Opinión

Opinión: ¿Quien lava la camiseta?

Elizabeth Oviedo nos recuerda que, mientras el fútbol produce miles de millones de dólares cada año, gran parte de quienes sostienen su ecosistema siguen perteneciendo a los sectores populares

Iván Cepeda Castro, fútbol, Colombia.
Barras futboleras entregaron la camiseta de la Selección Colombia a Cepeda y Quilcué Archivo: Iván Cepeda Castro vía X

El fútbol considerado durante muchos años el “opio del pueblo”y que ha sido dejado en un rincón con el título de embeleco de los pueblos, ahora comienza a posicionarse como una gran oportunidad de negocio que como todas las pasiones tomadas por el neoliberalismo desconoce el carácter obrero y popular que este tiene y el gran escenario que trasciende en la vida de los pueblos desde los potreros hasta el estadio donde se encienden reflectores que llegan a casi cualquier rincón del mundo y que muestra que el balón no rueda solo en los gramados.

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Es válido que no todos nos pongamos en modo “el pensador” de Augusto Rodin sobre las representaciones de la camiseta de la Selección Colombia, pero lo que sí puede percibirse abiertamente, son los comportamientos que tenemos los colombianos y colombianas frente a su uso. Venida desde abajo y en la periferia advertí que a falta de una bandera del país, la camiseta comenzó a convertirse en un escudo en lugares donde se ha percibido un riesgo de ser desalojado o despojado como en caso de las invasiones de tierra, en las huelgas obreras o o en las manifestaciones estudiantiles. Además de los desfiles en los estadios donde juega la selección, la hemos visto de manera recurrente en los picaditos de la familia o como este año en las elecciones.

Y aunque la camiseta de la Selección Colombia de fútbol no ha sido una prenda de lujo, se ha convertido en una objeto que además de fetiche -por lo que representa el fútbol en nuestro país-, también se ha instalado en el imaginario social como un objeto de identidad, de reconocimiento y de disputa. Aunque la camiseta esté en las vitrinas de las marcas deportivas con altos precios y versiones cambiantes cada año para aumentar los ingresos de la Federación y de los patrocinadores, es necesario reconocer su carácter popular y lo que representa para la preservación de la memoria del fútbol.

El fútbol moderno nació en los puertos ingleses del siglo XIX, entre obreros que encontraban en el juego un espacio de descanso después de jornadas extenuantes. Nació en las fábricas, en los ferrocarriles, en los sindicatos y en los barrios populares donde era una forma de comunidad antes que un negocio. Los primeros clubes no surgieron de las élites financieras; surgieron de asociaciones de trabajadores, de comunidades migrantes, de escuelas populares y de organizaciones barriales que encontraron en el balón una forma de encuentro y pertenencia.

Tal vez esta haya sido una de las principales razones para convertirse en el deporte más popular. En su origen era barato. Bastaba una pelota improvisada. Porque puede jugarse en una calle, en una plaza, en un potrero o en un terreno baldío. Porque permitía que quienes tenían poco también tuvieran un espacio para soñar. El fútbol fue durante décadas uno de los lenguajes más democráticos construidos por las clases populares. Sin embargo, las élites comprendieron rápidamente el inmenso valor económico y simbólico de aquello que había nacido desde abajo.

Comprendieron que el fútbol movilizaba emociones que ningún mercado podía fabricar artificialmente. Comprendieron que la lealtad de una hinchada podía convertirse en una mercancía rentable. Y comenzaron a apropiarse de un patrimonio cultural construido por generaciones de trabajadores, comunidades populares y barrios enteros. Los clubes se transformaron en empresas, en Colombia particularmente, fueron obligados a conformarse como sociedades anónimas para controlar el flujo de dinero ilícitos ante la incapacidad de acabar con el negocio de la corrupción. Los estadios comenzaron a expulsar a los sectores populares mediante el aumento de precios. Las transmisiones se privatizaron. Las camisetas dejaron de ser accesibles para quienes las habían convertido en símbolos de identidad. Lo que antes era un bien cultural compartido empezó a ser tratado como un producto de consumo.

Por eso es importante su recuperación y preservación de la memoria de ese fútbol popular. La camiseta nunca ha sido solamente una prenda. La camiseta fue una bandera. Ha sido una manera de decir quiénes somos, de dónde venimos y con quiénes caminamos. No es extraño que una misma camiseta acompañe el trabajo, la fiesta, la protesta, el duelo y la celebración. Para las clases populares, la camiseta tiene una representación que viaja de generación en generación, a veces heredada entre hermanas, hermanos, hijas e hijos como si fuera un pequeño archivo familiar de afectos y memorias, otras como uno de los regalos familiares importantes con los cuales se construye idea de nación e identidad colectiva.

Paradójicamente, mientras el fútbol produce miles de millones de dólares cada año, gran parte de quienes sostienen su ecosistema siguen perteneciendo a los sectores populares: las vendedoras de comida alrededor de los estadios, quienes confeccionan prendas deportivas, las cuidadoras que acompañan a niñas y niños a entrenar, las familias que hacen sacrificios económicos para que una hija pueda jugar, las periodistas independientes, las árbitras, las entrenadoras comunitarias y las organizaciones barriales que mantienen vivo el deporte cuando los reflectores se apagan. A veces a las mujeres se nos olvida como en la cotidianidad seguimos sosteniendo esta historia.

Durante décadas ayudaron a construir el fútbol desde los márgenes, organizando campeonatos, lavando camisetas, financiando equipos, cuidando a quienes juegan y sosteniendo redes comunitarias sin reconocimiento. Hoy, cuando el fútbol empieza a generar interés económico, también enfrentan el riesgo de que las lógicas utilitaristas especialmente las campañas electorales que han desconocido el fútbol como una tradición del pueblo e intenten apropiarse de una identidad colectiva que nos arropa frente a los embates de movimientos que quieren borrar su carácter popular.

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