Opinión

De rodillas con el Nobel

“La oferta de María Corina Machado de “compartir” su Nobel con Donald Trump a cambio de que le permita gobernar Venezuela sobrepasa la excentricidad personal”: Elizabeth Oviedo

María Corina Machado afirmó que Trump “merece aún más” el Nobel de la Paz tras la caída de Maduro y ofreció compartir el galardón
María Corina Machado afirmó que Trump “merece aún más” el Nobel de la Paz tras la caída de Maduro y ofreció compartir el galardón

En América Latina sabemos, por experiencia y por herida, que la palabra paz ha sido utilizada como objeto de manipulación y que suele silenciarse por bombardeos, sanciones o manuales de obediencia. Por eso el bochornoso espectáculo reciente en torno al Premio Nobel de la Paz —ese objeto que alguna vez pretendió encarnar una ética universal— no nos sorprende: nos confirma su uso como parte del poder blando. La oferta de María Corina Machado de “compartir” su Nobel con Donald Trump a cambio de que le permita gobernar Venezuela sobrepasa la excentricidad personal, y se convierte en una escena patética del viejo guión imperial, mientras América del Sur es amenazada.

El Nobel de la Paz, lejos de ser un reconocimiento moral, funciona hoy como un sello de certificación del orden hegemónico. Se concede, se invoca o se exhibe no para honrar la paz de los pueblos, sino para legitimar proyectos políticos alineados con los intereses del Norte global. En ese sentido, el gesto de ofrecer el galardón a un expresidente estadounidense no degrada al Nobel: revela su verdadera función contemporánea.

América Latina ha sido, durante más de un siglo, ha sido considerada por parte de Estados Unidos como su patio trasero exhibiendo una retórica pacificadora mientras practica la dominación y programa su saqueo. Desde la Doctrina Monroe hasta las guerras híbridas del siglo XXI, el discurso ha sido constante: intervenir para salvar, tutelar para civilizar, sancionar para corregir. El resultado también ha sido constante: golpes de Estado, dictaduras, economías dependientes y democracias condicionadas fraguadas por sus galardonados donde algunos han salido a la luz pública.

No podemos olvidar como Henry Kissinger —premiado con el Nobel en 1973 por “gestionar” un acuerdo para terminar la guerra de Vietnam — que retuvo el galardón mientras sobre sus hombros pesaba del derrocamiento de Allende en 1970, el apoyo a la dictadura de Pinochet en Chile o de Banzer en Bolivia; También hizo parte de diversas operaciones en favor de la derecha latinoamericana que buscaban el exterminio ideológico por parte de EEUU y que se mantienen como la Operación Cóndor en Uruguay y Paraguay y que deviene ahora en una Venezuela asfixiada por sanciones bajo la retórica de la democracia y ahora atacada sin discriminación para fraguar el secuestro de su presidente.

Que el Premio Nobel de la Paz haya sido otorgado a figuras como Henry Kissinger, mientras ejercía el detrimento de la democracia en América Latina o a instituciones como la Unión Europea mientras levanta muros y externaliza la violencia, demuestra que el galardón no premia la paz real, sino la paz funcional al poder. Una paz entendida no como justicia social, autodeterminación o soberanía, sino como estabilidad para los mercados, acceso a recursos por parte de una potencia y alineamiento geopolítico.

En ese marco, Estados Unidos no es un mediador neutral: es el mayor invasor de países de la historia moderna, siempre bajo el disfraz de la paz. Irak, Afganistán, Libia, Siria no son anomalías: son continuidad. América Latina lo aprendió antes que nadie. Aquí la “paz” llegó con escuelas de tortura, con planes económicos impuestos, con élites locales educadas para administrar el saqueo con acento nacional.

Como la dignidad es un valor que no todos se dan el lujo de poseer tampoco podemos olvidar que - Lê Ðức Thọ -lìder en la conformaciòn del partido comunista en Indochina y del actual Partido Comunista de Vietnam - ha sido el único en rechazarlo advirtiendo que a pesar de la firma de un un acuerdo de ayuda mutua, su país aún no lograba estar en paz. Caso contrario e incoherente al de la señora Machado que aún sin mérito lo recibió con ansias y que ahora en medio del secuestro del presidente de Venezuela y la invasión con bombardeos, en un infantil gesto se lo ofrece a un Donald Trump al enterarse de su disgusto por no haberselo cedido antes.

Por eso el gesto de ofrecer el Nobel como si fuese una prenda intercambiable —un tributo simbólico al poder imperial— resulta tan elocuente. No se trata de ingenuidad ni de infantilismo político. En este momento coyuntural, se trata de una subordinación explícita de un sector político de Venezuela. De aceptar que la legitimidad no emana del pueblo, sino del aplauso extranjero; que el poder no se construye desde la soberanía, sino desde la bendición de quienes les saquea y le subyuga. Un símbolo de dominación y arrodillamiento de un sector que busca ser lacayo del imperialismo y que se refleja también en la derecha colombiana.

Si bien el Nobel de la Paz, no ha sido un símbolo de nada a lo largo de la historia para el desarrollo de los pueblos ni para lograr la paz de las naciones, en este contexto, opera como una símbolo del sometimiento: muestra qué luchas son aceptables, qué liderazgos son premiables y qué proyectos deben ser castigados. No reconoce la paz que nace de la justicia social, sino la que garantiza obediencia a un proyecto guerrerista. No celebra la autodeterminación y la lucha por la paz, sino la docilidad.

Cuando los símbolos morales del mundo se convierten en fichas del ajedrez imperial, no es solo el premio el que se vacía: es la palabra paz la que se vuelve sospechosa. Y en América Latina, donde la paz ha sido demasiadas veces sinónimo de silencio impuesto, tenemos el deber histórico de desconfiar y rechazar, porque la verdadera paz —la que no necesita portaaviones ni premios— nunca se regala, nunca se comparte como un juguete, y jamás se negocia de rodillas.

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