El buda en casa

Una leyenda budista dice que cuando una persona asciende al más alto nivel de divinidad, en su última vida reencarna en un gato. En esta columna me detengo en este ser que puede ser motivo de alegrías y asombro.

Es un acto invaluable en un gatito

Al buscar sobre la relación de los gatos y el budismo, encontré en una página que una leyenda budista dice que cuando una persona asciende al más alto nivel de divinidad, en su última vida reencarna en un gato. No sé qué tan extendida esté esta idea, pero si hay algo que puede ser un atisbo al nirvana es la vida de un gato en una casa donde lo quieran.

Yo vivo desde hace siete años con uno de estos buditas. Pocas cosas me producen más tranquilidad que verlo por ahí echado durmiendo, situación que aprovecho para besarlo en la barriga y en los bigotes, sentir su respiración y pasar mi mano por su cuerpo.

El budita no es solo una fuente de alegría constante, como bien puede saberlo cualquiera que haya vivido con uno; también genera muchas oportunidades para despertar del piloto automático, bien sea porque viene a pedir comida, porque quiere pechiche, que le abramos la puerta o que nos levantemos de la cama. Al budita de mi casa le gusta que uno le abra una ventana al menos una vez al día. A veces me sirvo una taza de café y me siento cerca o lo cepillo mientras el hombrecito mueve la nariz y los ojos viendo la calle. En esos momentos agradezco que me obligue a darme un espacio para sentarme a su lado y alegrarme con ello.

Hace unos años leí un pasaje sobre un monje hablando de cómo solo era necesario observar el comportamiento de un gato para practicar el zen, pues aquel, sin pensarlo mucho, duerme cuando tiene sueño y come cuando tiene hambre. Hace unos meses volví a encontrarme el pasaje, aunque sin mención alguna a los gatos, en La gran liberación, un libro sobre budismo zen que escribió el filósofo Daisetz Teitaro Suzuki:

“En cierta ocasión se le preguntó a un gran maestro: ‘¿Haces tú ininterrumpidamente esfuerzos por ejercitarte en la verdad?’

‘Ciertamente, los hago’.

‘¿Cómo te conduces?’

‘Si tengo hambre, como; si me hallo cansado, descanso o me acuesto un rato’.

‘Esto hace todo el mundo. ¿Se puede decir, pues, de cualquiera que se comporta o ejercita como tú?’

‘No’.

‘¿Por qué no?’

‘Porque los demás, cuando comen, no comen, sino que andan dando vueltas a los más diversos asuntos, dejándose molestar por ellos; si duermen, en realidad no es dormir lo que hacen, sino soñar en un sinfín de cosas. Así pues, ellos no son como yo’.

Uno podría pensar que el comportamiento del monje no dista mucho del de un gato, pero, al menos para Suzuki, existen diferencias entre animales y seres humanos, dado que los primeros no tienen conciencia moral ni religiosa ni se pueden esforzar por mejorar sus condiciones de vida.

A muchas personas les he oído sobre su aversión por los gatos, porque, entre otras cosas, les producen desconfianza, lo cual no me extraña en absoluto: estos pueden ser tan caprichosos y volátiles como los seres humanos. Quizás nos recuerdan demasiado nuestras falencias.

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