La industria del entretenimiento y el periodismo en Colombia atraviesa uno de sus momentos más oscuros tras las recientes denuncias de acoso sexual que han salpicado a figuras de Caracol Televisión y Blu Radio. En medio de una audiencia que exige nombres propios y justicia, las palabras de Flavia Dos Santos, una de las voces más respetadas que ha pasado por los micrófonos de Agenda en Tacones y el set de Día a Día, cobran una relevancia profética y contundente.
Lo que para muchos fue una reflexión teórica en redes sociales, hoy se lee como un análisis directo a las estructuras de poder que, según las denuncias, habrían permitido que situaciones de hostigamiento permanecieran bajo la sombra durante años en los pasillos de los medios de comunicación.
Uno de los puntos más críticos de la actual crisis es la exigencia de los oyentes y televidentes para que se revelen los nombres de los periodistas e implicados. Ante este escenario, la premisa de Flavia Dos Santos sobre el comportamiento sistémico masculino resuena con fuerza: “El silencio es una de las herramientas del pacto patriarcal. Creo que es hora de que todos los hombres se posicionen y rompan con el pacto”.

Esta declaración pone el foco no solo en los presuntos victimarios, sino en la red de complicidad que suele rodear estos casos. En el contexto de las denuncias en Caracol y Blu Radio, el “pacto” se manifiesta en la omisión y en la dificultad de las víctimas para alzar la voz sin temor a represalias profesionales. Para Dos Santos, la neutralidad no existe; quien calla ante el acoso de un colega, está activamente manteniendo la estructura que lo permite.
La resistencia a hacer públicos los nombres de los implicados ha generado una ola de indignación en redes sociales. Flavia ya había advertido sobre la raíz de esta resistencia: “Los que temen perder la posición privilegiada del patriarcado adoran decir que el feminismo destruye a las familias y que promueve el odio”.
En el ámbito corporativo y mediático, este “miedo a perder la posición” se traduce en la protección de figuras de alto perfil o “estrellas” del periodismo, bajo el argumento de proteger la institucionalidad de la empresa. Sin embargo, como bien señala la sexóloga, el verdadero daño no lo hace la denuncia (o el feminismo), sino la violencia misma. Al trasladar este análisis al caso actual, se evidencia que la protección del privilegio ha sido, históricamente, el mayor obstáculo para la transparencia.
Las denuncias que hoy enfrentan estos medios incluyen relatos de tocamientos no consentidos y acoso verbal, dinámicas que Flavia Dos Santos desmenuzó con una lógica implacable. Para la psicóloga, existe una desconexión en la comprensión del respeto ajeno: “Cuando un hombre heterosexual es tocado o acosado verbalmente por otro hombre, finalmente entiende el significado de la palabra CONSENTIMIENTO”.
Esta observación es crucial para entender por qué, en entornos laborales altamente competitivos y masculinizados como las redacciones de noticias, el acoso hacia las mujeres se ha minimizado durante décadas como “bromas” o “galantería”. La falta de empatía y la ausencia de límites claros han creado un caldo de cultivo donde el consentimiento se vuelve una sugerencia y no una regla inquebrantable.
La audiencia colombiana ya no se conforma con comunicados tibios. La presión social para que Caracol y Blu Radio tomen medidas ejemplares coincide con el llamado a la acción de Dos Santos. No se trata solo de despedir a un individuo, sino de desarticular la cultura que permite que la violencia de género ocurra.
“No dicen que son los hombres quienes matan a las mujeres e incluso a la madre de sus propios hijos… y la culpa es del feminismo”, recordaba Flavia, señalando cómo se intenta desviar la atención de los verdaderos culpables. En el caso de los medios, el desvío de atención suele ser el enfoque en la “reputación de la marca” por encima de la integridad de las trabajadoras.
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