logo
tv-cine
tv-cine 06/09/2021

¿Es bonita mi vida?

Tenía 18 años cuando en una sala de cine en Sao Paulo entendí cómo difiere la vida que imaginamos de la que vivimos. De la película no recuerdo el nombre, pero por 33 años he imaginado y vivido vidas distintas. Hace unos días terminé de ver la serie Veneno de HBO, que retrata la vida de Cristina Ortiz Rodríguez, y de la cual pude retomar la idea de lo distantes que son los caminos de nuestros planes y nuestra realidad. Me dolió ver cómo el mundo le mostró a Cristina lo más bajo del ser humano, cómo una sociedad podrida, mojigata y transfóbica le hizo pasar sus peores años. Me alivió el ver cómo a pesar de todo eso, brilló más que ninguna otra mujer en España y logró limpiar el camino para el respeto y el reconocimiento de miles de transexuales. 

Mientras planeamos lo que queremos de nuestras vidas, vamos tomando decisiones acerca de cómo queremos recordar lo que hemos vivido. Cristina Ortiz, La Veneno, nos hace caer en cuenta de cómo cuesta asumir como propios los recuerdos más dolorosos. Quisiéramos que fueran de otros, quisiéramos haber vivido otra vida. Al final, los abrazamos a todos: a esos recuerdos que nos hicieron llorar, que nos mandaron al infierno, que nos llevaron a maldecir nuestro nacimiento; pero también, nos fundimos en los recuerdos que nos dieron nuevos alientos, victorias breves y ganas de soñar. No nos confundamos, el final no es un cúmulo de alegrías o tristezas eternas, el final es un azar de emociones en un tiempo presente que solo marca el inicio de otros presentes. 

En el último año me costó escribir de las películas y series que vi. Hoy ignoro si aquello que escribí es algo que querré olvidar en unos años. La Veneno me sacó del bloqueo y empecé a unir palabras en el ejercicio rudo de escribir cuando se habla del dolor que sentimos como propio, de los recuerdos que nos identifican como parte de una especie tan frágil y al tiempo tan confiada en tener el poder y el control sobre su destino. Pero cómo no hacerlo, cómo no escribir de esa maravillosa mujer que fue capaz de inspirar a millones con la manera en que concebía su propia libertad a la hora de tener sexo o a la hora de hablar del deseo, del poder y de sí misma. Al ver cada capítulo, manifesté el exceso de sensibilidad que tantas veces me he reprochado: el efecto más obvio desde lo físico fue el llanto, aunque no logro definir aún si se conectó con mi tristeza, mi indignación o mi esperanza. Cuán absurdo y misterioso es el llanto. 

Pude identificar que mi admiración por Cristina Ortiz crecía en cada capítulo al ser testigo de la ferviente lucha que tenía por ser ella. ¡Las heroínas que tildan de putas merecen tanta admiración! Y no porque se dediquen a la prostitución, sino por resistir la mirada ignorante de quien por miedo no reconoce con cuánta valentía y fuerza cargan. Hubo una escena que me conmovió profundamente: cuando niña, Cristina cuidaba y alimentaba a seres más indefensos que ella, más hermosos que ella y con menos esperanzas que ella: animales encerrados. El amor se manifiesta y demuestra desde las acciones menos reconocidas de nuestra existencia. 

Cómo contaríamos nuestras vidas. Importa claro, aquello que soñamos, lo que vivimos, lo que arriesgamos, lo que dejamos. El tiempo suele marcar nuestros pasos y lo ordena bajo las ideas que se tienen sobre lo que es el pasado, el presente y el futuro. Entender esta estructura narrativa de nuestras vidas permite crecer sin dejar de soñar y sin dejar de estar agradecido por todo lo que se experimenta, así lo único realmente vivido sea el presente. Vale la pena entender que nuestra existencia va más allá de lo que vivimos, pues aquello que llamamos ficción, deseos o sueños también define lo que podemos llamar como nuestro. Yo guardo como “mía” la escena en que Cristina Ortiz, La Veneno, le pregunta a Valeria si su vida es bonita. La respuesta retumba en el espectador: “es preciosa”. Incluir la ficción en nuestra narrativa no la hace menos digna y menos parte de lo que somos. Finalmente, todos tenemos vidas para recordar, todos tenemos luchas bonitas.