Bogotá, la intolerancia y la violencia

Alejandro Pino Calad hace una reflexión sobre la falta de tolerancia en la capital y cómo ese es el primer paso hacia la violencia y la sensación de inseguridad.

Por Alejandro Pino Calad

Gabriela frenó el vehículo nerviosa. Tenía que cruzar el carril contrario para meter el carro en el parqueadero de su edificio, pero venía un Spark en sentido contrario e inevitablemente lo cerró. La escena, lamentable, la vemos todos los días en cualquier calle de Bogotá: el conductor cerrado emprendió una andanada de insultos ante la evidente inexperiencia de Gabriela, a quien los nervios por los pitos y los madrazos no le ayudaron para avanzar. Sin embargo, la escena empeoró.

Claudia Torres, mamá de Gabriela y en ese momento su copilota, ante el estado de shock y nerviosismo de su hija quiso calmarla y cambiar de puesto con ella, se bajó del auto para asumir el volante y de pronto pasó: “antes de que me pudiera subir al carro para poder parquear y solucionar la situación algo me embistió: el conductor del otro vehículo se avalanzó sobre mi y me dejó, literalmente, clavada en el pavimento”, cuenta la víctima de la agresión, una odontóloga que en estos momentos vive una incapacidad de 30 días pues la agresión del desconocido le costó fracturas en cúbito y radio de los dos brazos que muy seguramente la dejarán otros 30 días sin poder trabajar.

¿Cómo un error de conducción termina en una agresión de género con una mujer con los brazos fracturados? La respuesta está en la intolerancia, el orden del día en Bogotá.

La vemos en Transmilenio cuando un criminal llamado William Monroy asesina a cuchillo a Leonardo Licht por impedirle ingresar sin pagar a la estación de la Avenida Jiménez, pero lo vemos también cuando alguien abusivamente se sienta en las sillas azules y no se la cede a un adulto mayor o una mujer embarazada porque simple y llanamente no se le da la gana.

La vemos en el tráfico, en esa guerra casi primitiva por mostrar quién es más al tirarle el carro a aquel que trata de adelantar; pero también la vemos en los insultos y miradas de odio a parejas del mismo sexo que van tomadas de la mano por la calle.

La vemos cuando alguien se atreve a salir con la camiseta de un equipo de fútbol a la calle y se cruza con hinchas de otros clubes, cuando a una mujer le llueven supuestos piropos que no son más que agresiones sexuales por ir vestida de determinada manera en la calle… la vemos todo el tiempo y todos los días.

El pasado 13 de enero, por ejemplo, un joven de 18 años vio una discusión de pareja en la localidad de Santa Fe, de pronto el alegato se convirtió en una agresión de parte del hombre hacia la mujer y el testigo intervino para evitar que la involucrada fuera lastimada. El resultado fue que el muchacho terminó con una grave herida de arma blanca en el cuello pues el tipo no estaba dispuesto a que alguien le dijera que no debería cascarle a su mujer.

Hay agresividad de más en las calles de Bogotá, y si bien la Alcaldía se vanagloria de que el 2016 fue el año con la tasa de homicidios más baja en la historia (cayeron a un mínimo histórico de 15,8 por cada 100.000 habitantes, según un informe de la Secretaría de Gobierno), la encuesta del observatorio ‘Bogotá, cómo vamos’ muestra que el 45% de los encuestados se sienten inseguros en la ciudad.

¿Cómo no sentirse inseguro si te pueden romper los brazos por cometer un error al parquear como le pasó a Claudia? ¿Cómo no sentirse inseguro cuando no hay tolerancia con el otro? Esa es la cuestión.

Jesús Martín-Barbero, experto en cultura y medios de comunicación y una de las autoridades de las ciencias sociales en Colombia, escribió en Bogotá: los laberintos urbanos del miedo:

“Lo que ha convertido a algunas de nuestras ciudades en las más caóticas e inseguras del mundo no es sólo el número de asesinatos o de atracos sino la angustia cultural en la que vive la mayoría de sus habitantes. Pues cuando la gente habita en un lugar que siente extraño, porque desconoce los objetos y las personas, cuando no se reconoce a sí misma como de ese lugar, entonces se siente insegura, y esa inseguridad, aun a la gente más pacífica, la torna agresiva”.

Esa agresividad hace difícil la convivencia y potencia la intolerancia, como bien lo demuestra el análisis de la Encuesta de Victimización de la Cámara de Comercio de Bogotá y la Encuesta de Cultura Ciudadana, en el que al menos el 49% de los bogotanos ha experimentado en el último año uno o más problemas de convivencia.

Según esta encuesta, publicada en diciembre pasado,el 82% de los bogotanos considera que la calle es peligrosa. Y por supuesto, la idea general es la inseguridad, pero el eje del problema es la tolerancia. Si no hay que preguntarle a Jonathan, conductor de un vehículo que fue incinerado por taxistas que lo señalaron de prestar el servicio de Uber, o a los múltiples casos de pasajeros y conductores de esa plataforma virtual que se movilizan con miedo de ser agredidos por la competencia con “los amarillos”.

No hay tolerancia en Bogotá. Pareciera que la norma fuera que puedes ejercer violencia (de verbal y sicológica a física) sobre aquello que no te guste, lo que demuestra que no hay un respeto por las leyes y las instituciones pues el común de la gente cree que su mano está autorizada para impartir una “justicia” que sólo cree en su autónoma y absurda Ley del Talión: ¿no me dejas entrar gratis a Transmilenio? Pues toma tu cuchillada por sapo. ¿Trabajas en Uber y le quitas los clientes a mi taxi? Pues te quemo el carro. ¿Le haces fuerza a un equipo que no es el mío? Pues te voy a golpear por provinciano. ¿Sales con tu novio a la calle y lo besas? Pues te voy a putear por marica. ¿Me cierras en la calle? Pues te rompo los dos brazos como le pasó a Claudia.

No hay tolerancia, no hay respeto, no se reconoce en el otro a un ser humano. Hasta que eso no pase va a ser imposible pensar en una paz de verdad.

Por: Alejandro Pino Calad // @PinoCalad

PD. Por cierto, Claudia Torres está buscando a los testigos de la agresión de la que fue víctima el pasado 26 de diciembre en el norte de Bogotá por el incidente del cierre de un Spark rojo de placas UCU-413. Su conductor no sólo le rompió los dos brazos sino que después agredió a su hija mientras la insultaba, lo que hizo que algunos vecinos intervinieran. Luego el agresor se marchó, sin mostrar mayor interés por su víctima. Si usted presenció este lamentable hecho, escriba a [email protected]

 

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