Opinión

Dolorosamente unidos 

Si algo esclareció la muerte de Diego Maradona es que no hay discusión con respecto a Lionel Messi; como ídolo, quiero decir, porque como futbolista es probable que siga la división de opiniones y que cada uno elija a su preferido. Como figura pública, en cambio, Maradona le ganó por goleada no solo al rosarino, sino al resto de sus compatriotas. Gardel, Eva Perón, Charly García, en un país que venera como deidades a sus referentes nadie se le acerca al diez; si como futbolista sabíamos lo que era, como figura pública lo teníamos totalmente subestimado y lo que permitió su muerte fue entender lo amado que era. De mala manera, pero amado al fin y al cabo.

A Maradona lo lloraron todos, hasta los que nunca lo vieron jugar, y su muerte fue tan caótica como su vida: mientras le hacían la autopsia, afuera los hinchas cantaban como si en vez de un procedimiento forense se estuviera celebrando un partido de fútbol. Es que nadie quería que el show parara, por eso hubo sobreinformación por parte de los medios, fotografías filtradas del cadáver, sepelio con disturbios, gas pimienta, investigaciones por negligencia, acusaciones entre sus amigos y familiares, todo un circo. ¿Qué esperábamos, una partida en paz? Si no era así, caótico, no era Maradona. Y aunque varios coinciden en que una parte suya se dejó morir porque estaba cansado de ser él, se podría asegurar también que la otra parte no quería paz, quería show; por enfermedad o por vocación, Maradona era adicto a la fama, a las luces, no soportaba la soledad ni pasar desapercibido.

A Maradona lo salvó la misma cosa que lo condenó: el futbol, era un tipo imperfecto que nació con la suerte de saber jugar y estaba tan vacío que consumía de todo en exceso y nada lo llenaba: fama, sexo, drogas, alcohol, demostraciones de cariño y partidos de fútbol también. Y encima era una máquina de hacer dinero, facturaba hasta durmiendo, era un sistema antisistema, algo muy difícil de lograr. Era tan universal que estaba relacionado con todo, por eso es que desde figuras de talla mundial hasta el último habitante de la calle tenían una foto con él, una anécdota. Eran tantas que durante la semana en que murió nos cansamos de oírlas todas, al punto de que en algún momento pareció no tan extraño haberlo conocido.

Dentro de toda esta locura se puede decir que a Messi también lo subestimamos. Casi siempre lo subestimamos en realidad, porque sin importar lo que haga le vivimos encontrando imperfectos, falencias. Si pierde un partido o no le hace gol al Bayern sino al Elche, se lo restregamos como si fuera el peor de los perdedores. A Maradona eso no le pasaba, al menos después de retirado. Gol a los ingleses a un lado, cuando vemos sus resúmenes no evaluamos si aquellas maravillosas jugadas las hizo contra la Juve o contra el Cremonese, si ese día marcó gol o no, si su equipo ganó, perdió o empató, tan solo explotamos en aplausos, que es lo que toca. Se nos olvida, por ejemplo, que antes de México 86 era muy discutido, al punto de que muchos en su país le decían ‘Bandoneón’, porque se “arrugaba” en los momentos difíciles. Suele pasar que las personas del común les exigimos proezas a los valientes y extraordinarios, es nuestra forma de no sentirnos tan corrientes, tan perdedores. Le pasó en su día a Maradona y ocurre ahora con Messi, y no hay términos medios, pasas de pechofrío a Dios en un solo partido.

En el episodio en particular de la muerte de Maradona subestimamos a Messi porque nadie esperaba que después de anotarle al Osasuna tuviera debajo del uniforme del Barcelona la camiseta que usaba Diego en Newell’s Old Boys. Claro, tenía a su a favor muchas cosas: ambos son argentinos, zurdos, usan la diez y encima Maradona jugó en el club en el que se formó y del que es hincha Messi, eran muchas coincidencias del destino como para no salir con algo así. El punto es que mientras clubes de todos los continentes organizaron homenajes durante el fin de semana, Messi salió con algo tan sencillo, pero tan demoledor, que le ganó a todo el mundo, un acto lleno de simbolismos. Esas ideas elementales e inesperadas suelen ser las más geniales, las que más llegan; más viniendo de alguien como Messi, que administra al extremo sus demostraciones de cariño.

Esa camiseta de Maradona en Newell’s usada por Messi para homenajearlo después de un gol debe ser una de las prendas más costosas en la historia de la humanidad, no hay plata que pueda pagarla. Pero más allá de su valor material, lo importante es que, aunque sean como la noche y el día, une aún más a ambos personajes. Aunque los dos sean cracks vistosos, Messi es utilitario, hace lo justo dentro de una cancha, mientras que Maradona disfrutaba de hacer lujos; a Diego le encantaba ser el centro de atención y no tener un segundo de privacidad, a Messi en cambio parece incomodarle el acoso de la fama, lleva una vida muy discreta, hace pocas declaraciones y no se le conocen desmanes. A Maradona le pedíamos que fuera perfecto, a Messi le exigimos que sea Maradona, pero ambas cosas son imposibles, la gente es lo que es y no se le puede reclamar más. También los une el exceso de elogios, la adoración desmesurada que, según el personaje, puede ser una adicción o volverse más incómoda que una piedra en el zapato. A Maradona lo adoraba toda una nación, a Messi lo idolatra Catalunya, que es a su manera una patria. Y cada uno lo procesaba a su manera, Maradona sobreactuándose más, Messi cada vez más aislado.

La verdadera dimensión de Messi solo se conocerá cuando recorra el mismo camino de Maradona, el retiro y la muerte, porque mientras viva y siga activo nada va a alcanzar, ni ganar el último mundial que le falta por jugar. Y aun si lo ganara no tendría la misma épica y le reclamaríamos por no haber regateado a seis brasileños en cuartos de final. Más bien deberíamos dejar de compararlos y dejarlos en paz, pero eso es pedirles mucho a unos seres tan vacíos como nosotros.

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