Opinión: Miedo y asco

Juan Camilo Dávila Díaz escribe sobre las elecciones de este domingo entre Iván Cepeda y Abelardo de la Espriella.

Opinión
Juan Camilo Dávila escribe sobre la elección entre Cepeda y de la Espriella

Soy un hombre blanco, o blanco-mestizo mejor, heterosexual, un profesional que ha hecho la mayor parte de su vida trabajando para el sector privado. Tengo un podcast y alguna actividad en redes que he utilizado para ser crítico de éste y todos los gobiernos, y para apoyar las cosas en las que he creído durante estos años.

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Mi lugar es un lugar de privilegio, lo sé, y por ello puedo preocuparme y sentir asco por cosas, digamos “menos urgentes”, como la corrupción que ha sido descarada bajo Petro, o el colapso inducido de un sistema de salud del que no soy víctima pero que he podido ver de primera mano.

Esas críticas las he hecho desde el primer día de este gobierno, y me han costado algún hostigamiento en redes y montones de insultos.

Hay infinidad de cosas “menos urgentes” que me han parecido el colmo de la indecencia durante estos cuatro años, y las he discutido con mis cercanos petristas, que aún hoy piensan que son narrativas o traiciones de gente que no es de la “verdadera izquierda”.

Esa falta de autocrítica respecto de la corrupción y de los errores, esos hostigamientos, ese gregarismo y fe ciega en un líder que considero nocivo son hoy mi mayor reparo para apoyar la continuidad de ese proyecto. Miedo y asco al presente.

Del otro lado hay un proyecto que se está construyendo sobre una promesa, una promesa violenta de construir un país donde no quepa la mitad. Una promesa de recortar los derechos de mis hermanos, biológicos y vitales; no hay una amenaza en el presente porque no son gobierno, sino una amenaza de un futuro que se parece mucho a los pasajes más feos de nuestro pasado reciente. Y que va materializándose de a pocos incluso antes de que lleguen al poder, en campaña, cuando se supone que muestran la cara amable y todavía no están embriagados de poder, ya están persiguiendo medios y personas por sus posiciones políticas, acosándolas judicialmente e increpándolas.

No me malinterpreten, sigo teniendo miedo del presente, de la continuidad de la corrupción, del desastre en materia de seguridad y del chu chu chu del sistema de salud, pero me da más miedo no poder decirlo, me da más miedo que empiecen a mochar de tajo los derechos de mi mamá o mi hermana en tanto mujeres, me da más miedo que ataquen los derechos de mi hermano y su esposa, que son profes de colegio público, como fue mi papá; me da más miedo que destruyan los derechos de mis amigos gays y afrodescendientes.

No sé si el domingo me dé el cuerpo para votar, no sé si de acá a allá me dé el alma para votar por un proyecto que promete, como prometió hace 4 años, que va a hacer un diálogo nacional y que ya sabemos cómo terminó. Lo que sí sé es que ni el cuerpo ni el alma me dan para votar o para validar un proyecto en el que se judicialice al que “piense o haga distinto” en él se persiga y se amenace con destripar (sea cual sea la acepción que se use) a un proyecto político.

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