Hoy hago un alto en el camino para no hablar de Junior, y sí, con lágrimas corriendo por mis mejillas, de un gran ser humano, de un gran amigo, que por decisiones de nuestro Dios Padre, partió a su diestra para comandar su legión de ángeles. Abelito, como le decíamos de cariño, viajó rumbo a Bogotá por tierra, para cubrir un torneo aficionado de fútbol, su gran pasión, acompañando a la selección Atlántico. Tras su arribo a la capital del país, había quedado con su compañero de fórmula, Arsenio Estrada, en encontrarse en la sede de los juegos en Fontibón, pero Abe no llegó. En el camino, en el taxi, se desmayó, y se lo tuvieron que llevar de urgencia al hospital de esa localidad. Al ver que no se presentaba, Arsenio le marcó a su número celular insistentemente. En una de esas contestó una enfermera del centro médico, y le dijo que su amigo había llegado en mal estado, y que debía reportarse con urgencia al lugar. Estrada no lo dudó, pero lo que nunca se imaginó fue encontrarse con la noticia de su muerte. Abel Pérez había fallecido producto de un infarto, antes de llegar a la clínica.
Conocimos la noticia en Barranquilla en dos partes. Una, en voz del colega Ricardo Ordóñez, donde nos informaba a las 9:59 am del lunes festivo, en un grupo de WhatsApp de periodistas deportivos de Barranquilla, que Abel se había desmayado, y que lo habían traslado a la clínica. Y dos, la fatal, diez minutos después, en escrito de José Hugo Illera. Arsenio le habia dicho que murió. Fue un golpe tan fuerte como los KO fulminantes de Pambelé. Y a mi mente comenzaron a llegar tantos recuerdos que me impiden dejar de llorar.
A Abelito lo conocí cuando recién comenzaba a dar mis primeros pasos en el periodismo deportivo. Por allá, en1998. En esa época era un crack con el balón, apetecido por muchos equipos en la Universidad Autónoma del Caribe, donde fue egresado como Comunicador Social - Periodista, y luego en los torneos intermedios locales y nacionales. En cada torneo de ACORD se robaba los aplausos. Mi crecimiento como periodista deportivo fue tal, que me alejé mucho de la actividad aficionada, su principal fuente. Y cuando regresé a mi cruda realidad, porque me creí el Dios, el omnipotente de los grandes medios en Colombia, él estuvo ahí. Al tiempo nuestras hijas estudiaron juntas su primaria y bachillerato, y eran diarios nuestros encuentros. Su carcajada, más que una sonrisa normal, marcaba la diferencia.
Me contó una vez Alberto Salah, uno de sus grandes amigos, que Abel, inmmerso en ese mundo de la desesperación de los que hacemos parte muchos periodistas deportivos independientes, que no tenemos un salario fijo, y que nos toca “guerrear” más de la cuenta, buscando el auxilio de marcha diario, a como dé lugar, le pidió un apoyo para salir adelante. En esa época, como gerente del Foro Hídrico, hoy ADI, le ofreció un trabajo de guarda parques. Era el primer escuadrón de ellos en la ciudad. Abel, con su sonrisa de oreja a oreja, no lo dudó ni un sólo instante, y lo aceptó. Le dijo al final: “Alberto eres el mejor, que detalle tan detallante”. Era dejar los micrófonos, las grabadoras a un lado, y comenzar a hacer otro tipo de labores inherentes a su nueva actividad. Lo disfrutaba como un niño. Era un tipo que nunca le hacia mala cara a nada. Siempre con entrega y mucha responsabilidad.
Cuando ese contrato laboral se le acabó, lo volví a ver en las canchas abiertas, y junto a Carlos Mendoza, Andrés Macías, y Tomás Dix, nos encontrábamos en Simón Bolivar, Cevillar, Sagrado Corazón, Malambo, y otras más, a seguir disfrutando de lo que más no ha gustado en la vida, el periodismo. No ganábamos dólares ni euros, pero la pasábamos sabroso. Comíamos algo, al pie de esas canchas polvorientas, chicharrón, empanadas, butifarras, en fin, y si podíamos, nos tomábamos unas cervezas. Eran pocas las veces claro está. Mientras yo me quedaba en la tienda del barrio, con una en la mano, entre risas se me acercaba y me decía “no te gastes toda la plata. No te vayas a emborrachar”. Me duele no volver a escucharte más, mi negro...
Te voy a extrañar, Abel, no te imaginas cuánto. Y así como le dijiste a Tomasito en su última conversación, que yo lo quería mucho a él, te me fuiste sin decirte que yo te adoraba más, mi hermano. Lo hiciste todo para entrar con tiquete directo rumbo al cielo. Hoy Dios está feliz de tenerte. Yo, me quedo en tierra. Me falta mucho aún por hacer, por mis hijos y mi familia, y tú lo sabes. Guárdame un puestito a tú lado. Después nos veremos, papá!!
POSDATA: Abelito, Junior le ganó a Bucaramanga. Pero no supo lo mismo sin tí.
