Nuestras contradicciones: una grata oportunidad para reír

Las contradicciones pueden ser motivo de sufrimiento o de risa. Manuel Gómez se detiene en la idea, ilusoria, de que somos más coherentes que los demás.

Autor de La broma infinita

Hace poco leí otra vez el discurso del escritor estadunidense David Foster Wallace “This is Water” (“Esto es agua”), donde en un pequeño fragmento plantea que “No es casualidad en lo mas mínimo que los adultos que se suicidan con armas de fuego casi siempre se disparan en: la cabeza. Le disparan al terrible maestro. Y la verdad es que la mayoría de estos suicidas están de hecho muertos mucho antes de apretar el gatillo”. Si uno conoce el discurso, estas frases pueden resultar desconcertantes si tenemos en cuenta que el texto tiene tintes budistas; si uno sabe de la vida de Wallace, lo desconcertante es que tres años después se ahorcara.

También oí hace poco, como hago de cuando en cuando, alguna de las charlas de Alan Watts que se encuentran en youtube. Me gusta Watts, porque tiene una manera amena, cercana, si se quiere ligera, de hablar sobre hinduismo y taoísmo; me gusta su timbre de voz y su manera de carcajearse… Watts, sin embargo, es cuestionado por ser un simplificador del budismo zen… por ser mujeriego y, en sus últimos años, alcohólico, lo cual no cuadra con la idea que tenemos de alguien que promueve estos temas.

Pienso en ellos y en muchos más cuando escribo estos textos, porque me ayuda a relajarme: me recuerdan que nadie se escapa de sus contradicciones y que esta columna no es más que tips o temas que me asombran y me han servido para vivir más tranquilo y no un decálogo de comportamiento al que me ciño todo el tiempo. Aun más, Wallace y Watts me ayudan a que me ría un poco al pensar que escribo sobre esto no porque me asuma como un ser de luz, sino como alguien que pasa sus días en medio de oscuridades y nervios y angustias de la vida cotidiana.

Sin embargo, nuestras contradicciones, señaladas por otros o por nuestra mente, pueden ser un terreno fértil para hacer o dejar de hacer cosas. Es, de hecho, uno de los mejores recursos para sufrir, pues de la incoherencia nadie se escapa. En este tema, nuestros grises son tan grises que es posible que no reaccionemos con la misma vehemencia en todos los campos de nuestra vida: ¿somos igual de honestos, leales, tranquilos, tolerantes en el campo laboral como en el familiar? ¿Igual de categóricos cuando nos atañe a nosotros que cuando atañe a la gente con la que interactuamos?

Un ejercicio sencillo puede ser ver nuestras simpatías políticas. Pensemos en cualquier escena: un líder recibe dinero en bolsas plásticas, cambia una constitución o hace alianzas con personas que consideramos deshonestas. Pensemos que el líder que nos produce antipatía ha estado involucrado en cualquiera de las situaciones mencionadas anteriormente y pongamos un adjetivo con el que describiríamos esa manera de actuar. Ahora pensemos en la misma situación, pero esta vez quien se ve involucrado es el líder que nos produce simpatía y pongamos el adjetivo que primero se nos venga a la cabeza. ¿Es el mismo para ambos? ¿La misma escena con personajes distintos nos produce la misma reacción?

“Nada nos define más que nuestras contradicciones”, decía un amigo. Nadie se escapa de ellas y, por ello mismo, puede ser una puerta (más) para la compasión… con otros y con uno.

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