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De un trancón eterno a una oportunidad histórica

La concejala Cristina Calderón analiza la propuesta de ampliación de la Autopista Norte, tan necesaria para la movilidad de Bogotá.

Movilidad Bogotá Hoy
Autopista Norte Bogotá Foto: Autopista Norte Bogotá ( X @RutaBogotaNorte- descargada 8 de abril 2025)

Después de las inundaciones de la Autopista Norte de esta semana hay anuncios que llegan con alivio y con la sensación de que, por fin, nos movemos en la dirección correcta. La ampliación de la Autopista Norte entre la 191 y la 245 es uno de esos casos. Después de años de obstáculos, el acta de inicio marca algo más que el comienzo de una obra: marca la posibilidad real de transformar uno de los corredores más congestionados de la ciudad. Porque esta obra no es sólo para la movilidad, tiene que ver con conectar ecosistemas, crear pasos de fauna y prevenir inundaciones en los próximos años.

Si hay algo en lo que coincidimos los bogotanos es en el desgaste que implica moverse por la ciudad. Y la Autopista Norte ha sido, durante años, uno de los símbolos más claros de ese problema: trancones interminables, tiempos impredecibles y una infraestructura que se quedó corta frente al crecimiento de la ciudad y la región.

Pasar de seis a doce carriles, incorporar un carril exclusivo para TransMilenio, construir retornos a desnivel y complementar con andenes y ciclorrutas habla de una visión más integral de la movilidad. Es, al final, un nuevo corredor para mover personas, no importa en qué modo lo hagan.

Y ahí está uno de los principales aciertos del proyecto: entender que la movilidad no puede seguir pensándose sólo desde los carros y las motos. La inclusión de infraestructura para peatones, transporte público y ciclistas es una señal de que la ciudad está avanzando con decisión hacia un modelo más equilibrado.


Es una obra tan importante para Bogotá, la región y el país, que la obra no está contratada por la ciudad sino por una entidad nacional, la Agencia Nacional de Infraestructura, ANI. Es una conexión vital con los municipios del norte de Cundinamarca y un corredor económico fundamental para todo el país. Mejorarlo no solo impacta los tiempos de desplazamiento, sino que fortalece la competitividad nacional, facilita el comercio y mejora la calidad de vida de todos.

También es importante reconocer el valor de haber destrabado un proyecto de esta magnitud. En un contexto donde muchas iniciativas quedan atrapadas en trámites interminables, lograr que esta obra arranque habla de capacidad de gestión, de articulación institucional y de una decisión clara de avanzar. La obra es contratada por la ANI, Bogotá ayudó a destrabarla y la presión de los habitantes del norte de Bogotá y municipios como Chía influyó a que la ANLA por fin aprobara el proyecto.

Ahora, como lo mencioné anteriormente, no se trata sólo de movilidad. Esta obra tiene un enfoque ambiental fundamental para conectar y restaurar los ecosistemas del norte de la ciudad. La intervención en una zona tan sensible como los humedales Torca y Guaymaral no podía hacerse bajo esquemas tradicionales. Y, en este caso, se han planteado soluciones que buscan equilibrar la infraestructura con la protección de los ecosistemas.

Por muchos años el fanatismo ambiental, incluso de entidades nacionales y presidentes de la República, frenaron este avance. Pero por fin el proyecto tiene luz verde y transformará positivamente nuestra relación con los humedales. Es ahí donde está la oportunidad: demostrar que podemos ejecutar grandes proyectos mejorando la estructura ecológica existente.

Nada de esto significa que el camino esté libre de retos. Como toda gran obra, habrá incomodidades, ajustes y momentos de tensión. Pero también es cierto que Bogotá necesita dar este tipo de pasos. La ciudad no puede quedarse inmóvil frente a sus problemas estructurales.

La clave, en este caso, estará en la ejecución. En cumplir los cronogramas, en mantener informados a los bogotanos y en garantizar que las promesas se transformen en acciones. Porque, al final, lo que construye confianza no son los anuncios, sino los resultados.

La ampliación de la Autopista Norte representa una oportunidad para mejorar la movilidad, para fortalecer la integración regional y para demostrar que es posible hacer infraestructura sostenible.

También, para recuperar algo que el país necesita con urgencia: la confianza en que los proyectos de infraestructura sí pueden salir bien. Que las obras sí pueden terminarse, que los tiempos pueden cumplirse y que los beneficios los podremos disfrutar todos.

Bogotá no se transforma de un día para otro, pero sí necesita decisiones que marquen el rumbo. Esta es una de ellas.

Porque al final, moverse mejor no es un lujo. Es una condición básica para vivir mejor. Y, si esta obra logra cumplir lo que promete, no solo estaremos frente a una vía más amplia, sino frente a una ciudad que empieza a avanzar al ritmo que necesita.

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