Tengo el derecho inalienable a recular, a rectificar y a cambiar de opinión cuando mi conciencia y mi análisis me lo exigen. Quiero que quede absolutamente claro: estoy reculando y cambiando mi decisión, no por presión de grupo, no por el ruido del ecosistema digital, no por las marcas dominantes que han escrito que no volverán a seguir mis espacios. Lo hacen como si yo les debiera algo. No les debo nada, ni siquiera la plata para comprar el jabón con el que me baño cada día, como si yo les diera a ellos y a ellas explicaciones, obediencia o parte de mi vida.
PUBLICIDAD
Estoy reculando por algo mucho más profundo, algo que se llama metaconciencia. Volví a revisar con lupa el proyecto de gobierno de Abelardo de la Espriella y me di cuenta de que nada de lo que allí se plantea me representa en lo más mínimo. Sé perfectamente que es un hombre machista, sé que es misógino y sé que prometió no impulsar ninguna Asamblea Constituyente. También dijo que revisaría artículos enteros de la Constitución y eso no es un detalle menor. Además, es una figura que ha hecho labores sociales antes de aspirar a la presidencia, que ha vivido de la sociedad del espectáculo y de otros oficios ejerciendo su carrera. Su forma de actuar y su trayectoria no me dan paz ni me generan confianza.
Yo estaba dispuesta a votar por él. Lo estaba para oponerme frontalmente a la Constituyente y a la posibilidad real de acabar con la separación de poderes en Colombia. Lo estaba también para castigar duramente los horrorosos procesos ejecutivos, operativos y administrativos que hemos vivido durante estos cuatro años con Gustavo Petro. Sí, esa soy yo: estaba dispuesta a desafiar todos mis principios solo para evitar que este modelo siguiera avanzando. Resulta y pasa que no puedo, no debo y no voy a votar por Abelardo.
No es solo porque sea un machista más. Esos hay en la izquierda, en el centro y en todas partes. No es solo porque algunos hombres, en cualquier espectro político, han demostrado el poder que creen tener entre golpes o actitudes soeces. Es por algo sustancial, es por algo de fondo. Yo no soy solamente una mujer, no soy solamente activista: soy defensora de la libertad de conciencia y de la libertad de expresión. Y Abelardo está siendo cuestionado por cosas terribles que van mucho más allá de su machismo. Tiene empapelados judicialmente a periodistas, hombres y mujeres, muchos casos que creí al principio que eran simples tonterías o disputas menores. Son procesos largos, tediosos y profundamente dañinos. Yo sé exactamente de qué se trata esto, porque lo viví en carne propia: un ex periodista de izquierda me hizo exactamente lo mismo, solo porque tenía poder y quería callarme. Yo no quiero eso para mi país. Si no hay Constituyente en manos de Abelardo, sí puede haber persecución sistemática a la prensa libre. Y eso es inaceptable. Como siempre he dicho: con democracia todo, sin democracia nada. Donde no hay libertad de prensa, no hay democracia.
Esto que estoy diciendo no tiene nada que ver con la cantidad de amigas y amigos que he perdido a razón de mi forma de proceder en esta coyuntura. Yo hablé con Francisco Santos públicamente, yo apoyé a Paloma y a Oviedo porque sinceramente creía que debiera ser la mejor opción para el país. A mí nadie me pagó. Nunca he vendido mi conciencia, como algunos insinúan con malicia. Las personas que me han apoyado para crecer no están comprometidas con ningún partido político, no están recogiendo votos para nadie y jamás me ofrecieron ayuda personal o profesional a cambio de entregar mi criterio propio. Cualquiera que me conoce sabe que no tengo dinero y nadie puede decir que alguna vez me pagaron por mi trabajo periodístico o por cualquier otra cosa. Milagrosamente he logrado estudiar, y eso no es garantía de nada, ni de trabajo ni de estabilidad.
Hago un llamado urgente a toda la ciudadanía: voten a conciencia, no voten por presión de grupo, no voten por miedo ni por obligación. Revisen muy bien a sus candidatos. Ambos son horrorosos. Entiendan de una vez por todas que no estamos votando para tener un país mejor. Solo estamos votando por la incertidumbre de dos hombres que tienen el poder suficiente para quitarnos el futuro. Yo he defendido con mi propia vida, y quienes me conocen saben que es así, la libertad individual y colectiva. He defendido los derechos humanos y he creído profundamente en la economía cooperativista como modelo de vida y de sociedad.
Por todo esto, no voy a votar esta vez por nadie. Ni siquiera voy a votar en blanco, porque en la segunda vuelta el voto en blanco no significa nada, no cambia nada, no resuelve nada. Voy a ser abstencionista. Eso querían. Ahí lo tienen y lo agradezco. Mi voz en este momento es para decirle al país entero que estamos presos. Estamos en una guerra fría intelectual y cognitiva donde nos obligan a elegir entre dos males, donde nos obligan a votar en silencio o a no salir a votar, porque votar significa apoyar una y otra vez posibles crímenes, violaciones y desastres.
