Soy Mar Candela. Hago periodismo de opinión y hablo como educomunicadora con Interculturalidad Crítica desde el enfoque del Feminismo Artesanal. Esto es una columna situada.
Antes de entrar al debate, hay que aclarar las palabras con precisión conceptual. Giovanni Sartori lo advirtió: cuando confundimos los conceptos, confundimos la realidad.
Decidir: Es un acto racional sobre opciones que ya existen en el mundo real. Es escoger entre lo que hay, aquí y ahora, con los recursos, el tiempo, la seguridad y el contexto que tienes.
Hannah Arendt distinguía entre la acción condicionada por las circunstancias y la capacidad de actuar dentro de ellas. Decidir es operar dentro del marco de lo posible.
Hoy muchas mujeres viven en un mundo donde no pueden elegir, porque la pobreza, la violencia, la corrupción política, la instrumentalización de las realidades sociales y la falta de oportunidades les cierran el campo de lo posible. En ese mundo, defender el derecho a decidir es defender que puedan moverse dentro de lo que existe sin que nadie se lo niegue.
Para que algún día podamos decidir de verdad necesitamos transposición, transdisciplinariedad, interdisciplinariedad e incluso yuxtaposición de saberes y prácticas. Necesitamos desarmar la corrupción y dejar de instrumentalizar las vidas de las mujeres para agendas ajenas. Ese es el mundo que puede abrir el paso a elegir.
Elegir: Es un acto de voluntad y deseo. Es poner el cuerpo y la vida en una opción que nace de ti, incluso cuando el sistema dice que no hay opciones. Elegir es afirmar identidad y proyecto de vida.
Amartya Sen, en su enfoque de capacidades, habla de “capacidad de elección” como la libertad real para llevar el tipo de vida que una persona valora. Elegir requiere que existan opciones reales y que no estén mediadas solo por la necesidad inmediata.
El mundo que nos puede llevar a elegir es un mundo sin corrupción política, sin instrumentalización de las realidades sociales, con acceso real a educación, salud, seguridad y trabajo digno. Ese mundo aún no existe para todas. Por eso no confundo decidir con elegir. Y no le exijo elegir a quien apenas está sobreviviendo para decidir.
¿Saben qué significa yuxtaposición de saberes y prácticas? Yuxtaposición es poner dos o más cosas una al lado de la otra para que se miren, se comparen y se enriquezcan, sin fundirlas ni jerarquizarlas. En política y educación significa dejar que el saber académico, el saber popular, el saber comunitario y el saber de las trabajadoras estén en la misma mesa, cada uno con su fuerza, sin que uno aplaste al otro.
Por eso mi posición es clara: Defiendo el derecho a decidir de todas las mujeres cuando pueden decidir. Aplaudo y defiendo el derecho a elegir de las mujeres cuando pueden elegir. Defiendo la libre elección donde exista, y defiendo el derecho a decidir donde apenas exista lo mínimo para moverse.
La confusión que se está cometiendo
Giovanni Sartori lo decía claro: si confundes los conceptos, confundes la realidad. Eso es lo que está pasando acá. Mezclan trabajo sexual consensuado entre adultos con pedofilia, pederastria, tráfico de cuerpos y zoofilia. No es lo mismo. Una cosa es el delito contra menores y contra la voluntad de las personas. Otra cosa es un acuerdo entre adultos. Si no hacemos esa distinción, no protegemos a nadie. Solo mandamos todo a la clandestinidad.
Esto hay que dejarlo claro con el texto del fallo en la mano porque están usando una sentencia sobre explotación de menores para meter en el mismo costal a adultas que ejercen trabajo sexual por elección.
La Corte Suprema de Justicia, Sala de Casación Penal, profirió la sentencia SP287 de 2026 dentro de una condena a un hombre por explotar sexualmente a cuatro menores de edad. En ese caso la Corte fue contundente: “Toda persona menor de dieciocho años que sea utilizada con fines sexuales por un adulto, mediando cualquier tipo de retribución o beneficio, debe ser considerada víctima de explotación sexual”. También señaló que la explotación sexual comercial de niños, niñas y adolescentes constituye una grave vulneración de derechos fundamentales y una de las formas más severas de violencia contra la niñez.
Aquí no existe cliente ni prestadora de servicios. Existe delito, abuso y explotación. Por supuesto que el abuso a menores no puede considerarse trabajo sexual. Eso no está en discusión.
El problema viene después. En el mismo fallo la Sala desarrolló un análisis conceptual donde afirma que “la prostitución no puede ser comprendida como una actividad neutra o voluntaria en términos abstractos. Por el contrario, es un sistema de desigualdad y discriminación basado en el sexo, que reproduce relaciones de poder históricamente desiguales y configura una forma de violencia”. Agrega que “las personas no son productos para el consumo, pues sus cuerpos e integridad sexual están por fuera del comercio”.
