A más de quince días de la abducción del señor Maduro se me vienen a la cabeza frases que permanentemente gritan en cualquier tribuna. La primera es “victoria o muerte”, con una variante todavía más absurda: “patria o muerte”. Estos genios del discurso pretenden hacerle creer a su público que están en guerra; pretenden además hacerle entender que hay una idea, como lo es la patria, por la cual hasta hay que hacerse matar. Obviamente nadie les cree. ¿Cuál patria? ¿La que sacó a ocho millones por falta de oportunidades, por persecución política o por pura hambre? Pretenden esos ególatras que estas personas, sumidas en una miseria increíble, den la vida. ¿Para defender qué? Claro, una forma de aglutinar incautos es hacerlos creer que están en guerra: cualquier enemigo une. En los años sesenta Estados Unidos era el enemigo ¿pero en el 2020? En los sesenta, en plena Guerra Fría, era lo usual. Hoy en día el empobrecimiento de Venezuela no tuvo nada que ver con una guerra: fue el saqueo sistemático del estado, del petróleo, las divisas, el oro; cualquier cosa que se pudiera sustraer era botín de unos pocos. ¿Guerra?
Una palabra que me encanta oír, por lo poco coherente que es, es dignidad. Cuba, dicen ellos, es un pueblo digno. Digno porque ha aguantado durante no sé cuánto tiempo la miseria más pavorosa. Las noticias, los relatos de cualquier cubano, incluso novelas de cubanos, hablan de indignidad total: comer desperdicios de la basura, prostituirse por un par de bluyines o jugarse la vida para salir en una balsa hechiza, conformada por dos neumáticos porosos y unas tablas, con el propósito de llegar a los cayos de Florida o morir en el intento. ¿Dignidad? Lo trasladan nuevamente a Venezuela y quisieran traerlo acá. ¿Dignidad un país que le toca contratar extranjeros, cubanos, para proteger a su presidente, que expulsó a sus jóvenes, los más preparados, y a los trabajadores rasos porque no había forma de vivir? No digamos dignamente, simplemente de no pasar hambre. Pero según ellos, Venezuela es y será un país digno. Horror.
Siempre dicen que se debe derramar hasta la última gota de sangre, si fuere necesario, para defender la patria. ¿La última gota de sangre de quién? Se ven los hijos de estos gritones en almacenes carísimos en París, Nueva York o cualquier otra ciudad, disfrutando de la vida. La sangre no será de esos angelitos que, a manos llenas y con sonrisas de ortodoncia cara, gastan el dinero que vaya uno a saber de dónde salió. Ellos no esperan derramar ni una sola gota de sangre. A los derrotados, o presos se les ve sanos, gordos y rubicundos desfilar al juzgado, pues no movieron un dedo y no se defendieron ni con la chancla que estaba al pie de la cama.
Por estos lados, cada vez que no le siguen la corriente al presidente, este convoca a las personas a tomarse la calle. Otra arenga de los años sesenta: “a la calle”. Más absurdo se oye cuando quien lo dice es el propio presidente. Para la época en que esa arenga era coherente salieron a la calle, en Praga, París y Ciudad de México, miles de ciudadanos a protestar contra el gobierno de turno. Aún hoy, en algunos países árabes, los jóvenes salieron a la calle para intentar acabar con regímenes que los oprimían. Esas salidas a la calle marcaron generaciones y dieron nombres propios a las protestas: Mayo del 68, Primavera de Praga o la Primavera Árabe. ¿Qué pretende un presidente con invitar a salir a la calle a sus ciudadanos? ¿Tumbarlo a él? Permanentemente se oye al presidente decir que si no pasa tal o cual ley convoca a las calles al pueblo. Aparte de invitar a algunos desadaptados a destruir la ciudad, ¿cuál es el sentido de salir a la calle? ¿Tumbar a quién?
Los anteriores son eslóganes de uso generalizado de varios politicuchos en cualquier parte del mundo; seguramente en cada país dirán bobadas. Acá hay dos o tres perlas escritas por los políticos que pretenden ser inteligentes, divertidas o algo parecido y que no son más que estupideces. Dijo un voluble ministro que “cada vez que hemos ido a un Mundial, el presidente era liberal o de izquierda; cuando ha gobernado la derecha nunca hemos ido a un Mundial”. Olvida ese ministrico que acá un presidente, no sé si liberal o de izquierda per definitivamente no de derecha, renunció a organizar uno. En eso sí la izquierda es coherente: uno renunció a un Mundial dizque para hacer escuelas y el otro a unos Juegos Panamericanos para organizar unos intercolegiados, y ni lo uno ni lo otro.
Es fácil gobernar por redes sociales con eslóganes pasados de moda; distinto es intentar sacar adelante un país con ideas y proyectos que mejoren la vida de los ciudadanos.
