Desde el Concejo de Bogotá reconocemos que el proyecto de acuerdo que tiene como finalidad adoptar incentivos tributarios para la realización de eventos de fútbol profesional en el Distrito Capital y que estimulen las competencias deportivas de fútbol profesional celebradas en Bogotá que sean organizados por la Federación Colombiana de Fútbol (FCF) es, sin lugar a duda, un camino correcto. No solo responde a un mandato constitucional de promover el deporte como derecho social, sino que además se armoniza con la necesidad de dinamizar la economía, atraer turismo y posicionar a la ciudad en escenarios internacionales. Por eso, acompañaré esta iniciativa como miembro de la Comisión de Hacienda y presidente de la corporación.
PUBLICIDAD
Sin embargo, mi respaldo representa una oportunidad para abrir un debate más amplio y, si se quiere, más justo, pues cabe preguntarse ¿Vamos a consolidar a Bogotá como capital del deporte… o únicamente como capital del fútbol? ¿Por qué este mismo razonamiento no se aplica a otras disciplinas deportivas? Es una consideración que vale la pena poner sobre la mesa.
Bogotá desde hace algunos años es sede de la Media Maratón, uno de los eventos atléticos más importantes de América Latina. No es una afirmación menor, según la Alcaldía Mayor de Bogotá en su edición más reciente reunió a más de 42.000 corredores provenientes de 40 países, consolidándose de esta manera como un modelo nacional del atletismo urbano. Incluso, según la Federación Nacional de Comerciantes (Fenalco), dicho evento genera un impacto económico superior a los 50.000 millones de pesos, fortaleciendo así sectores claves como la hotelería, la gastronomía y el comercio.
También cuenta con una práctica destacada en patinaje, ciclismo, baloncesto y deportes urbanos. ¿Acaso estos eventos no movilizan a miles de personas? ¿No generan también turismo, consumo y empleo? De acuerdo con el Instituto Distrital de Recreación y Deporte (IDRD), en una sola jornada de Ciclovía participan más de 2.4 millones de personas activamente en deportes como ciclismo, caminata y patinaje, consolidando este programa como uno de los más masivos del mundo. Asimismo , eventos tales como el Gran Fondo de Ciclismo de Bogotá han reunido más de 5.000 participantes, generando un impacto económico relevante en el comercio local.
Pensar en un esquema de incentivos que a futuro puedan dialogar con la diversidad de deportes existentes, no solo amplía el alcance de la política pública, sino que también consolida la idea de una ciudad que entiende y apoya el deporte en todas sus dimensiones.
No podemos caer en una visión reduccionista. El fútbol tiene un enorme poder de convocatoria, claro que sí, pero no es el único motor del entorno deportivo. Si realmente creemos en el deporte como política pública integral como lo plantea el artículo 52 de nuestra Constitución, debemos pensar muy bien las decisiones tomadas que, aunque bien intencionadas, terminan generando inequidades entre disciplinas.
Miremos un poco el contexto nacional. Ciudades como Barranquilla han entendido que el deporte es una plataforma estratégica diversa. Allí no solo se han consolidado como sede de la Selección Colombia, sino que también han apostado por eventos múltiples, fortaleciendo su infraestructura y su actividad económica. Mario Muvdi, presidente de Cotelco del atlántico, en declaraciones a El Heraldo ratificó que el Giro de Rigo en 2025 reunió a miles de participantes y visitantes, impulsando la ocupación hotelera a niveles superiores al 90%. Lo que pone en evidencia la incidencia directa de este tipo de eventos en los servicios asociados al turismo.
Medellín, por su parte, ha desarrollado una visión amplia del deporte que puede traducirse en resultados concretos. Según la Alcaldía de Medellín, la realización de certámenes deportivos de alto nivel ha generado un impacto económico alrededor de los 279 millones de dólares y ha convocado a más de 850.000 asistentes en un solo año. Posicionando a la ciudad como un epicentro deportivo más allá del fútbol. Debido a la diversificación deportiva que plantea la ciudad se tienen en cuenta otras disciplinas como el ajedrez, tiro con arco, tenis de mesa, natación, artes marciales, entre otras. Entonces, insisto al cuestionar ¿por qué Bogotá habría de limitarse?
Más que una discusión sobre solo un deporte es un paso hacia la construcción de una política deportiva más amplia para la ciudad. Porque si el argumento central del proyecto es que sin incentivos no hay eventos, entonces debemos tener en cuenta cuántos eventos estamos dejando de atraer por no ofrecer condiciones similares a otras federaciones.
Además, hay un elemento de política pública que no podemos ignorar, dado que la diversificación del deporte también implica inclusión social. No todos los jóvenes sueñan con ser futbolistas. Muchos encuentran su proyecto de vida en el atletismo, el patinaje, el baloncesto u otro deporte. De esta manera ¿Qué mensaje estamos enviando a nuestras generaciones más prometedoras si concentramos los beneficios en una sola disciplina?
Por eso, es pertinente mencionar que radicaré una proposición para ampliar el alcance de estos incentivos a otras federaciones deportivas, bajo criterios técnicos, medibles y sostenibles fiscalmente. Bogotá tiene el potencial para ser una verdadera capital deportiva de América Latina. Pero para lograrlo, debemos pensar en grande y, sobre todo, pensar en plural.