Ese análisis lo están usando para decir que cualquier relación sexual con ánimo de lucro entre adultos es explotación. Y ahí está el salto indebido. Están queriendo culpar a personas adultas que eligen tener relaciones sexuales transaccionales de la explotación sexual a menores y del tráfico de personas para ese mismo fin. Son temas que van por separado, con causas, dinámicas y responsables distintos. Además el prohibicionismo de esta actividad a personas adultas y sin coacción de ningún tipo más allá de la transacción por supuesto que atenta contra las libertades individuales.
Confundirlos borra la agencia de las adultas, criminaliza su decisión y deja sin herramientas a quienes sí son víctimas reales. Las niñas y los niños en prostitución no son trabajadores sexuales. Son niños explotados sexualmente. Tratarlos como si fueran lo mismo invisibiliza la violencia específica que viven.
El fallo fue muy situado en el caso de menores. Abre la puerta al debate, sí. Por eso toca revisar muy bien las palabras y su contexto completo en la sentencia SP287 de 2026. La atención sexual con ánimo de lucro entre personas adultas, sin coacción explícita, no debe criminalizarse. Perseguir a quienes ejercen por decisión propia no protege a las víctimas de explotación ni detiene el tráfico. Lo único que hace es empujar todo a la clandestinidad y empeorar las condiciones de seguridad y salud.
La prostitución no es solo miseria. Y hay que decirlo sin tabú: la prostitución no es solo de personas empobrecidas en miseria.
Muchas mujeres, y personas de todos los géneros, llegan al trabajo sexual sin estar en condición de calle ni en extrema pobreza. Lo eligen porque les da tiempo, control sobre su agenda y agencia sobre su vida. El trabajo sexual permite organizar el día sin jefes, sin horarios rígidos, sin tener que entregar 10 horas diarias a un empleo que no alcanza para vivir.
Ese tiempo es poder. Es tiempo para estudiar, para cuidar, para crear, para tejer otros caminos. El trabajo sexual funciona como herramienta de empoderamiento económico y de movilidad social. No es solo para pagar el diario y las cuentas. Es una alternativa para no quedarse sobreviviendo. Muchas personas deciden el trabajo sexual única y exclusivamente para construir una alternativa de movilidad económica que otros empleos no les ofrecen.
Hablar de esto sin moralina es urgente. Ponerle moralidad al diálogo es lo que ha mantenido el tema en el tabú y ha impedido discutir condiciones laborales, seguridad y derechos. Aquí no hay mujeres buenas y mujeres malas. Hay mujeres que gestionan su vida con las herramientas que tienen.
Libertad sexual y decisión
Las mujeres libres tomamos la decisión sobre nuestra sexualidad. Y decidimos tener relaciones sexuales con ánimo de lucro o decidimos tener relaciones sexuales sin ánimo de lucro.
Ese mundo sin ánimo de lucro es mucho más que simplemente el coito. Tiene sus matices, sus afectos, sus acuerdos, sus silencios. Y en todo caso, las mujeres elegimos. En un mundo sin posibilidades de decidir, elegimos igual.
Yo hace muchos años decía que defendía el derecho a decidir de las mujeres. Hoy lo sostengo. Y también defiendo su derecho a elegir.
Algunas feministas abolicionistas se están inventando que el fallo de la Corte Suprema de Justicia sobre explotación sexual de menores de 18 años es sobre prostitución. Muy jodido compañeras estar tergiversando un fallo de una alta corte para volver sobre las propuestas de criminalizar la demanda y/o la oferta entre adultos. Argumentos válidos sobran como para andar estirando fallos indebidamente. Pura deshonestidad intelectual.
Las personas que dominan derechos humanos saben el poder de las palabras. La mayoría de voces dominantes abolicionistas de la prostitución son muy cercanas a organizaciones internacionales de derechos de mujeres y a toda la rosca con poder. Yo me niego a creer que una persona profesional en derechos se atreva a decir que prostitución versus tráfico sexual es lo mismo. No lo es. Y decirlo así pone en riesgo a las que sí eligen ejercer.
Y déjenme decir algo sin rodeos: pueden llamarlo trabajo sexual o prostitución, como quieran. A mí me da igual. Lo que no me da igual es que les quiten el derecho a elegir.
Las mujeres tienen derecho a la movilidad social y al sustento. Tienen derecho a conseguir el dinero que necesitan para pagar las cuentas. En un mundo sin oportunidades, las opciones que les dan son ser empleadas domésticas, obreras del rebusque, manejar un taxi, asumir peligros en trabajos informales sin garantías. Mientras tanto, muchas mujeres tienen relaciones sexuales por interés aunque no haya plata de por medio. Otras lo hacen por deporte, por lúdica, para mantenerse en forma. Y está bien. La libertad sexual no puede ser solo para las que ven el sexo como algo sagrado y espiritual. Las mujeres son putamente libres y deben vivir como tal.
