Los otros como maestros de paciencia

Este acercamiento puede ser útil en situaciones que no podemos cambiar y nos descolocan; se puede asumir incluso como un juego en el que los demás son herramientas que nos permiten reenfocar la mirada hacia nosotros.

Hace mucho tiempo hubo un monje al que todos querían y cuya visita a los monasterios era siempre motivo de alegría. Lo único malo era que viajaba siempre con un cocinero malhumorado y grosero al que las personas toleraban por el cariño que le tenían al monje. Una vez, en uno de sus viajes, un monje de un monasterio se atrevió a preguntarle al monje querido por qué viajaba con una persona que a todas luces era un incordio tanto para él como para el resto. El monje miró al otro sin mucha sorpresa y le respondió: “Pero y si me deshago de él, ¿quién será mi maestro de paciencia?”

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La idea budista de los maestros de paciencia puede resultar poderosa en esas situaciones que no podemos cambiar y de las cuales la mayoría no escapamos. Si vivimos y trabajamos con personas, sabremos que hay un infinito y sorpresivo mundo de posibilidades para llegar a acuerdos y, de manera más frecuente, a desacuerdos: desde los tiempos para lavar la loza o entregar tareas de las cuales dependemos para llevar a cabo nuestro trabajo hasta la idea de lo que consideramos ruido, por nombrar apenas tres posibilidades de un extenso abanico.

Se puede plantear que lo esencial es la buena comunicación, aunque a veces aquella no sirve para mucho: no importa que seamos claros en lo que queremos, que apelemos a “lo justo”, al cacareado e irreal “sentido común” o a acuerdos establecidos, es fácil que el otro o los otros no consideren importante lo que nosotros sí. Incluso hay situaciones en las que podemos sentirnos peor, porque hemos buscado ser claros y al otro no parece importarle… como si fuera grosero o indelicado que le importe más su drama que el nuestro.

Asumir a los demás como maestros de paciencia tiene una buena noticia: depende de nosotros descolocarnos. Y una mala noticia: depende de nosotros descolocarnos. En esta suerte de juego, los otros en realidad no tienen importancia, son apenas herramientas para ver si determinadas situaciones o actitudes tienen el poder de intranquilizarnos. La mala noticia: si no estamos atentos al efecto que tiene en nosotros determinada situación, seremos presas de ese efecto. La buena noticia: cada momento, cada situación, es una posibilidad de ejercer la paciencia, de enfocarnos en lo que tenemos al frente y no en lo que deseamos. La pregunta es: ¿Voy a reaccionar frente a esta situación como reacciono siempre/con frecuencia, aunque sé que no va cambiarla en nada, o voy a aceptarla y partir de ahí para actuar? Hay dos dichos que vale la pena traer a colación: “Quien te enfada, te domina” y “Quien domina la paciencia, domina todo lo demás”.

Esta es una gran época para ejercer la paciencia, teniendo en cuenta que, como decía en la columna pasada, los encuentros, las personas y las posibilidades de caos pueden multiplicarse. No es extraño arrancar la temporada creyéndose una suerte de maestro Yoda y terminar dando sablazos a lo Darth Vader. Felices fiestas y que la fuerza y la paciencia los y las acompañen.

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