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opinión 12/05/2021

¡Ah, bestias!

Qué bien nos vendría aprovechar esta temporada de revaluaciones para ir desterrando la costumbre de descalificar a una figura pública o al prójimo mismo relacionándolos con representantes del reino animal. Me refiero, por ejemplo, a aquellos que con el ánimo de desfogar animadversiones llaman ‘cerdo’ o ‘marrano’ a Iván Duque, por más que el personaje en cuestión delate evidentes similitudes de carácter zoomórfico con dichos seres, hecho fácilmente corroborable por cierta banda de rock que en la adolescencia el hoy presidente integró, llamada, creámoslo o no, ‘Pig Nose’. Pero lo condenable en este caso no son los grados de porquería o de impecabilidad implícitos en el personaje, lo merecedor que ese sea o no de toda suerte de denuestos ni lo mucho o poco que nos despierte simpatías u hostilidades. Se trata, más bien, la carga simbólica detrás del hecho de equiparar características negativas encarnadas por un humano apodando a quien las ostente con el nombre de una determinada criatura, bien sea esta canina, equina, felina o perteneciente a cualquier otra clasificación zoológica.

Lo mismo ocurre cuando alguien emplea los términos ‘perro’ o ‘perra’ cual si fueran adjetivos para referirse a cultores consagrados de la promiscuidad. O cuando, abrigados bajo el amparo de la fe católica, comparamos una condición de pésima fortuna con las desdichas experimentadas por “los perros en misa”, o una jornada desgraciada con “un día de perros”. También con esos que al saberse ‘apeñuscados’ en un Transmilenio se quejan de estar siendo tratados ‘como ganado’ o ‘como animales’. O, todavía peor, cuando para exigir respeto nos fundamentamos en el argumento de que “no somos bestias”. O con quienes tildan al cobarde de ‘gallina’. Incluso con aquellos que ilustran la escasa inteligencia de un individuo calificándolo de ‘burro’ o al acusarlo de ‘caballo’ o de ‘bestia’. Y, por supuesto, cuando le decimos ‘rata’ al ladrón o ‘zorra’ a quien como mujer recibe imputaciones por libertinaje erótico.

Algunos contraargumentarán que al final los más obvios involucrados no recibirán perjuicio alguno conforme a la manera como los denominemos, en tanto no son hablantes de lenguas humanas, pues lo de ellos son los ladridos, mugidos y cacareos. Pero asociar de entrada la identidad de una especie con conductas sólo achacables al homo sapiens sapiens es lo mismo que devaluar el lugar de quienes con nosotros comparten idéntico derecho de habitar el planeta. Tal como las palabras delatan las tasas de racismo, clasismo o respeto por la diferencia vinculadas a una comunidad, estos símiles, casi siempre inconscientes, no son otra cosa que perpetuadores invisibles de la discriminación y el abuso. Asumir que ser “tratados como bestias” equivale a sabernos ultrajados, implica, en el subtexto, que maltratar animales salvajes o de carga es admisible e incluso necesario para ser obedecidos. Llamar ‘cerdo’ a un cretino sin modales ni empatía no es otra cosa que pisotear la grandeza de uno de las más dulces, graciosos e inteligentes compañeros de cuantos con nosotros ocupan este suelo. Los ejemplos excederían de sobra el ámbito de la presente columna, pero cabe citar como coda al bueno de Mahatma cuando en su absoluta lucidez declaró que la grandeza y el progreso de una civilización pueden ser juzgados por la manera como dicha civilización trata a los animales. Hora es de que vayamos entendiéndolo.