He escuchado a tantas personas decir que si gana Abelardo va a haber exterminio. Ya no puedo dormir. Margarita no fue la única que me lo dijo. Muchas personas que conozco, personas estudiadas, personas serias, piensan exactamente lo mismo. Yo no quiero ser cómplice de algo así. No tengo pruebas de nada. Solo puedo pedirle a la gente que si tiene evidencias reales de que vamos a ser exterminados, de que existe una política de exterminio, vayan a las cortes internacionales, hagan algo, denuncien. Yo no quiero que maten a nadie a razón de su voto. Yo no quiero que mis amigos y mis amigas periodistas pierdan la vida por ejercer el periodismo. Yo no quiero perder la vida por ser activista, por ser periodista y por ser mujer. Ya está bueno. No quiero más.
Todo esto lo cuento para decirles que tengo un dolor profundo en el alma. Entiendo ahora que en Colombia no hay elecciones, hay un plebiscito cada cuatro años. La pregunta que nos hacen es siempre la misma: ¿Señor colombiano, señora colombiana, acepta usted ser gobernado por este miserable o por este otro miserable? ¿Usted acepta que lo gobierne una persona abiertamente antiderechos, homófoba, que quiere acabar con todo lo ganado y persigue a la prensa? ¿O prefiere ser gobernado por un hombre de buena reputación, considerado excelente ser humano, que decidió obedecer ciegamente a Gustavo Petro, defender su gestión y proponer una Constituyente?
Escoja, nos dicen. Y no se atreva a decir algo diferente. Cualquier cosa que usted diga distinta a este menú cerrado será motivo de cancelación, de sanción y lo tacharán de persona horrible. Perderá amigos, familia y afectos solo por atreverse a pensar y defender lo que cree.
Esa es la realidad en la que estamos. Y yo no me puedo ir de este país. Me han quitado hasta las ganas de vivir. Agradezco de corazón a mis amigos verdaderos y colegas con quienes he hablado, con quienes analicé este escenario y entendí algo terrible: llegó una nueva derecha, el uribismo se acabó. Esta nueva derecha no es mejor, es mucho peor. También tenemos una izquierda petrista horrorosa, que a mi juicio tampoco es mejor que lo anterior. Y eso es todo lo que hay.
Entendí entonces que si quiero conservar mi paz mental, debo hacerme a un lado. No hablo de los tontos y tontas del ecosistema digital que insultan porque les pagan o porque no tienen nada mejor que hacer. Hablo de gente con la que de verdad he interactuado, que conoce mi historia y que me ha visto luchar todos los días de mi vida. A esa gente le hablo hoy. A quienes consideraron que mi voto me definía y que mi voto definía nuestra amistad.
Yo he estado del lado de Margarita Rosa en todo momento. Nunca creí las cosas horribles que dijeron de ella y la defendí aunque no me lo pidiera, porque eso es lo que hacen las verdaderas amigas: dan el corazón y defienden sin condiciones. Hoy ella decidió escribirme y decirme lo que piensa. Yo solo puedo decir que tendremos que ver cómo hacemos dos planetas: uno a la derecha y otro a la izquierda, para no matarnos entre nosotros. No sé cómo van a dividir a las familias, a los compañeros, a los seres queridos. No sé qué van a hacer.
Me pregunto si todos esos gomelos ricos, multimillonarios de izquierda, que persiguen a la clase media o a los pobres que no piensan como ellos, hacen exactamente lo mismo con sus padres, con sus amigos, con sus hermanos y con sus jefes de la misma clase y cuna. ¿A ellos también les quitan la palabra? ¿A ellos también les quitan la amistad como lo hacen con los activistas o con la gente de escasos recursos que apenas tiene educación y que decide abandonar las toldas del petrismo? Quisiera saber si aplican la misma crueldad con sus seres queridos.
Me cansé de todo esto. Llegué a un punto donde quisiera morirme y ni siquiera puedo hacerlo, porque tengo demasiados compromisos y mucha empatía. Tengo vínculos afectivos que me atan a esta vida. Si hubiera sabido que transformar las cosas era tan difícil, nunca jamás hubiera luchado. Me hubiera matado hace 30 años.
Les digo con total claridad: ya no puedo sentirme ni remotamente libre, ni siquiera por ilusión. Ya entendí que estoy en una jaula. Ya entendí que debo obediencia a la derecha o a la izquierda por el simple hecho de tener una voz propia, y que seré castigada si mi voz no le sirve a alguno de los dos bandos. Ya no quiero amigos, ni amigas, ni nada. Gracias por enseñarme que lo único que le queda a una persona que quiere ser medianamente feliz y sana cognitiva y moralmente es convertirse en alguien que se aparta, que no participa y que observa todo desde lejos.
No les voy a regalar mi silencio nunca. A donde tenga espacios para comunicarme me voy a seguir comunicando. Siempre he hecho mi voto público porque es mi manera de hacer control político. Esta vez no votaré. Entre más pasan los años y más recargo la esperanza, más veces me estrello contra la pared. No hay esperanza. Colombia sí es un país inviable y Colombia no tiene futuro porque a Colombia la domina el miedo y el servilismo. Tenemos miedo a perder la familia, tenemos miedo a perder los amigos, tenemos miedo a perder el trabajo, tenemos miedo a perderlo todo por atrevernos a pensar por nuestra cuenta y expresarlo. Y sí debo decir que le tengo terror a Cepeda y a Abelardo y no voy a votar por ninguno de los dos. Elijo mi conciencia, elijo mi libertad y elijo no ser cómplice de nada que atente contra la vida.