Seres infelices

Por Nicolás Samper

Esperaba que Cadavid hiciera un gol en el clásico. En serio. Porque no había mejor forma de dar un mejor bofetón que ese. Era la única manera de hacer sentir verdadera vergüenza por aquella persona que quiso engañarlo haciéndole creer que era su ídolo para robarlo.

Y pensé en Cadavid justo en el instante en el que Santa Fe rechazó de cabeza hacia el medio aquel centro viboreante de Mosquera (con Arango también víctimas del cosquilleo miserable) a los tres minutos de juego. Y apreté los puños cuando, libre de cualquier marca gracias a la particular anuencia de la zona media de Santa Fe, el zaguero central que carga con un triqui de cuero en la cara al fracturarse el tabique en un duelo de esos que él sabe dar, adelantó la pelota para perfilarse mejor y hundir el guayo en esa pelota roja, invisible en la noche.

Ante el América una mujer, un ave de rapiña miserable, encontró un buen truco para atracar sin ruido a un jugador de fútbol. Le hizo marca personal al defensa y le pidió una foto, algo tan común y un ejercicio tan libre y tan admirable para el que quiere acercarse al tipo que en la cancha le retribuye, y también admirable para el futbolista que para su andar un par de segundos, mira hacia el objetivo y se va. Porque esto les toca hacerlo cientos de veces y Cadavid no repara nunca en frenar, posar y seguir. Bueno, hasta ese día…

Sintió la mano ladina y rapaz y de inmediato Cadavid se mosqueó: llevó a la mujer a la Policía y aprovechó para recordar su identidad en redes sociales. De verdad que hay hinchas que dan solo asco. Repudio. Porque robar a un tipo que defiende los colores que hacen parte de nuestro sufrimiento es una blasfemia. No importa si es crack o si es un tronco de aquellos. Es una cuestión de códigos.

Como con Diego Lugano: alguna vez el uruguayo, capitán de la generación brillante que alcanzó las semifinales con su país en Sudáfrica 2010 luego de 40 años de intrascendencia internacional, fue a visitar un amigo y dejó el automóvil estacionado frente a la casa. Mientras tomaban mate, sintieron la explosión de un vidrio: al asomarse, vieron que la luna del carro de Lugano estaba rota. Para colmo de males, en un acto bien uruguayo de desprendimiento habitual, Lugano había dejado en el interior del vehículo una cartera con dinero, pasaporte, identificaciones de todo tipo y tarjetas de crédito.

Dos horas después un paquete llegó a la casa del amigo de Lugano: era la cartera del defensor intacta. Estaba todo completo y una pequeña nota de disculpa porque, obvio, ¿cómo iban a robar a Lugano, que tanto les dio?

Entonces en el momento Cadavid mandó el zapatazo rastrero y cuando vi que la mano de Castellanos iba a ser insuficiente pensé en esa mujer, en la ladrona esa, en ese ser infeliz porque justo ella iba a ser el único ser en el mundo conocido que no iba a poder gritar aquel gol de un triunfo hermoso de clásico.

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