Opinión

Opinión: Obras eternas

“Una obra en Bogotá jamás se demora el tiempo que se planeó, nunca; si la idea inicial es que se haga en seis meses, durará como mínimo 3 años”: Andrés Charria

Obras en Bogotá
Obras en Bogotá (Publimetro)

Hace unas dos semanas pasé por la carrera séptima entre 127 y 116 y vi a una cantidad importante de trabajadores iniciando la construcción del “Corredor de la Séptima” que parece que será una ruta de Transmilenio donde no hay espacio, pero por terquedad de varios alcaldes deberá hacerse. Me llamó la atención el número de personas realmente trabajando en una obra pública. Seguramente estaba el alcalde iniciando labores y había que “portarse bien”; ocho días después es lo mismo de todas: tres trabajadores con una pala en una mano y en la otra el celular para chatear.

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Una obra en Bogotá jamás se demora el tiempo que se planeó, nunca; si la idea inicial es que se haga en seis meses, durará como mínimo 3 años. Las obras de la ciudad se demoran eternidades. Pasar en cualquier momento por alguno de los “frentes” de construcción permite ver a dos o tres trabajadores mirando el celular y trabajando poco, muy poco. Eso si no llueve, no hay un partido de la selección o una marcha.

Siempre tengo una anécdota real; en pandemia salía a correr alrededor de un parque donde se inició la construcción de un edificio; más o menos por la misma época se inició la recuperación de unas cuatro cuadras de andenes en el mismo lugar. No fue sorpresa que el edificio de unos 6 pisos se terminó primero que los andenes.

La dinámica es sencilla, se inicia una obra con el alcalde de turno diciendo que tal construcción cambiará la vida de los bogotanos y que ha sido gracias a su preclara administración. Todos los periodistas chupamedias hacen entrevistas y alaban la excelente gestión del burgomaestre de turno. A los dos días se instalan las inmundas polisombras verdes que pasarán más de tres años allí, el primer día están perfectas, con el paso del tiempo se parecen más a harapos dejados en una cuerda que algo para separar la construcción. Antes se ponía una valla que decía el momento en que iba a terminar la construcción, ya no se ve pues estoy seguro que ninguna valla acertaba en el momento de la finalización y es mejor evitar el ridículo.

Luego son muchos meses, mejor, años, en que la construcción avanza a paso de tortuga, por noticias se sabe que hubo retrasos por cualquier cosa, al interventor le duele una muela, los trabajadores se unieron a una marcha por la liberación de Palestina o una tutela porque un perro no podía caminar frenó la obra.

Hay obras que se demoran más de cuatro veces lo planeado. Sin ir más lejos, el deprimido de la 94, conocido técnicamente como el complejo intercambiador vial subterráneo ubicado en la Calle 94 con Av. NQS se demoró nada menos que 8 años. Fue una de las víctimas del famoso carrusel de la contratación. Finalmente aparece el alcalde de turno para indicar que gracias a él la obra se concluyó y es un “regalo para todos los bogotanos”.

Lo mejor es que una vez se termina la dichosa obra todo puede pasar. El deprimido del que hablé se inundó con el primer aguacero bogotano, parece que el operario de una motobomba se fue a su casa porque se le estaba inundando. Los andenes de la Pedagógica se terminaron y en menos de quince días llegó otro frente de obra a romper lo acabado dos semanas antes.

Acá a los alcaldes, y el actual no ha sido la excepción, les interesa iniciar la obra o inaugurarla. Lo que pasa entre esos dos extremos les es totalmente indiferente. Cerca a mi casa hay una obra que se está “relanzando” para un puente peatonal pues apenas se inició quedó inconclusa durante unos 5 años. Y no pasó nada. Estos dos adefesios no son la excepción, mejor son la regla general.

Veamos. La troncal de la 68 se planeó para 5 años y se esperaba que se entregara en febrero de este año. Se ha retrasado por temas de traslado de redes de servicios públicos y parece que algunos hallazgos arqueológicos. Dicen (y no les creo) que la entregarán en el 2027 y seguramente por allá en diciembre. Lo mismo pasa con la Troncal Avenida Ciudad de Cali y otras similares. Ni qué hablar de la sede de la alcaldía de Teusaquillo o el museo de la memoria histórica. Elefantes blancos paralizados sin ningún atisbo de que se vayan a terminar.

Es desesperante cómo a quien planea estas obras y quien las construye les importa un pepino los ciudadanos; trancones, desvíos, destrucción de andenes aparecen sin ninguna solución para no generar inconvenientes.

Es raro además los pocos trabajadores que se utilizan. En un país con desempleo lo ideal sería que se llenara de trabajadores estas obras para que se terminaran más rápido. Me llama la atención como no se hace un cálculo que genera la pérdida de tiempo que implican estas obras a paso de tortuga frente al ahorro de tener tan pocos trabajadores.

Si la obra emblemática de los últimos años, el Metro, se demoró entre la idea y su finalización más de cincuenta años y el presidente actual sigue jodiendo para detenerla, qué podemos esperar de un puente. Los alcaldes, en sus camionetas con vidrios oscuros no miran a los ciudadanos que día a día tienen que aguantar su incompetencia e indolencia con la ciudad que dirigen.

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