Aprender a escuchar

Por Zalman Bem-Chaim

Todos hemos tenido discusiones con aquellos que nos rodean, tal vez muchas más de las que nos hubiese gustado e incluso peores de lo que nos hubiésemos imaginado, gran parte de ellas nos hacen pensar que es demasiado difícil generar empatía, conexión con quienes nos rodean, pero no necesariamente estamos viendo el panorama completo.

Hay tantas, realmente tantas cosas que nos pueden diferenciar de todos aquellos que nos rodean, y las diferencias son tan grandes, que pensándolo desde un sentido práctico sería casi imposible entablar cualquier tipo de conexión, contacto o relación de cualquier tipo con alguien más si nos diésemos a la tarea de enumerar cada una de estas diferencias.

Es por eso que resulta muy importante saber en qué nos estamos enfocando, y cuando de relacionarnos con otros se trata, aparte del rol (ya sean familiares, amigos, pareja, compañeros de trabajo, etcétera), es clave enfocarnos en aquellas cosas que nos unen y nos acercan, independientemente de todas aquellas que nos puedan diferenciar. Tal vez no sean tantas como las diferencias, pero basta una buena razón que nos una con los otros para llevar a buen termino cualquier tipo de relación.

Pero muchas veces no es en donde estamos enfocados, incluso ni siquiera es lo que decimos lo que nos genera dichas discusiones, muchas veces es lo que creemos que estamos escuchando lo que nos mete en problemas y los empeora.

Escuchamos las suposiciones que nuestra cabeza elabora frente a determinada situación, algunas de estas originadas por nuestros miedos y otras más causadas por nuestro orgullo, impulsándonos a reaccionar de una manera que tal vez no sea la mejor, y que por buscar protegernos puede llevar a que nos traguemos lo que pensamos y sentimos, o a que ataquemos a aquellas personas que nos rodean, sean parte de la discusión o no. En cualquiera de los dos escenarios, quien más afectado resulta eres tú mismo, tal vez no de manera inmediata –eso depende del tipo de respuesta–, pero sí al mediano y largo plazo.

Quien no controla sus reacciones no puede conocer lo que es la verdadera libertad. Y gran parte de esa libertad nace de aprender a escuchar, tanto nuestros diálogos internos como los que sostenemos con todos los que se encuentran en nuestro entorno.

En medio de una discusión saber escuchar significa tratar de entender lo que el otro está queriendo expresar, teniendo claro que de entrada no lo va a hacer de la misma manera que nosotros lo diríamos y/o haríamos, ya que se trata de personas diferentes; se trata de aceptar que existen puntos de vista diferentes al nuestro (que nos guste o no es otra historia, la clave es aceptar que existen); se trata de escuchar sin juzgar, criticar o categorizar; se trata de no suponer y aunque pueda no ser sencillo, tomar un segundo o dos para realmente procesar lo que la otra persona me está tratando de comunicar.

Tenemos más diferencias que cosas en común, pero eso no es algo que nos limite para podernos comunicar, sino que nos reta para que podamos ver más allá de esas diferencias. Si nos proponemos activamente a aprender a escuchar, no solo vamos a poder generar mayor empatía y conexión con todos los demás, sino que también vamos a permitirnos entender la vida de muchas más maneras.

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