¿El Ultimo Samurái?

Dentro de la historia nipona, al final del siglo XIX Japón era apenas un país totalmente atrasado y pobre, con elementos de extracción y absolutismo total donde no existía imperio de ley y mucho menos un Estado que rigiera las relaciones entre personas y que dirimiera conflictos entre las mismas. El Estado era el shogunato, y el Shogun era todo, administraba las rentas y lo que se podría denominar “justicia”. Con los vientos de revoluciones las Europeas, con la industrial desde luego posterior y con la revolución francesa, se trasladaron fenómenos de esta última a naciones absolutistas y atrasadas como la nipona, y uno de estos fue la estabilización de fenómenos inclusivos como el Estado de Derecho.

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Desde luego el shogunato no era un modelo de gobierno que generara inclusión y bienestar a las gentes para entonces, y quizás poco o nada extrañe la civilización moderna nipona lo que fue su historia extractiva, excepto lo que constituyó para entonces una solida “elite” de servidores, de guerreros, de equipos de personas dedicadas a los mas desvalidos, con vocación de servicio, y con gran capacidad de lucha, coraje y fuerza para combatir por aquello que tenían como convicción absoluta. Colombia hacia finales de los años 90 desde luego que era un Estado fallido, como lamentablemente parece que irá a parar de nuevo con todo lo que está sucediendo.

Logramos superar escenarios de dolor con unidad, con la fuerza combativa de un guerrero que logró unir las emociones de millones de colombianos, de amor por Colombia, para salir de ese estado de república bananera que al parecer nos cuesta superar, un verdadero “samurái” que con su vocación de servicio dedicó años para consolidar y llevar a cada rincón de Colombia esa institucionalidad, ese Estado de Derecho para darle confianza a la ciudadanía en la cosa publica, en su gobernante con fuerza combativa en contra de las fuerzas mas oscuras del narcotráfico, el terrorismo y toda esa combinación de formas de lucha para tomar el poder con el “oxígeno” de los secuestros, drogas, apalancados de armas y sangre.

Poco hemos aprendido como nación a diferencia de la nipona, que quizás hace esfuerzos por tener presente su historia para nunca volver a repetirla. El país en el año 2010 quedaba con no mas de 47000 hectáreas de cultivos ilícitos, hacia el 2018 Santos dejaba un Estado con algo mas de 210.000 hectáreas; al Samurái que por honor vio la necesidad de volver al ruedo de la política para hacer control político a un gobierno a todas luces permisivo con el narcotráfico, las guerrillas terroristas, la corrupción y el clientelismo, le pasaron de manera estoica la cuenta de cobro: un montaje burdo que lo tiene privado de la libertad por múltiples circunstancias, la principal, la ausencia de un Estado de Derecho, asunto que se resume en la práctica en que valen más las vías de hecho que el derecho en sí mismo.

El shogunato utilizó al samurái cuando mas lo necesitaba, y cuando ya casi la tarea estaba terminada al ver su implacable tarea buscó opacarle y exterminar su fuerza, su credibilidad y su capacidad combativa; en el derecho, como en los principios “samuráis”, algo no puede ser y no ser a la vez, la Corte Suprema de Justicia en su auto o resolución de situación jurídica, señala de manera grosera que el abogado cadena no actuaba como abogado por no tener este poder, pero al mismo tiempo señala que este abogado hacía las tareas que se le encomendaban como apoderado, y por ello la suerte que le da dicha decisión de determinador de los supuestos delitos de soborno y fraude procesal, de manera injusta y desacertada.

Corolario: El samurái, en pro de su honor, al ver la decisión cantinflesca de sí pero no, toma la decisión temeraria de renunciar al Senado; la Corte Suprema mantendría su jurisprudencia del fuero de atracción como lo menciona con la sentencia hito del 1 de septiembre de 2009 en el radicado 31653. Pero si la Corte al final respeta sus precedentes y jurisprudencia, entenderá que la inviolabilidad de las comunicaciones entre abogado-cliente tienen sustento no solo en su propia jurisprudencia, sino también en la constitucional; al final entenderemos que no solo los samuráis se hacían el Harakiri.

 

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