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Cuando uno no se reconoce en el espejo

Omar López era docente y deportista, su vida era tranquila, hasta que una carraspera y una tos comenzaron a ahogarlo. Nunca había sentido algo parecido, de la nada se había convertido en una persona que no podía jugar un partido de fútbol sin ahogarse. Su vida había cambiado de la noche a la mañana.

Imagínese ser deportista la mayor parte de su vida: sentirse libre montando bicicleta, jugar futbol con su equipo de amigos de la infancia, retarse cada semana a dar un kilómetro extra al trotar y, de un momento a otro, sentir que ya no puede hacerlo, que el cuerpo no le responde y verse obligado a abandonar, a los 40 años, esa vida que lo ha caracterizado. Omar López no tuvo que imaginar nada de esto, él lo vivió en carne propia, sintió que bajaba el ritmo sin ninguna razón aparente, que se ahogaba: “El asma comenzó con una tos, dolores de cabeza y desmayos. No podía acercarme a nadie que estuviera fumando ni al cloro, porque se me alborotaba la tos. No toleraba el frío. Se me tapaba la nariz y no podía respirar”.

Omar nunca había tenido síntomas de asma, no había sufrido de ahogos, nunca había sentido que el aire se le escapara trotando o nadando bajo el agua, pero todo cambió de la noche a la mañana; el asma llegó para advertirle que no era tan fuerte como creía y que intentaría vencerlo si él lo permitía. “Cuando llegué a la cita con el neumólogo me dijo que estaba muy mal, que tenía asma y que el deporte debía esperar porque mi respiración no era buena. Comencé a engordar, subí muchísimo de peso y eso era peor para mi enfermedad. Tuve una crisis existencial, me dio depresión. No quería hacer nada. Lo que más tristeza me daba era no poder hacer actividades con mi hijo, porque el cuerpo no me daba”, recuerda Omar.

Su vida no sería la misma desde ese momento. Omar ya no se reconocía. El deporte, que era uno de los rasgos que más lo definía, ya no hacía parte de su ser. Se descuidó y empezó a caer en un hueco profundo del que no lograba salir. No podía aceptar que ya no fuera el mismo, que esto le estuviera pasando y que el asma controlara su vida. Sin embargo, como él mismo dice, nunca ha sido de los que se dejan vencer y le puso la cara a su enfermedad.

Un renacer

Empecé con los tratamientos y estuve bien, pero caí en depresión y tuve que acudir al psicólogo, porque quería hacer muchas cosas que no podía. Sin embargo, llegó la pandemia y fue como volver a nacer. Comencé a hacer ejercicio con mi hijo, tuve esa motivación, empecé a trabajar los pulmones, a comer mejor y empecé a sentirme bien. Bajé de peso, aunque todavía me falta un poquito, pero logré equilibrar mi vida”, dice Omar orgulloso de sí mismo. Su hijo lo motivó a salir de ese abismo al que lo había llevado la depresión.

Además de hacer ejercicio, Omar sintió mejoría con el tratamiento que le recomendó su neumólogo, con quien dice estar muy agradecido, también siguió yendo a sus terapias a pesar del temor a un posible contagio de COVID-19. Aunque, tal vez, el peor temor era ahogarse en sus propios pensamientos y no luchar por su bienestar.

La pandemia también le dio un nuevo aire al trabajo. Omar es ingeniero de sistemas, se dedicaba a la docencia, pero cuando empezó el confinamiento el trabajo ya no era igual, la voz comenzó a fallarle por momentos y decidió dejarlo: “Por cosas de la pandemia decidí dedicarme a otra actividad. Llegó un amigo y me planteó el negocio de distribución de cerveza en Cundinamarca y ahora manejo mi tiempo de manera independiente, hago ejercicio, puedo estar con mi hijo y la verdad me siento muy bien”.

Omar está orgulloso y cómodo con los cambios en su vida, la pandemia le dio la oportunidad de volver a hacer lo que más le apasiona: “Ya soy otro. Ya juego fútbol, ya corro, ya monto bicicleta…”

Y es que Omar no se da por vencido, tiene ese espíritu deportivo que lo reta y lo obliga a competir con él mismo para ganarle a la vida, para ganarle al asma, ese rival misterioso que llegó a su vida de repente. El deporte ha acondicionado su cuerpo, pues dice que su capacidad pulmonar es buena y lo ha ayudado a salir adelante: “No puedo respirar por la nariz porque me falta una cita con el otorrino; superé unos pólipos nasales, pero creo que tengo el tabique torcido. Sin embargo, el deporte ha hecho que mi pecho funcione bien. Por eso es importante seguir ejercitándome”.

Reafirma que todo se lo debe a su neumólogo, al que le recomendaron después de una crisis: “. El doctor me dijo que estaba muy mal, que una gripa me podía mandar al hospital y que él me formularía un tratamiento que me podía ayudar a controlar mi enfermedad. Ya llevo dos años con esta terapia”. Omar cuenta cómo seguir al pie de la letra el medicamento ha sido clave para volver a la vida que amaba antes del asma. Sabe que esta enfermedad estará siempre con él, pero que si la tiene bajo control y mantiene una relación estrecha con su doctor, su vida será la que siempre soñó.

Omar tuvo su primera crisis de asma hace ya seis años, ahora tiene 45, pero dice entre risas que se siente como un chino, que puede hacer de todo y que nada, ni siquiera el asma, se lo impide. Respira tranquilo. Ya puede mirarse en el espejo y no solo reconocerse, sino ver que es una versión mejorada de sí mismo.

El caso de Omar nos demuestra que somos mucho más que una enfermedad cuando logramos tenerla bajo control, tenemos una buena comunicación con nuestro médico y nos empoderamos de nuestras vidas. Si usted conoce a alguien que tiene asma y no la tiene bajo control, aconséjelo para que busque ayuda con un profesional. Tener una vida normal con asma es posible.

Para más información, ingrese a https://www.asmabajocontrol.com.co/

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