La desconfianza como método

Por Andrés Ospina

Habitamos una sociedad atravesada por la desconfianza. Nos entrenan para desconfiar y por principio desconfiamos. Para no caer en engaños ajenos, cada uno va tejiéndose y sofisticando los propios. Al suponer por adelantado que el entorno es fraudulento y asimilarlo como hecho generalizado, muchos optan por envilecerse, para no desentonar. “No conversar con extraños”, “no hablar con gente en la calle”, “no recibirle nada a nadie”, “el vivo vive del bobo” son solo cuatro de los muchos mandamientos impresos con sangre en el clásico manual de advertencias que por tradición recitamos desde la cuna. Si alguien desconocido te aborda, de entrada lo supones carterista, estafador, pordiosero, vendedor de Amway, predicador, promotor de telefonía celular con intenciones de venderte algún plan desventajoso o presunto violador antes que potencial amigo.

De ahí que tantos eviten, como blindaje hasta cierto grado comprensible, saludar o mirar de frente al vecino o conciudadano. Así se ahorran de antemano la predecible desdicha de conocerlo. ¿Consecuencia de habitar un suelo donde la injusticia y los timos han hecho escuela, o simple memoria evolutiva que nos condiciona por defecto a adivinar en el prójimo a un hampón o alguien digno de evitar, fundamentados en experiencias previas o, peor todavía, en estereotipos de origen indetectable?
Triste decirlo, pero quien confía suele ser tachado de idiota, inexperto o desadaptado. “Da papaya”. Por eso a la víctima del hampa que denuncia la fustigamos con un “algo habrá hecho” o con el clásico “¿quién sabe dónde andaba metido?”. Nos abstenemos de caridades, porque calificamos de mentirosa la causa expuesta por el menesteroso de turno y ante cualquier petición suya le lanzamos el automático “¿quién lo manda?”, el no siempre errado “vaya y trabaje”, el descorazonado “eso es para vicio”, o el a veces inmerecido “¡está fingiendo!”. Quizá los índices de criminalidad lo justifiquen. Tal vez, de hecho, la candidez funcione como modalidad silenciosa de autodestrucción, al poner en serio riesgo la supervivencia propia.

Y así, desconfiados, nacemos, crecemos, nos reproducimos y perecemos… víctimas y a la vez evangelizadores activos de este pacto universal y tácito de incredulidad, otra forma pasiva y no tipificada de violencia. Hastiados de que se nos exijan o se nos anden exigiendo garantías cuya función bien podría reemplazar la palabra, si esta nos valiera de algo. Saturados de contralorías, fiscalizaciones, notarías, fiadores, centrales de riesgo, de paz y salvos, de veedurías, de procuradurías, de letras menudas y muertas, de personerías, de revisorías, de leyes y de plazos que se incumplen. Por eso hay centrales de riesgo. Por eso la llamada bancaria tipo “¿podemos saber la causa del no pago?”. Por eso amagan revisar nuestras pertenencias al abandonar el edificio. Por eso y porque seguramente un historial kilométrico de estafas, tumbes, torcidos, chuecos y ‘miti-mitis’ indica que así debería ser.

Con todo y eso, aún hay quienes anhelamos vivir en un mundo sin paranoias y con vecinos decentes. ¿Y qué si un día nos sonriéramos con franqueza? ¿Y qué si hiciéramos amnesia voluntaria de aquello que nos empuja a descreer y recomenzáramos? ¿Y qué si los cretinos que ante la sola insinuación de pactos como este ya comienzan a tramar cómo transformarlos en vehículo de la trampa se abstuvieran de ser como siempre han sido? ¿Imposible? Los siglos lo dirán, y espero que no muy tarde.

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