El abuelo amaneció convertido en la abuela Suly

“El Apocalipsis de María y otros cuentos, de Martha Fajardo Valbuena, es sobrecogedor por esas escenas. Los relatos hablan de cómo la bondad o la belleza conviven frágilmente con la maldad o con lo grotesco”: Miguel Ángel Manrique

Los relatos extraños son incómodos porque se parecen a las pesadillas: revelan los miedos que escondemos y nos recuerdan momentos raros como, por ejemplo, el día que hicimos la primera comunión. Además, tienden a mostrar la parte horrorosa, la angustia y el dolor que se asomaron una vez en la vida para alterarnos el rumbo: la enfermedad de la abuela, la muerte del padre o el accidente de la amante. Las fuerzas del universo, la luz y la oscuridad, se enfrentan así para dominar sobre lo grande y sobre lo pequeño. Derrotan por igual a un rinoceronte y a una polilla.

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Florece un dedo, al lado de una mata de perejil, de las cenizas de Eduardo depositadas en una matera, y es un instante macabro. Una mujer embarazada apuñala a su agresor y hace justicia. Un hombre sueña que el rostro de su pareja se repite en los rostros de otras mujeres como preámbulo del horror. O una niña cree con fe que el aceite de oliva cura la muerte como la panacea.

El Apocalipsis de María y otros cuentos, de Martha Fajardo Valbuena, es sobrecogedor por esas escenas. Los relatos hablan de cómo la bondad o la belleza conviven frágilmente con la maldad o con lo grotesco. La literatura, como transformación estética de la vida, convierte las miserias humanas en metáforas, las vuelve narraciones y memoria, y las conserva.

Es aterrador que a María la devoren las palomas, porque su cuerpo huele a pan recién horneado; es un rasgo contemporáneo de la ciencia ficción que, en Bixton 3, los abuelos, luego de unas semanas de hibernación, se transfiguren en abuelas; es aterrador que una mujer prepare un estofado con el cuerpo de su marido como parte de una tarea; es fantástico que otra mujer sueñe con las partes de una bicicleta, que empiezan a aparecer por la casa; es inquietante, además, que el fatídico horóscopo de una mujer supersticiosa se cumpla.

Las narradoras de estos cuentos comparten la vida con otras mujeres: “Mi mundo era femenino. Yo decía nosotras siempre. En casa vivíamos la abuela, mamá, la tía Helena, la tía Flor, que era hermana de la abuela, mi prima Mariana que no era mi prima y jamás supimos quién era su familia y mi gata Menina”.

Son mujeres de otra época, como sacadas de una fotografía en blanco y negro, virado a sepia, o de una acuarela costumbrista. Mujeres que bordan, tejen y cocinan; que creen en Dios y van a misa; que hacen de su vida cotidiana una ceremonia; que se inventan mejunjes para las dolencias y conjuros para espantar los malos espíritus. Que se persignan. La vida cotidiana más sencilla se alimenta de las costumbres y creencias heredadas: “Al fondo, Dios miraba mi oficio. Barrí desde el altar hacia el atrio. Polvo, empaques de fritura, pelos, escupitajos; un asco ese piso”.

Un asco esos creyentes. Un asco los hijos de Dios.

El tono del libro es semejante a una melodía familiar, que suena en un viejo radio de pilas a las cinco de la tarde, un lunes, sin pizca de nostalgia. En las frases se enfrentan las visiones del mundo y se encuentran los tiempos, se unen el pasado y el presente: “Necesito tu firma papá y también necesito que vayamos a comprar ropa interior, me están creciendo los senos, le digo”; “el abuelo amaneció convertido en la abuela Suly”; “Ella vio la sangre y no supo cómo tuvo la fuerza para clavarle la navaja en el hígado”.

Parafraseando a Stephen King, el lector aficionado al cuento es “como un buscador de oro, con su tamiz y su corriente de agua”, que pasa un largo tiempo examinando montañas de tierra común, en busca del destello del polvo áureo o incluso de una o dos pepitas.

Soy de una generación que duerme mal. No tengo pesadillas, porque suelen desvelarme los hechos de terror que las sustituyen; y, porque, además, las encuentro en los libros.

Por: Miguel Ángel Manrique / Mi twitter es @miguelmanrique

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