Opinión

Opinión: Bogotá, ciudad de los derechos

Hoy podemos decir que, con las tensiones, desacuerdos y desaciertos de las partes, Bogotá sí representa la posibilidad para que muchas y muchos encuentren una posibilidad cuando migran de otras regiones o países: Juan Carlos Prieto García

Archivo - Imagen de La Candelaria en Bogotá (Colombia) TURISMO DE COLOMBIA - Archivo

Para muchas personas de las regiones de nuestro país, vivir en Bogotá puede significar un sinnúmero de oportunidades para crecer laboralmente, profesionalmente o, quizá, salir de entornos que, en algunos casos, representan represión, violencia e inclusive expulsión.

PUBLICIDAD

El hecho de haberme casado con un hombre de la Costa Atlántica me ha permitido acercarme un poco más a su realidad ya que, como lo he mencionado en anteriores escritos, la vida en Bogotá, aunque no es perfecta y en algunos territorios no es para nada plena y feliz, si es una ciudad en donde la lucha por los derechos humanos se ha vivido mucho mejor si la comparamos con regiones apartadas de nuestro país.

Quiero insistir que vivir en Bogotá no garantiza la vida con los derechos garantizados al 100%, pero si ha construido desde la lucha social de muchos sectores sociales y poblaciones, las condiciones para avanzar a un territorio mejor para todas y todos. La existencia de políticas públicas ha venido transformando la ciudad y de manera progresiva, ha acercado al Estado a través de sus planes de desarrollo y sus presupuestos, a las realidades y necesidades de las bogotanas y los bogotanos. En la actualidad es impensable una ciudad sin un sistema de transporte público, y aunque genera debates profundos, quienes vivimos la llamada “guerra del centavo” por allá en los 90, somos conscientes que algo ha cambiado. Las mujeres, las comunidades étnicas, las personas con discapacidad y, por supuesto, las personas de los sectores sociales LGBTI, han encontrado en cada una de las políticas públicas la manera más cercana (no estoy diciendo efectiva), de poner sobre la mesa de frente con la Alcaldía Mayor, esos asuntos claves para materializar una vida digna.

Hoy podemos decir que, con las tensiones, desacuerdos y desaciertos de las partes, Bogotá sí representa la posibilidad para que muchas y muchos encuentren una posibilidad cuando migran de otras regiones o países. Según estadísticas del DANE, basadas en el censo de 2018, alrededor del 33% de las personas que habitan Bogotá, no nacieron en este territorio; provienen principalmente de Cundinamarca, Boyacá, Atlántico, Valle, Cauca y Huila en búsqueda de oportunidades laborales, educación, salud, mejores servicios públicos y seguridad. En el caso puntual de las personas LGBTI, podría inferirse que sus principales motivos, sin descartar los enunciados anteriores, están relacionados con la búsqueda de una mayor aceptación social al pensar que en la capital existen mayores niveles de libertad, visibilización y la posibilidad de encontrar redes de apoyo a través de las múltiples organizaciones sociales que brindan orientación y cercanía.

Servicios relacionados con la salud mental, apoyo psicológico, programas de sensibilización a funcionarios públicos, educación incluyente, centros de pensamiento académico, protección jurídica, un mercado laboral más diverso y dinámico, espacios culturales, oferta de diversión y ocio, entre otros, convierten a Bogotá en un destino deseable, incluyendo un menor riesgo de violencia física y psicológica. Y aunque estos servicios no son una varita mágica que soluciona y elimina las violencias asociadas a la identidad sexual diversa, si son una herramienta que ha empoderado a muchas personas, enriqueciendo, cada vez más, las decisiones estatales a favor de las personas sexo diversas.

