorita del uribismo
Álvaro Uribe aparece en la trayectoria de Paloma Valencia como la persistencia de una figura tutelar. Hernán Cadavid recuerda que cuando Uribe entraba a Casa de Nariño para reunirse con Juan Manuel Santos durante la discusión del acuerdo de paz, se llevaba a Paloma Valencia. Dentro del partido, ese gesto tenía una lectura clara. No era sólo una congresista disciplinada, era alguien que ayudaba a construir el pensamiento político del uribismo.
“Uribe dice que Paloma no solamente entiende las tesis del partido, sino que las ayudó a construir”, contó Cadavid. La frase aparece varias veces cuando se habla de ella dentro del Centro Democrático: doctrinaria, estructurada, ideológica. Sin embargo, incluso dentro del uribismo, Valencia nunca terminó de ser completamente cómoda. Parte del sector más radical la observa con desconfianza. Demasiado dialogante para unos. Demasiado técnica para otros. Demasiado dispuesta a negociar.
Cadavid utilizó una palabra interesante para describirla: “disruptiva”. Lo dice para explicar cómo algunos sectores interpretan su disposición a hacer acuerdos o su decisión de incorporar como fórmula vicepresidencial a Juan Daniel Oviedo. La contradicción es evidente: Paloma Valencia representa una derecha profundamente ideológica, pero al mismo tiempo intenta modernizarla lo suficiente como para volverla electoralmente viable en un país distinto al de hace veinte años. Eso explica algunos movimientos particulares de su campaña.
El “miedo” detrás de la dureza
La política colombiana tiene una relación íntima con el miedo. Incluso quienes crecieron dentro de familias poderosas aprenden rápido que el poder nunca alcanza para sentirse completamente seguros. María del Rosario Guerra recordó haber encontrado a Paloma Valencia llorando intensamente en el Salón Elíptico del Capitolio mientras esperaba el ingreso del féretro de Miguel Uribe Turbay. Dice que Valencia le habló de amenazas que recibió, de su hija, de conversaciones con su esposo sobre qué debía hacer “si le pasaba algo”.
La escena resulta extraña precisamente porque el personaje público de Paloma Valencia parece diseñado para evitar cualquier señal de fragilidad. En televisión suele debatir como quien nunca duda. En el Senado habla rápido, interrumpe poco y sostiene la mirada más tiempo del que muchos soportan cómodamente. Pero debajo de esa dureza aparece a veces otra dimensión: la conciencia física de la violencia.
Cadavid recuerda otro episodio durante el funeral de Nohora Tovar. Cuenta que, en medio del sepelio, varias personas le pidieron hablar frente a la iglesia llena y él no fue capaz. “Yo no soy capaz”, recordó haber dicho. Entonces Paloma respondió simplemente: “Yo hablo”. Dio el discurso y, según él, sostuvo emocionalmente una situación que muchos hombres alrededor no lograban manejar.
Quizá ahí aparece una de las claves de su personalidad política: la capacidad de endurecerse rápido frente a la incomodidad emocional. Como si hubiese entendido desde temprano que vacilar demasiado en público es un lujo que las mujeres en política todavía pagan más caro que los hombres.
¿El país que quiere restaurar?
Durante años, Paloma Valencia construyó parte de su identidad política alrededor de ciertas obsesiones del uribismo: la seguridad, la oposición al acuerdo de paz, la crítica permanente a Gustavo Petro, la defensa institucional. También protagonizó controversias fuertes, como su propuesta de dividir el Cauca entre territorios indígenas y “mestizos”, una frase que todavía persigue su carrera política. Pero reducirla únicamente a esa caricatura sería insuficiente.
Valencia parece entender algo que buena parte de la derecha colombiana todavía no termina de aceptar que el país cambió más rápido que sus discursos. Y quizá por eso intenta construir una versión menos estridente del conservadurismo tradicional. Habla de crecimiento económico, crisis energética, salud, formalización empresarial y vías terciarias. Se mueve mejor en discusiones técnicas que en arengas emocionales.
Sin embargo, debajo de esa sofisticación permanece intacta una idea central: Colombia necesita recuperar cierto orden perdido. Esa palabra, “orden”, atraviesa casi toda su narrativa política aunque rara vez aparece pronunciada directamente. Orden institucional. Orden económico. Orden territorial. Orden moral incluso. Y ahí surge la tensión más compleja de su candidatura, mientras intenta mostrarse como una derecha moderna y dialogante, sigue representando un proyecto profundamente conservador frente a temas como el conflicto, la protesta social o ciertas transformaciones culturales del país.
Lo curioso es que quienes trabajan con ella hablan simultáneamente de una mujer dura y profundamente doméstica. María del Rosario Guerra insiste en que, lejos de la política, Valencia organiza los domingos alrededor de su hija Amapola y de reuniones familiares. Cadavid, por su parte, recuerda largos viajes de campaña en los que Valencia llenaba el silencio contando anécdotas familiares y recuerdos del Cauca. Como si necesitara regresar constantemente a una idea de hogar mientras intenta conquistar un espacio históricamente hostil para mujeres como ella.
Después del aterrizaje
Cuando el avión aterrizó en Bogotá aquella noche de noviembre, volvió la voz. Antes incluso de verla levantarse del asiento ya podía escucharse otra vez el tono alto, las conversaciones retomadas como si el silencio del vuelo hubiera sido apenas una interrupción técnica. Afuera la esperaba el pequeño ritual habitual de la política: escolta, saludos rápidos, pasajeros mirando de reojo.
La vi alejarse entre personas que fingían no observarla demasiado. Y pensé entonces que buena parte de la carrera política de Paloma Valencia consiste precisamente en eso: intentar convertirse en una figura inevitable dentro de un país que todavía no termina de decidir si quiere regresar a las certezas del pasado o escapar definitivamente de ellas.
Mientras avanza hacia la elección presidencial del 31 de mayo, la contradicción sigue intacta, una mujer intentando llegar al lugar más alto del poder colombiano defendiendo estructuras políticas que históricamente dejaron a muy pocas mujeres entrar a esa misma habitación.
*Este perfil hace parte de un especial periodístico sobre los principales candidatos presidenciales. Puede leerlo aquí.
