Vecinos inesperados

Por Andrés Ospina

El pasado diciembre, en vísperas del cambio de administración distrital, fue estrenada la que merecería ser considerada como una de las más completas obras alusivas a la fauna bogotana. “¿Fauna bogotana?”, se preguntarán muchos escépticos para quienes la capital colombiana es sólo smog, delincuencia y asfalto. La iniciativa, toda una megaproducción, incluyó un estupendo documental, bien criticado y estrenado en diversas salas y en televisión. También un libro homónimo, muchísimo menos publicitado aunque igual de valioso, titulado asimismo Vecinos inesperados: relatos de la fauna silvestre en Bogotá.

De la mano de un equipo de biólogos, fotógrafos, ornitólogos, entomólogos y distintos expertos, encabezados por la Secretaría de Cultura y reclutados por La Silueta Ediciones, industria editorial reputada por la impecable manufactura de las producciones que llevan ese sello, Vecinos inesperados constituye una pieza coleccionable —en formato de lujo, de guía de campo y con juego de cartas incluido— que amerita posición de privilegio en todo hogar capitalino. Una recopilación extensa subdividida en apartados: cerros y páramos; humedales ríos y quebradas; barrios y casas, esto último para demostrar que una simple matera constituye todo un ecosistema. O si no pregúntenles a los famosos ‘marranitos de tierra’ que emanan de cualquier piedra de solar al levantarla.

Hacerlo fue un reto. Si descreen, basta con preguntarles a los fotógrafos, quienes, tras años de dedicación y de riesgos de múltiples índoles, consiguieron estupendos registros de la población animal que ha hecho de Bogotá su domicilio permanente o transitorio. Hay dentro de aquellas páginas criaturas para cada gusto, cada una descrita de manera entretenida: el gran tigrillo lanudo (Leopardus tigrinus), hallado no hace mucho en Bosques de Torca y hasta entonces considerado extinto en la región. El imponente oso de anteojos (Tremactus ornatus), solitario rey de nuestras montañas emparentado con el panda mandarín y ávido consumidor de chusque, lo más parecido al bambú que hay por aquí. También el camaleón andino, propio de los cerros orientales, que pese a no ser un camaleón en el sentido estricto del término sí goza de la propiedad de alterar su coloración como estrategia de camuflaje. Imposible no mencionar al entrañable copetón (Zoonotrichia capensis) y a la inofensiva culebra tierrera (Atractus crassicaudatus). O a los sociables venados de cola blanca (Odocoileus goudotii) criaturas apacibles cuyos combates entre machos a la hora del apareamiento distan, no obstante, de asemejarse a una escena de Bambi. Incluso a algunas de apellido local, entre las que cabe mencionar al murciélago de hombreras (Sturnira bogotensis), la rolísima rana de lluvia (Pristimantis bogotensis) y al búho orejicorto bogotano (Asio flammeus bogotensis), aparte de muchos y muy coloridos personajes (168 aves, veinte invertebrados, veinte mamíferos, ocho anfibios, seis reptiles, y dos peces).

En suma, hablamos de un compendio abarcador que hoy, por asuntos burocráticos que, seamos justos, escapan de los alcances de la alcaldía anterior y sus funcionarios, tiene su rango de influencia limitado a bibliotecas públicas y a mesas de centro de unos pocos favorecidos. Quieran Bochica, Bachué y demás deidades chibchas que esos volúmenes ya impresos y ojalá no apilados por miles en bodegas encuentren su camino, trasciendan esos confines y estén disponibles en librerías para los muchos que anhelan adquirirlos, tal como los cánones de la distribución lo indican. O que, cuanto menos, sean ofrecidos gratuitamente al público por algún medio digital. Quizá usted, alcaldesa, pueda hacer algo al respecto. Hasta el otro martes.

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