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Al margen de las elecciones

"En el calor de la campaña política, se han dedicado más al tik tok que a las ideas, sin que para nadie eso represente incomodidad alguna": Julio Arévalo

A días de otro fiasco electoral, la carrera por las gobernaciones, alcaldías, asambleas y juntas administradoras se ve sazonada por todo tipo de fruslerías que no hacen más sino crecer el sentimiento de pena ajena, con el que los colombianos nos levantamos casi todo el tiempo. Las personas que se sientan en los cargos más importantes del país, no tienen ningún escrúpulo en deshonrar las sillas que, en otro tiempo, representaban alguna dignidad, quedándose con sus espectáculos mediáticos, que, en la noche, combinan perfectamente con realities y telenovelas reencauchadas.

Que el hijo del presidente deba ir a juicio por lavado de activos y enriquecimiento ilícito, porque no pudo hacer un preacuerdo con la Fiscalía, es otra muestra de tropicalismo en el país inviable. En el que, además, la fiscal y la congresista se vuelven la noticia de moda, sin que nadie advierta la relevancia de esas conversaciones. Mientras tanto, al país se lo lleva el miedo, porque, Nariño, Cauca y Antioquia están asediados por la violencia, al tiempo que las ciudades Cartagena, Bucaramanga, Villavicencio y Bogotá están plagadas de delincuentes, bandas y mafias que le han cogido una ventaja impresionante a las autoridades, quienes no pueden hacer nada; bien por incapacidad institucional, bien por corrupción. Ambas tragedias.

En el calor de la campaña política, se han dedicado más al tik tok que a las ideas, sin que para nadie eso represente incomodidad alguna. Con sacarse chismes en cara, prometer policías regionales, alegar por un metro mal negociado y, en todos los casos, ver como unos y otros se pisan los rabos de paja.

Es comprensible que haya gobernantes. Alguien tiene que hacerlo. No queda muy claro es si el mecanismo por el que se eligen sea el idóneo; porque, hasta hoy, en el caso colombiano, no hemos acertado jamás. Pero sí tenemos la absoluta certeza de que cada persona que elegimos, no importa para qué cargo sea, va a participar de la corrupción, la burocracia y la polarización; situaciones que jamás han beneficiado a este país; sólo han perpetuado el estigma de violencia, en el que unas regiones aventajan a otras. Y por mucho.

No es más. Para los colombianos está claro que quienes se involucran en la política ya forman parte de la corrupción nacional. Que es inevitable. Y quienes se hacen elegir lo saben. Aun así siguen rampantes, sin escuchar a nadie. El que va para allá, va totalmente seguro. Para, al final, sorprender a todos con algún escándalo, fruto de las decisiones de la persona.

Mientras las discusiones por la seguridad desplazan los temas económicos y estructurales, el país sigue cantando alegre hacia ese último domingo del mes de octubre; en el que, una vez más, el país se gasta 1,2 billones de pesos, que es lo que nos cuesta cada elección.

No aprendemos.

Ni aprenderemos.

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