Lo que debía ser una fiesta apasionante del balón terminó convertida en un espectáculo lamentable de violencia y muerte. El clásico entre Cúcuta Deportivo y Atlético Bucaramanga, jugado este martes en el estadio General Santander, no solo dejó un empate 2-2 en el marcador, sino una herida profunda en el fútbol colombiano: un hincha del Bucaramanga fue asesinado a puñaladas por seguidores del equipo local, y al menos cinco personas resultaron heridas en disturbios que se extendieron dentro y fuera del estadio.
La víctima mortal fue identificada como Camilo Rojas, un joven hincha del Bucaramanga, quien fue atacado a las afueras del estadio tras el pitazo final. Testigos relatan que Rojas, que portaba la camiseta de su equipo, fue rodeado por un grupo de seguidores del Cúcuta que le arrebataron la camiseta antes de apuñalarlo sin mediar provocación alguna. Presenciar que la pasión por un deporte pueda transformarse en una razón para quitarle la vida a otro ser humano provoca no solo tristeza, sino un profundo rechazo e indignación.
Los hechos ocurridos son un escalofriante recordatorio de que la violencia ligada al fútbol en Colombia no es un problema aislado ni temporal: se suma a una tendencia lamentable que ha visto a aficionados heridos y hasta muertos en diferentes escenarios deportivos y no deportivos. Desde riñas en tribunas hasta ataques con armas, la pasión por los colores se ha distorsionado hasta convertirse en excusa para el vandalismo y la agresión.
Además del homicidio, los enfrentamientos entre grupos de hinchas y con las autoridades dejaron varios heridos con armas blancas dentro y fuera del estadio. Las escenas de confrontación obligaron a la intervención de la fuerza pública para controlar el caos, mientras que comerciantes y ciudadanos en los alrededores vivieron momentos de miedo e incertidumbre ante el desorden.
Estas tragedias no solo son cifras, son vidas humanas arrebatadas y familias destruidas. ¿Qué sentido tiene seguir asistiendo a un partido si al final hay que temer por la vida propia o de quienes nos acompañan? ¿Por qué la rivalidad deportiva tiene que transformarse en una excusa para la barbarie? Estas preguntas, sin respuestas claras por ahora, deben resonar en quienes organizan, regulan y participan del fútbol en Colombia. El fútbol debe ser un puente de fraternidad, no un motivo de duelo y dolor.
Las autoridades investigan los hechos y se espera que se identifique y sancione a los responsables de este homicidio y de los desmanes, pero la reflexión va más allá de lo judicial. Es imperativo que clubes, barras, dirigentes y autoridades piensen en medidas efectivas y sostenibles para erradicar la violencia en los estadios y sus alrededores. No puede normalizarse ni justificarse que la pasión por un deporte derive en pérdidas irreparables.
Lo sucedido en Cúcuta es una mancha más sobre la ya deteriorada reputación del fútbol colombiano. No basta con lamentar; hay que actuar con decisión para evitar que la próxima vez haya más víctimas que nombres en las estadísticas.
