Cosas del español: ser o estar

Una de las peculiaridades del español es el abismo que existe entre ser y estar. Manuel Gómez Vega se detiene en nuestra relación con ambos verbos y cómo pueden afectar la manera como percibir el mundo.

Una de las peculiaridades del español, a diferencia del inglés, es que diferenciamos entre el verbo ser y el verbo estar. Mientras el primero se refiere a características estáticas, constantes, rígidas, de las personas y las cosas, el verbo estar tiene relación con la transitoriedad, lo efímero, con lo móvil.

Desde una perspectiva budista, con el presente como lo único que existe y que podemos influenciar, la idea de ser no existe. Según la misma, no somos, estamos. La diferencia, que puede parecer nimia, marca una diferencia en la manera como nos concebimos y como asumimos nuestra relación con el mundo. La idea puede ser liberadora –o, como suele suceder con este tipo de ideas, angustiante–, porque apunta a una idea experiencial del mundo. Según ella, uno no es bravo o amable o lúcido, uno está bravo o amable o lúcido; en otras palabras, tenemos momentos de ira, amabilidad o lucidez. Nadie, por más que esté dominado con frecuencia por determinado ánimo, es siempre bravo o amable o lúcido.

A pesar de que como hispanoparlantes sabemos cuánta distancia hay entre “ser bravo” y “estar bravo”, nos encanta relacionarnos con un mundo donde las personas y las cosas son y no están. Asumimos, por ejemplo, que una persona, a punta de repetir un estado determinado, resultan siendo. Esa idea hace que terminemos por asumir cosas como “yo soy amable” o “yo soy tranquilo”.

Cuando asumimos que somos nos basamos en una tendencia a reaccionar de determinada manera en el pasado; por otra parte, cuando estamos atentos en determinado momento no estamos definidos por la manera como nos hemos comportado antes, sin importar si lo hemos hecho una o mil veces así. No es un ejercicio fácil; entre estar presentes en el momento y nosotros median nuestras tendencias y la idea de que somos esas tendencias. Andar por la vida en piloto automático puede presentarse como algo más cómodo, pero no prestar atención a lo que tenemos al frente también puede ser una variopinta fuente de sufrimiento.

Hay un dicho que plantea que “nuestro pasado no tiene por qué definir nuestro futuro” y otro que afirma que “nuestro pasado no tiene que definirnos”. En otras palabras, haber estado de determinada manera en una situación no nos obliga a estar de la misma manera cuando enfrentamos una situación parecida. Por más extraño que pueda parecernos, cada momento es una posibilidad de dejar de asumir que somos determinadas personas, porque hemos actuado muchas veces antes de determinada manera en ciertas circunstancias. Intentar prestar atención a cuáles son nuestras tendencias –cómo hemos estado antes– puede tornarse desgastante. Pero, también, puede ayudarnos a notar reglas de un juego mental en el que a veces ni siquiera sabemos que participamos.

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