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La razón por la que los mitos latinoamericanos deberían ser tu nueva obsesión

“Historias que corren como ríos”, la nueva obra de Adriana Carreño, nos recuerda que la historia universal no se limita solo a los grandes imperios, sino que también abarca las pequeñas historias que sostienen la vida cotidiana.

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“Historias que corren como ríos”, la nueva obra de Adriana Carreño

Imaginemos por un momento que una comunidad con capacidad racional termina sola en un lugar apartado de otros seres humanos. Imaginemos ahora que sobreviven y crecen en dicho lugar. Cuando los fenómenos naturales aparecen, ¿cómo reaccionan? ¿Se harán preguntas sobre la causa? ¿Tratarán de justificar los fenómenos de alguna manera? Adriana Carreño nos invita a un viaje a través de los recuerdos de las justificaciones de comunidades antiguas en su obra Historias que corren como ríos. No busca relatar grandes hazañas ni adornar mitos con lecciones morales. En cambio, se enfoca en esas pequeñas corrientes, esas historias ocultas que fluyen entre aldeas, montañas y selvas, que, aunque no figuran en los libros de texto, son el sustento de nuestras civilizaciones.

Carreño se aleja del enfoque de fábulas y moralismos: aquí no hay fábulas, sino relatos donde mito, historia y geografía se entrelazan hasta convertirse en uno solo. En sus páginas, los mitos no se presentan como la base de la conducta humana, sino como reflejos de un mundo que aún no había separado lo sagrado de lo cotidiano.

El título tiene un significado profundo: Historias que corren como ríos sugiere dinamismo, fusión e interacción. Así como los ríos atraviesan tierras y límites, los mitos que reúne Carreño cruzan culturas y épocas. Se trata de relatos breves que dan voz a lo marginal: los mitos amerindios que explican la lluvia, las leyendas precolombinas que hablan del maíz y la luna, o las historias donde los dioses se cansan de la guerra y enseñan la importancia del descanso.

La autora nos recuerda que la historia universal no se limita solo a los grandes imperios, sino que también abarca las pequeñas historias que sostienen la vida cotidiana. En este sentido, su trabajo se asemeja a una arqueología del relato: cada narración es un fragmento de humanidad que, al unirse, forma un río común. Ese río de narraciones le ha dado sentido al mundo de la vida.


Una de las preguntas que atraviesa la obra —y que la autora deja resonar, tal vez sin proponérselo y sin una respuesta definitiva— ¿por qué los mitos de América, África o Asia no gozan de la misma popularidad que los de Egipto, Grecia o Roma? Se puede pensar que las jerarquías culturales heredadas de la colonia han favorecido las narrativas “clásicas”, silenciando las historias locales. No es que estas historias carezcan de belleza o profundidad; simplemente han sido relegadas por un canon cultural que decidió qué civilizaciones debían ser recordadas.

En esta crítica también se resalta una importante reivindicación: la autora nos recuerda que los pueblos indígenas de América no solo tenían mitos, sino también sistemas filosóficos, cosmogonías y valores éticos tan complejos como los de los griegos o los egipcios.

Carreño no ve los mitos como cosas aisladas, sino como piezas de un rompecabezas interconectado. La creación del mundo, el fuego, la serpiente, el árbol de la vida... Todos estos temas aparecen una y otra vez, cada vez con un enfoque diferente, pero siempre con un hilo común que los une. Sugiere que la humanidad comparte una memoria simbólica que se adapta a cada cultura, influenciada por su geografía, idioma y su forma de entender lo sagrado.

Así, los mitos indígenas se entrelazan, resuenan en las narrativas del altiplano andino o las húmedas selvas. Carreño logra mostrar que la conexión entre naciones es tan antigua como los mismos dioses. Los dioses que residen en estas páginas no son ideales. Poseen jerarquías, caprichos, equivocaciones. Crean y arrasan, otorgan existencia y la quitan. En su esencia, Carreño descubre el significado profundo del mito: los dioses simbolizan la lucha entre la virtud y el vicio.

En su interior coexisten la generosidad y el sentimiento exagerado, la sabiduría y la arrogancia. Por eso, todo es un obsequio de los dioses, pero también una advertencia: lo sagrado otorga y, a la vez, requiere equilibrio. La autora sugiere que leamos estos relatos no como antiguas explicaciones del mundo, sino como simbolismos sobre el poder, la ambición, la naturaleza y el origen. Carreño escribe con un estilo poético, que fluye suavemente y tiene un tono conversacional. Su forma de narrar evoca a los cuentacuentos de antaño: el libro parece diseñado para ser leído en voz alta, como si cada historia necesitara regresar al calor del fuego y la palabra hablada.

El lenguaje no es erudito, pero tiene un profundo significado. La autora transforma el conocimiento en emoción: no menciona fuentes para impresionar, sino para despertar curiosidad. El objetivo del libro no es impartir una lección, sino construir una conexión. En tiempos de descomposición y caos, Carreño nos recuerda que la humanidad siempre ha sido una red de relatos: los mitos fluyen como ríos, se entrelazan, cambian de rumbo, pero nunca se agotan.

Recupera mitologías olvidadas y las pone en diálogo con el presente. Utiliza un lenguaje que es simbólico, educativo y emocionalmente honesto. Despierta la curiosidad por la historia del mundo desde los márgenes del mito. El objetivo principal sigue siendo claro: preservar la memoria colectiva y dar voz a los ríos olvidados del pasado.

Historias que corren como ríos es un libro que nos recuerda que la humanidad no comenzó en los templos griegos ni en las pirámides egipcias, sino en el asombro del primer ser humano que miró al cielo y sintió la necesidad de entender su origen. Adriana Carreño nos enseña que los mitos no son meras falsedades del pasado, sino expresiones de una verdad poética, reflejos del espíritu humano que trascienden el tiempo y el espacio. Su obra es un llamado a escuchar con respeto las voces que la historia ha silenciado y a comprender que, en cada narración, fluye un río de significado que pertenece a todos nosotros.

En esta oportunidad, la Panamericana Editorial hace gala de su amplio campo de acción en la literatura y piensa en todos los lectores, grandes y pequeños, que se pueden maravillar en cada una de estas páginas, que pueden hacer que refresquemos nuestra capacidad de asombro. Juntémonos cerca de la hoguera, el lugar donde nació el hogar y dejemos que broten nuevas narrativas, con preguntas, con complementos, con la alegría de saber que siempre podemos volver a los manantiales que nos han permitido ser lo que somos.

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