La polarización se ha vuelto tan poderosa en Colombia que ya ni siquiera tolera algo tan básico como el desacuerdo. Hoy basta con que dos personas no piensen exactamente igual para que inmediatamente aparezca el veredicto público: “esa alianza no funciona”. Eso es exactamente lo que está pasando con la coalición entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo.
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Desde que ambos candidatos decidieron unirse, se ha visto que tienen diferencias en algunos temas. En varios medios de comunicación han expresado con franqueza esos puntos de distanciamiento, y con ello ha sido suficiente para que muchos concluyan que la alianza es inviable, como si gobernar un país significara pensar exactamente igual en cada tema.
Pero esas reacciones revelan un problema mucho más profundo. Revelan hasta qué punto la política colombiana ha quedado atrapada en esa lógica, la idea de que la única forma válida de hacer política es la uniformidad absoluta.
La política no puede ser una guerra de identidades, en el que hay que elegir un bando y cerrarse completamente a cualquier matiz, y que dialogar con quien piensa distinto es una señal de debilidad, la democracia nunca ha funcionado así.
Las sociedades que avanzan no son aquellas donde todos piensan igual, sino aquellas donde personas con diferencias profundas logran construir acuerdos sobre lo esencial. La política, en su mejor versión, no es el arte de la unanimidad, es el arte del encuentro. La democracia no se fortalece cuando todos piensan igual, se fortalece cuando quienes piensan distinto son capaces de construir juntos.
Por eso la coalición entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo debería ser vista con más serenidad y menos prejuicio. Porque lo que representa no es una contradicción, sino algo mucho más escaso en la política colombiana, la voluntad de construir desde la diferencia.
Valencia, proviene de una tradición política claramente identificada con la defensa de las instituciones, la libertad económica y la oposición frontal al proyecto ideológico que hoy representa el gobierno de Gustavo Petro. Incluso ha sido considerada como la mejor senadora de la República. Por su parte, Oviedo ha construido su trayectoria desde el rigor técnico, la gestión pública y una mirada más independiente.
No son iguales, precisamente ahí está el valor de la alianza. Y hay algo aún más importante, si en Colombia pueden construir juntos Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, también hay espacio para todos los colombianos que creen en la Constitución, en las libertades y en la democracia. Esa es, en el fondo, la señal más poderosa de esta alianza.
Pero más allá de sus diferencias, hay algo que muchos están ignorando. Sí existen acuerdos de fondo, y son más importantes de lo que parece.
Ambos coinciden en la necesidad de recuperar el rumbo económico del país con soluciones técnicas y no ideológicas, alejándose de lo que ellos mismos han llamado discursos “románticos”. Coinciden en la urgencia de enfrentar la informalidad, entendiendo que no se resuelve maquillándola sino creando condiciones reales para que millones de colombianos puedan acceder a la formalidad.
En pensiones, comparten la idea de corregir los subsidios que hoy benefician a quienes más tienen y de construir un sistema más sostenible que no le deje la carga a las nuevas generaciones. En salud, están de acuerdo en mantener un modelo mixto, donde lo público y lo privado compitan para mejorar la calidad del servicio, en lugar de destruir lo que funciona.
En general, ambos han insistido en algo clave, la necesidad de recuperar la capacidad de ejecución del Estado, de pasar del discurso a los resultados y de tener un gobierno que funcione. Esa base común es la que hace posible la alianza, porque demuestra que es posible defender convicciones firmes y, al mismo tiempo, entender que Colombia necesita proyectos capaces de sumar, no de fragmentar.
Colombia atraviesa además un momento político particularmente delicado, sectores de la izquierda radical buscan consolidar un proyecto ideológico neocomunista, un modelo que en distintos países ha debilitado instituciones, concentrado el poder y fracturado la sociedad.
Frente a ese panorama, la respuesta de quienes creen en la democracia no puede ser la fragmentación ni la competencia de egos, debe ser la construcción de alternativas amplias, capaces de defender la libertad, las instituciones y el pluralismo.
La historia latinoamericana es clara, cuando las democracias se fracturan, quienes terminan avanzando son los proyectos más ideológicos y más disciplinados políticamente. Por eso resulta tan paradójico que algunos critiquen una alianza precisamente por lo que debería ser su mayor fortaleza, su diversidad.
Gobernar un país como Colombia exige algo más complejo que la coincidencia ideológica absoluta. Exige liderazgo, capacidad de diálogo y madurez política para construir consensos.
Ningún gobierno democrático está formado por personas que piensan igual en todo. Ningún país plural funciona así. Las coaliciones son, en esencia, el reconocimiento de una verdad simple, porque en política nadie tiene toda la razón y ningún sector representa por sí solo a toda la sociedad.
Quizá por eso esta alianza incomoda tanto, porque rompe con el molde al que nos acostumbró la polarización. Porque demuestra que se puede disentir sin destruir, debatir sin dividir y construir sin exigir uniformidad absoluta.
Esta unión nos recuerda algo que la política colombiana parece haber olvidado, la diferencia no es una amenaza para la democracia, la verdadera amenaza es la incapacidad de convivir con ella.
Por eso esta no es solo una discusión sobre una coalición electoral, es una discusión sobre qué tipo de política queremos para el país. Una política de trincheras donde cada quien grita desde su esquina, o una política capaz de sentar en la misma mesa a quienes piensan distinto para construir soluciones comunes.
La alianza entre Paloma Valencia y Juan Daniel Oviedo, con todas sus distanciamientos ideológicos, parece apostar por lo segundo, tal vez por eso incomoda tanto, porque en tiempos de polarización construir desde la diferencia es sinónimo de debilidad. Sin embargo, esta es la forma más madura de defender la democracia.