Ahora bien, hablemos un poco de mi esposo (al que le pedí su autorización) y su llegada a la ciudad. Aunque seguro el contexto en el que vivía no era tan difícil, pues provenía de una ciudad relativamente grande, muchos de sus prejuicios si se habían encubado en su cerebro y corazón impidiendo su felicidad plena. El relato que describo proviene de las muchas conversaciones que hemos realizado sobre el tema, en el que su niñez y adolescencia estuvo marcada por prohibiciones y negaciones que no dejaban que su identidad sexual se desarrollara de manera adecuada. Era un adolescente amado por su madre, tías y familia; seguramente escondía sus deseos para evitar líos con las personas más cercanas y se cuestionaba constantemente sobre qué era lo correcto y por qué sentía lo que sentía.

Quizá tuvo estrategias de defensa para ocultar lo que su corazón ya empezaba a entender como el burlarse de otras personas. Según me cuenta, el tema del hostigamiento era pan de cada día, y lejos de hacer visible ¨la maricada¨, su principal preocupación estaba en encajar en la sociedad samaria juvenil, tanto en el colegio como en la universidad. Con un poco más de años, empezaría el juego de los amoríos con las mujeres que le gustaban; quizá también encuentros esporádicos con chicos, que no significaban nada serio para su vida. El punto de quiebre estuvo en el momento en que por esos asuntos que no se comprenden, su hermana adolescente, en un ataque de ira, saca del clóset a este joven, poniendo en evidencia su homosexualidad ante su madre, quien absolutamente dolida, le deja de hablar y llora a mares culpándose de lo que ella comprendía como una decisión que afectaría el rumbo de su hijo con mil imaginarios negativos de lo que significaba ser homosexual.

En su etapa de juventud comprendió, ante el rechazo de algunas personas de su familia, algunos amigos y el inicio de una relación amorosa, que su destino no estaba en su tierra de nacimiento; que necesitaba un cambio, y aunque ya conocía una pequeña parte de Bogotá, parecía que esta ciudad podía ofrecerle lo que buscaba: mayor libertad, menos señalamientos y descubrir la vida en pareja. Pasaron algunos años, y aunque muchos de sus temores, costumbres machistas y prevenciones han sido superados, aún tiene mucho por transformar. Pero ¿qué sería la vida sin esa posibilidad?... Hoy se lee e identifica diferente, en su familia me presenta con mucho orgullo y sabe que su orientación sexual, lejos de ser una carga, es una oportunidad para dar testimonio y poder ser feliz. Y así como muchas personas no lo logran y viven infelices intentando llevar una vida que no les pertenece, Bogotá representa un lugar de oportunidades, aprendizajes y hallazgos permanentes que construyen su ser.

No hay nada que desee más que narrar historias exitosas de hombres y mujeres plenas y plenos en derechos; también conozco narrativas de personas que lloran, que se juzgan con mucha dureza, que no comprenden las razones de su ser, que, incluso, se han quitado la vida por no encajar en una sociedad que aún desconoce a las niñas y los niños diversos, que discrimina a quien no piensa o vive dentro de los parámetros de una normalidad errática y frágil, que homogeniza y que intenta desconocer y/o anular las realidades de las personas sexo diversas, sobre todo, de las personas trans; una sociedad que utiliza los medios de comunicación para reforzar estereotipos dañinos y muy lejanos. En síntesis, una sociedad heteronormada, discriminatoria y excluyente que se excusa en la tradición para hacer daño.

Por ello, el debate sobre la educación en diversidades (para toda la comunidad académica), seguirá siendo una clave para el desarrollo de libertades humanas, así como las campañas de cambio cultural que deconstruyan imaginarios negativos sobre la diversidad, el fortalecimiento y actualización de las políticas públicas existentes y el impulso a normas que protejan nuestra vida, así como liderazgos que promuevan la igualdad. Todas y cada una, constituyen elementos fundamentales que detonarían una transformación real en nuestro país y en la vida de muchas y muchos jóvenes que hoy se ven apabullados frente al rechazo y violencia donde ser sobreviviente no puede volverse costumbre.

Tags

Lo Último