Esta pelea no empezó conmigo. Yo no inventé nada. En Francia, Grisélidis Réal, prostituta y escritora, ya estaba diciendo en los 70 que la criminalización nos mata más que el oficio. En Estados Unidos, Margo St. James fundó COYOTE en 1973 y se lanzó a la alcaldía de San Francisco en 1979. Sí, una trabajadora sexual candidata a gobernar. Carol Leigh inventó el término “sex work” en 1978 para que dejáramos de hablar de nosotras como si fuéramos un problema social y empezáramos a hablar de trabajo.
Annie Sprinkle, artista y trabajadora sexual, llevó el debate al arte y la educación sexual pública. Norma Jean Almodovar, expolicía y trabajadora sexual, escribió “Cop to Call Girl” para mostrar la hipocresía de un sistema que nos persigue y luego usa nuestros servicios. Kamala Kempadoo desde el Caribe y la academia nos recordó que criminalizar el trabajo sexual no acaba con la explotación, la esconde.
En América Latina la pelea siguió. Elena Reynaga organiza a trabajadoras sexuales de 15 países desde RedTraSex desde 1997. Georgina Orellano fundó AMMAR en Argentina y pelea para que no las hostiguen por trabajar. Laura Meza en Costa Rica sostiene a ASOTRASEX desde 2005. Todas trabajaron en el oficio y llevan años diciendo “sex work is work”. No son académicas hablando desde afuera. Son ellas.
Yo les hablo a ellas, las que abrieron camino: Grisélidis, Margo, Carol, Annie, Norma Jean, Kamala, Elena, Georgina, Laura. Lo que hicieron en los 70, 80 y 90 es lo que yo traje a Colombia en 2012. La Marcha de las Putas llegó acá con una mesa diversa: cristianas, activistas digitales, universitarias, trabajadoras sexuales. No veníamos de colectivas cerradas. El país lo vio. Después de eso salió con fuerza Putamente Poderosas y otras organizaciones.
En Colombia hay dos voces que siguen firmes y no las voy a confundir. Melissa Toro, fundadora de Putamente Poderosas en Medellín, lleva desde 2017 resignificando la palabra “puta” y acompañando a más de 2.500 mujeres en la pelea por derechos laborales, salud y dignidad.
Y me alegra mucho que Amaranta Hank, actriz porno que hoy es senadora de la República por el Pacto Histórico, esté en el Congreso. Yo no voté por ella ni defiendo el modelo de Gustavo Petro. Para mí es una ganancia enorme que el país haya querido favorecer a Amaranta. Sé que ahí va a haber una voz fuerte y sólida en defensa del trabajo sexual digno, sin estigmatización ni criminalización injusta.
Esto que hago es Educomunicación: no les doy un discurso, les doy herramientas para que ustedes saquen sus propias conclusiones. Es Interculturalidad Crítica porque en la mesa de 2012 había mujeres diversas que no pensaban igual, y aún así nos sentamos a hablar. Es Feminismo Artesanal porque lo tejemos nosotras mismas, con nuestras manos, sin esperar que un fallo judicial nos diga quiénes son ellas.
Cuando las trabajadoras sexuales tienen derechos y condiciones laborales claras, son las primeras en denunciar los vejámenes. Son las más comprometidas en combatir las injusticias en el ámbito laboral. Muchas no denuncian porque saben que las van a criminalizar y las van a mezclar con traficantes. Eso pasa porque estamos en un mundo donde incluso hay madres sin corazón que venden a sus hijas. Ya lo hemos visto. Perseguir jurídicamente a las trabajadoras sexuales y estigmatizar a quienes toman los servicios no resuelve nada. Solo aumenta la clandestinidad. Y la clandestinidad mata.
Dejen la hipocresía. El trabajo sexual no es el problema. Muchos hombres y mujeres adultas eligen que el sexo lúdico es mejor que desgastarse emocionalmente en vínculos que no son saludables. Para mucha gente el sexo es divertido, como ir a un parque de diversiones: pagas la entrada y ya. Quien presta el servicio de atención sexual debería tener todas las garantías para elegir en qué condiciones trabaja, a quién le presta el servicio y a quién no. Quien toma el servicio tiene derecho a su vida privada, a no ser tratado como escoria humana.
A mí me parece más escoria humana el hombre que abusa del poder, el que se impone sobre las mujeres, el que miente y manipula emocional y psicológicamente solo para conseguir un polvo y luego desechar a las mujeres como un trapo. Hablemos claro.
Mientras andan repartiendo “cucas” por ahí y nadie dice nada, a ellas las quieren criminalizar por ponerle precio y condiciones. Sexo con ánimo de lucro es una opción. Y no tiene nada que ver con tráfico sexual.
No me voy a silenciar. Voy a silenciar a quienes lleguen con insultos. Y sostengo lo que he sostenido por más de una década: jamás seré abolicionista de la prostitución.
Puta o no puta, los derechos de ellas no se disputan. Voy a seguir trabajando por un mundo con calles para mujeres libres, para mujeres que puedan vivir putamente libres. Ya no basta con resistir. Tenemos que empezar a reexistir: asumir la existencia fuera de los márgenes para desafiar el establecimiento.
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