Opinión

Derecho al Voto

Andrés Charria hace una férrea defensa al derecho a no votar en estas elecciones al Congreso: “con todas estas linduras, ¿no será mejor quedarse en casa mirando un partido de la Premier en vez de hacer cola?"

Elecciones parlamentarias 2022 en Colombia, centro de votación Corferias Foto: Juan Pablo Pino - Publimetro

Crecí oyendo a mi abuela decir que había que votar. Luego en la Facultad de Derecho me dijeron, no solo que había que votar porque era un derecho sino sobre todo un deber. Derecho que debía ser ejercido responsablemente. A partir de mis 18 años, hace ya mucho tiempo, fui a votar religiosamente de acuerdo con esas ideas. Una vez me monté en un tren durante un buen trayecto para encontrar el consulado para “ejercer mi derecho”.

Voté por presidentes que ganaron y me dio vergüenza haber votado por semejantes elementos, voté también por algunos que perdieron y como opositores también daban tristeza. No importa, siempre ejercí mi derecho y mi deber a votar porque era una obligación para con el país, al menos eso pensaba.

Hasta el gran Mario Gareña, el de Yo me llamo Cumbia, o la mística Regina 11, la de los calzones amarillos para la buena suerte, intentaron ocupar el puesto que en estos momentos tiene el señor Petro. Tal vez nos hubiera ido mejor, ¡quién sabe!

Todos esos eran conceptos abstractos que no me decían nada y que parece son el sostén de una democracia. Más complicado era y sigue siendo votar por los candidatos que irán al congreso. Lo primero es que entender ese sistema es francamente difícil. Estudié derecho con más pena que gloria y aun así no he logrado entender todos los enredos que tiene la elección de las personas que trabajarán desde el capitolio nacional durante cuatro años.

Antes, para los que nacimos hace ya algún tiempo, se votaba con un papelito que le entregaban a uno en la calle, eso facilitaba la compra de votos y las elecciones eran dominadas por caciques y politicuchos que con mucho dinero y gente a su disposición le entregaban un tamal y un sobre al incauto para que “eligiera libremente”. Había claridad frente a la compra de votos, la corrupción estaba institucionalizada. Esto se acabó con el tarjetón que inicialmente era más o menos una hoja tamaño oficio y hoy es un pliego que hay que doblar como ocho veces. En ese tarjetón aparecen las listas.

Las primeras son las listas cerradas que son una caja de sorpresas. Sin ir más lejos, gracias a esa incógnita salió Susana Boreal, tan mediocre que ni siquiera pudo postularse con su nombre de pila sino que utilizó uno poético. Al final daba igual, los incautos votaron por “el que dijo Petro”. Esta dama resolvió decir entre otras linduras que “asistir al colegio es una forma de violencia y adoctrinamiento”. Luego de semejante perla ha guardado silencio y no se ha vuelto a saber nada de sus labores en el Congreso. Otro fruto de las listas cerradas es el señor Agmeth José Escaf Tijerino que, como gran logro, impulsó una ley para declarar la arepa de huevo patrimonio cultural e inmaterial de la nación.

Para las próximas elecciones calientan motores influenciadores y otras figuras “alternativas”.

Cuando se trata de una lista abierta (¿así se le dice?) se vota directamente por el personaje, se sabe a ciencia cierta quién es el genio que aparentemente nos va a representar. El riesgo es el mismo pero al menos se tiene conciencia de a quien se elige, por quién se vota. Un primo, un deportista conocido, un señor que le dio puesto a la suegra. Lo que sea pero hay certeza.

Sigamos entonces en el supuesto deber y casi obligación de votar.

Seguramente habrá buenos candidatos, competentes y honrados. Si son en lista cerrada el voto se diluirá en las Boreales y Escafs dependiendo de el puesto que le tocó al buen candidato. Ahí es un voto perdido, por querer votar por un ingeniero experto en cambio climático se acaba eligiendo a un influenciador que insulta. La lista abierta ayuda a elegir bien aunque es mucho más difícil. Adicionalmente encontrar el candidato en el escritorio de cartón no es tan fácil.

Con todas estas linduras, ¿no será mejor quedarse en casa mirando un partido de la Premier en vez de hacer cola?

¡No! Me dicen mis moralistas compañeros de universidad. El voto es un derecho, ¡vote! Y viene una perla. Si no vota después no se queje. ¡más me faltaba! Me quejo porque lo uno no tiene nada que ver con lo otro. Vote en blanco me dicen. Un pequeño estudio o una pregunta a la IA indica que el voto en blanco beneficia a los partidos tradicionales frente a los grupos independientes. Es decir, votar en blanco es votar por los de siempre. Entonces pregunto por el voto nulo, alguna vez hice un dibujo obsceno en mi tarjetón para anular el voto. Tampoco sirve, sirve para mejorar la posición de los partidos grandes.

Volvamos al principio, ¿lista cerrada? Acabo eligiendo a personajes que no me interesan en el iluso intento de que vaya alguien bueno. Listas abiertas, se necesitan muchísimos votos. ¿Voto en blanco o nulo? Acabo ayudando a los Forero Fetecua de ahora. Así que me quedo en mi casa tranquilo y me quejo de esa recua de incompetentes. No votaré nunca más.

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