Jugando a ser Van Basten

Por Nicolás Samper

Me imagino a Marco van Basten sacando un sudoku en pleno comité técnico de la Fifa y mordiendo un lápiz como para acabar con el tedio laboral. De pronto, cuando ya se va a ir a la casa, un colega le toca el hombro y le dice: “Ole, ¿usted se acuerda si finalmente es para mañana lo de la vaina esa de las propuestas para modificar el fútbol?”. Y en ese instante Marco entra en pánico porque no ha preparado nada.

Es que el tiempo se le ha ido –y a mí me pasaría lo mismo si fuera él– imaginando sus hazañas en esas reuniones de comité. Entonces mientras Infantino saluda a tres personajes que están al lado, a él se le olvida el entorno y recuerda mirando al horizonte aquel gol irrepetible que le clavó a Rinat Dasaev en la final de la Euro 88, o cuando lo invitan a esas ceremonias de premiación, su mente empieza a transformar los aplausos que dan en esas galas y ese sonido de las palmas rabiosas vitoreando al crack, en un feliz letargo que lo hace viajar en la máquina del tiempo hacia 1989 y en especial esa jornada en la que él y sus compañeros en Milán le dieron un golpe de humillación al Real Madrid en San Siro, o cuando en la final de Europa ante Steaua de ese mismo año iba dejando a los defensas rumanos como unas hilachas quemadas por cuenta de sus genialidades.

Me imagino a Marco van Basten muy embolatado pensando con qué iba a salir cuando alguien decidiera preguntarle qué se le había ocurrido. Igual como cuando el profesor decía nuestro apellido para salir al tablero y estábamos con la mente en blanco. Siento la angustia de Van Basten. Yo la he tenido también.

Entonces acudió a las añoranzas de potrero y a otros deportes para echarse un salvavidas y no aparecer con una paparruchada: tarjetas de castigo temporal –alma micrera–, abolición del fuera de lugar –donde el palomero parece beneficiado en teoría hasta que enfrente un DT  italiano o de equipo que no quiere irse a la B–, hacer cuatro tiempos de juego –como si no fuera ya un deporte muy interrumpido en la versión actual– y penaltis convertidos en carreras de 25 metros con balón en movimiento –como lo hacía la MLS hace casi 25 años y pensando en futbolistas que, ya mamados por un 0-0 con tiempo suplementario, además tendrán que correr un poco más para decidir la suerte de un título–, entre otras perlas.

A Van Basten habría que decirle que con que impulse la abolición de los miserables, ignominiosos y abominables tiempos suplementarios habrá marcado un gol de chilena en su cubículo, igual de valioso a los que supo hacer en las canchas. Con eso, solamente con eso, el fútbol tendría más sentido. Más vida. Menos miedo, menos fatiga.

En cualquier momento en esos comités alguien le compra todas las ideas y estaremos fritos. Ya suficiente con imaginarse un bodrio de Mundial con 48 equipos como para agregarle las ‘vanbastenadas’ del crack holandés.

Si todo esto se cumple –y con 48 equipos– estaremos asistiendo a la muerte declarada de un deporte que antes de todas esas idioteces se llamaba fútbol y que solía ser divertido. 

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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