Dalái y las mascotas del amor y la lealtad

Twitter: @poterios

Por Andrés ‘Pote’ Ríos

 

Esta historia es la de muchos, de cientos, de miles. En cada una de ellas hay características distintas de raza, color y tamaño, pero hay algo que siempre las une: el amor y la lealtad. Es un vínculo único, bello por demás, a veces incomprendido por otros. En mi caso, no tengo mascotas. La última vez fue hace más de 20 años, un san bernardo llamado Mork. De resto, lo que quiero compartir es parte de lo que he visto en la piel de esos amos que aman a sus mascotas con el alma y con tanta fuerza que rompe el corazón. En este caso, Dalái y mi hermano, Sebastián.

Dice uno de tantos estudios que salen a diario que hoy en Colombia, de diez hogares, siete cuentan con una mascota. La serie está dividida entre perros y gatos. Es claro que hay periquitos, hámsteres y vaya uno a saber qué más, hasta boas han encontrado en apartamentos de alto turmequé. Pero sin duda, caninos y felinos son los que acaparan el gusto de los que quieren tener una mascota de cuatro patas.

La soledad es una de las compañías más estables en el día a día de muchos. Es dura e implacable, pero al mismo tiempo es condescendiente y buena consejera. Dentro de ese marco, el de la soledad misma, la llegada de una mascota, y en este caso me centraré en un perro, es un elíxir que hace más amable la vida.

Dalái es una french poodle negra azabache de contextura pequeña. No sé la procedencia de su nombre, siempre le oí a mi hermano decir que era por el dalái lama y que con ello quería denotar paz y tranquilidad. El hecho es que Dalái llegó por esas cosas que pone la vida en nuestro camino: una mujer se la regaló, una de esas que pasan, aman y sigue su destino. Pero esa mujer en particular dejó huella en Sebastián: le dejó a Dalái. Y, sin asomo de duda, es lo que más ha amado mi hermano, junto a mi madre, en cuanto al género femenino se refiere.

Dalái llegó y llenó los espacios del apartamento de un hombre soltero que se abría paso en el duro campo laboral de Bogotá. Una mascota llega a la casa y genera todo un proceso disciplinario que va de lado a lado. De cachorrita, como pasa con la gran mayoría de mascotas, Dalái era un torbellino explorador que a su paso generaba todo tipo de estragos. El proceso educativo se daba palmo a palmo, para ella y para mi hermano. Y dentro de ese trasegar el amor empezó a crecer y crecer.

Dalái era mi hermano y mi hermano era Dalái. No había plan en que no se considerara la presencia del uno sin el otro. Y sí, un hombre se enamora de una french poodle y eso es bello. Pobres de esos que creen que la masculinidad se centra en amar solo a perros grandes o de “razas duras”, babosadas del sistema tonto.

Los años han pasado. Hoy Dalái tiene 16 años, lo que en términos humanos pueden equivaler a unos 105. Es una bella anciana a la que ya la vida le está diciendo que la misión al lado de mi hermano se cumplió con cabalidad. Todos en la familia estamos esperando la partida de la gran Dalái. Pero pienso también en mi hermano, más allá del amor eterno que le tengo, pienso en su dolor al decirle adiós a la “mujer”, a la “hija”, que ha sido su compañía absoluta mientras pasaban por su vida una esposa, novias, amigas y todo lo que conlleva la vida del amor.

A veces he sido crítico con la gente que trata a sus mascotas como si fueran humanos. Veo gente que les abre el espacio de su cama, los alimentan boca a boca o les hablan como si fueran sus amigos, amigos que no darán una respuesta que va más allá de un ladrido. Pero estoy equivocado. Demasiado, diría yo. Cada quien está en la absoluta libertad de vivir el enamoramiento con su mascota como bien le venga en gana. Es algo tan íntimo, es tan sagrado y tan delicado entrar en el sentir de un corazón por el de otro ser vivo, que no hay manera de censurarlo. Yo, por ejemplo, en la casa de mi mamá tengo a Maiden, un hidalgo, noble y ya maduro labrador al que adoro. De igual forma confieso que estoy enamorándome de Charlotte, una shithzu cachorrita que me tiene loco y pertenece a mi novia. Es cuestión de vivir y respetar. ¿Que son animales? Obvio que sí. ¿Merecen amor? ¡Absolutamente! ¿Ellos dan amor? ¡Demasiado!

Dalái no se irá de este mundo cuando un humano lo decida. No, mi hermano se ha encargado de darle lo mejor de lo mejor en estos 16 años y se lo dará hasta el último de sus suspiros. Yo quiero agradecerle a Dalái por todo. Llegará al cielo de los perros y allá seguirá corriendo y seguirá cuidando a mi hermano. ¡Gracias, negra bella, por tanto! Qué ejemplo de amor y lealtad, aspectos en los que fallamos muchas veces nosotros, los de dos patas…

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo