Durante años desde el progresismo nos vendieron el cuento de la “tolerancia”. Nos dijeron que debíamos respetar todas las formas de pensar, todas las identidades, todas las expresiones culturales y todas las creencias. Todas… excepto una: la fe cristiana.
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Porque en Colombia y en Bogotá hoy parecería que orar incomoda, creer molesta y defender principios tradicionales automáticamente convierte a cualquier persona en objetivo de burla, agresión o persecución.
Lo ocurrido el pasado 2 de abril, Jueves Santo, en la Iglesia de San Francisco, en pleno centro de Bogotá es parte de una cadena sistemática de ataques contra la fe y la libertad religiosa en el país, otra escena más de una enfermedad cultural que viene creciendo silenciosamente, el desprecio sistemático contra los creyentes.
Mientras decenas de familias estaban reunidas en un momento de oración, un grupo de personas irrumpió para agredir e intimidar a quienes estaban allí. Adultos mayores, niños y feligreses terminaron atrapados en un episodio que jamás habría sido relativizado si las víctimas hubieran pertenecido a cualquier otro grupo social.
Esta semana lo volvimos a vivir cuando el miércoles 6 de mayo, un sujeto que gritaba ser el diablo ingresó a la Iglesia La Ermita en Cali y destruyó imágenes religiosas dentro del templo. En octubre de 2025, encapuchados vandalizaron la iglesia “Dios Está Formando un Pueblo” en Teusaquillo. Un mes después, feministas atacaron la sede principal de la Misión Carismática Internacional en Puente Aranda mientras insultaban a los feligreses y destruían bienes públicos.
Esto no surge de la nada. Durante años, ciertos sectores políticos e ideológicos han construido un discurso donde el creyente es presentado como atrasado, peligroso o moralmente inferior. Ridiculizan la fe, se burlan de los símbolos religiosos, tratan las convicciones cristianas como si fueran una enfermedad cultural que debe desaparecer y después se sorprenden cuando los templos terminan convertidos en escenarios de odio.
¿En qué momento los lugares de culto comenzaron a convertirse en escenarios de miedo y violencia? ¿En qué ciudad civilizada una ceremonia religiosa termina siendo interrumpida por personas armadas o por fanáticos que consideran que la fe del otro debe ser aplastada?
Porque esto siguió escalando. En septiembre de 2025, un hombre ingresó con una pistola traumática a una misa en Kennedy y amenazó al sacerdote frente a toda la comunidad. Dos meses después, en la parroquia Santo Tomás Moro, jóvenes con armas blancas irrumpieron en plena ceremonia religiosa y sembraron el pánico entre los asistentes.
Pero incluso antes de eso ya existían señales alarmantes. En 2022, un grupo llegó hasta la Catedral Primada con bombas molotov y grafitis contra la Iglesia. Y en marzo de 2021, encapuchadas incendiaron la puerta de la histórica Iglesia de San Francisco mientras gritaban “muerte a la Iglesia”.
La pregunta es inevitable: ¿qué habría ocurrido si estos ataques hubieran sido dirigidos contra cualquier otra comunidad? La indignación nacional habría sido inmediata. Pero cuando los atacados son creyentes, muchos prefieren mirar hacia otro lado porque, en el fondo, para ciertos sectores el cristiano sí puede ser agredido, el creyente sí puede ser ridiculizado y la fe sí puede ser atacada. Eso tiene nombre: sesgo anti creyente. Y sí, existe.
Lo más irónico es que quienes más hablan de diversidad son muchas veces los menos capaces de tolerar una visión distinta del mundo. Exigen respeto absoluto hacia sus causas, pero consideran legítimo burlarse de quienes creen. Quieren una sociedad donde todas las identidades sean protegidas, excepto la identidad religiosa.
Por eso decidí actuar y radiqué ante la Fiscalía General de la Nación una denuncia penal por los presuntos delitos de actos de discriminación y perturbación de ceremonias religiosas. Lo ocurrido no puede seguir normalizándose.
Las cifras además demuestran que el problema sí existe. En Bogotá, entre 2024 y 2025, 53 personas recibieron atención jurídica y psicosocial por afectaciones relacionadas con la libertad religiosa y según la Secretaría Distrital de Gobierno, cerca del 80% de las víctimas ni siquiera denuncia.
Pero la libertad religiosa no es una concesión ideológica ni un permiso temporal del Estado. Es un derecho fundamental consagrado en el artículo 19 de la Constitución Política de Colombia.
La libertad verdadera no puede ser selectiva, no puede proteger únicamente las expresiones que coinciden con ciertas ideologías mientras pone en duda otras. Una democracia sana no obliga a nadie a esconder sus creencias para evitar ser señalado o atacado.
El día en que creer en Dios produzca miedo de expresarlo públicamente, Colombia no habrá derrotado únicamente a la fe, habrá derrotado la libertad misma.
