Llamemos a las cosas por su nombre, no seamos tan cobardes

Virginia Mayer analiza esta semana el comentado video porno de la periodista Alejandra Omaña: ¿es un acto feminista o simplemente una búsqueda de llamar la atención?

Por Virginia Mayer

Durante estos días los masturbadores exhaustivos no hablan de otra cosa que no sea el remedo de vídeo porno que hizo la cucuteña Alejandra Omaña, dizque vestida de monja y masturbándose con un vibrador que seguramente compró en un andén de la calle 13 y, claro, mágicamente inspirada por la portada de algún libro que junto a la imagen de Cortázar en la pared deberían dejar muy claro que ella es híper intelectual, o sea.

Esta mujer de 24 añitos organizó la Feria del Libro en Cúcuta más de una vez, así la conocí. Entonces me maravilló su inteligencia, su ímpetu, su carácter, su personalidad y, cómo no, las exorbitantes siliconas que se embutió en las tetas. Nunca fuimos amigas, esa es una gran palabra que no le otorgo a cualquier sapo.

¿Y cuál es mi problema con lo que hizo? Pues que no quiero que mis sobrinas crean que lo que esta desubicada hizo es feminismo, pues el porno es una industria absolutamente “falocéntrica” y machista, y en ese orden de ideas el feminismo y el porno son antagónicos. Otra razón para no creerle su discurso.

Tampoco quiero que ninguna niña crea que el porno es libertad de expresión o libertad sexual femenina. Quiero que sepan que no hace falta mostrarle a cientos de miles de extraños la vagina en un intento por explorarse a sí mismas sexualmente. Quiero que tengan muy claro que si quieren ser exhibicionistas pueden hacerlo, pero no escudadas detrás de un discurso tan mentiroso como ridículo, sino con la plena conciencia de que lo que están haciendo es –específicamente- llamar la atención. Que sepan también que esta sociedad ni perdona ni olvida, y que si deciden que el cerebro no les sirve para nada más y resuelven salir del anonimato masturbándose en internet, que no olviden que por eso serán recordadas. Y por nada más.

Yo no le veo misterio al porno, ni juzgo a los actores del gremio. De hecho, admiro mucho a Esperanza Gómez precisamente porque sí tiene el peso que hace falta en las tetas para admitir que le gusta el sexo, que le gusta lo que hace, le gusta ponerse en esa posición tan vulnerable. Esperanza no se escuda detrás del pseudo feminismo, y eso es lo que más le condeno a Alejandra, que además nos subestima a todos pensando que vamos a creerle ese discurso que claramente ni se preocupó por preparar.

En entrevista con Univisión asegura que su intención era escandalizar… que alguien me explique eso qué tiene que ver con feminismo. Dice también que no le importan las críticas (o sea, no le importa lo que piensen), pero sí quiere escandalizar (o sea, sí le importa lo que piensen), entonces, ¿en qué quedamos? Agregó en la misma entrevista que a cambio de un subsidio se comprometería a hacer más “porno”, pero no del tipo convencional. Entonces me pregunto, ¿existe algo más convencional que una monja sexy y provocadora?

Y si fuera cierto que lo que quiere es una carrera en la industria pornográfica, se habría asesorado, y sé que no lo hizo porque a nadie se le ocurrió decirle que no pusiera sus datos personales en el dominio de la página donde montó el vídeo. O de pronto es que Alejandra no es tan brillante como yo creía. Para hacer una movida como la que ella hizo, hace falta protegerse, protegerse muy bien.

Alejandra comenzó a exhibirse con unas fotos mostrando las tetas en la revista Soho, haciendo unas poses propias de catálogo de prostitutas, algo innecesario para una mujer inteligente como ella, pero supongo que estaba hambrienta de atención, lo que no es anormal en una post adolescente. Así le perdí el respeto, pues no serán quienes se masturban con su imagen los que le aseguren la carrera que ya pretende haber amaestrado: la escritura. Entonces no se inventó ningún discurso, pero para justificar el vídeo de estos días en que muestra la vagina (al que se refiere como “porno cinematográfico”, hágame el hijueputa favor…), la historia es diferente.

Para mí, porno es otra cosa. Yo esperaba verla follándose a tres vergones, pero no. Y no solo no es porno; estéticamente el vídeo es inmundo, el cliché de la monja masturbándose pasó de moda a finales de los años 90, pero quizá entonces la Omaña era un cigoto -es que yo no sé sumar- o es que esta pseudo cineasta no tiene un gramo de imaginación o creatividad.

En entrevista con Darcy Quinn, la cucuteña habla de “liberación sexual”, que es lo mismo que dijo la Cicciolina en la década de los 80, y después se comió a un caballo y también a una culebra. La Omaña también dijo que lo que hizo es periodismo de inmersión, pero el texto que publicó en Soho contando su experiencia es una pobrísima y aburridísima lista de acciones que no merece llamarse crónica. ¿Entonces, dónde está el periodismo de inmersión? ¿Cuál periodismo? No hay tal. Dijo en la misma entrevista que el orgasmo que tiene en el vídeo no es como los orgasmos del porno convencional… El adjetivo ‘pretenciosa’ le queda en pañales, o nunca ha visto porno.

Alejandra Omaña es una jovencita desbocada dispuesta a hacer cualquier pendejada con tal de que la miremos, de que sepamos que existe. Pobrecita. Hagamos una cosa, si en cinco años tiene una carrera establecida dentro del periodismo, el cine o la literatura, si en cinco años a todos se les olvida su vagina y le creen que es inteligente, prometo comerme el papel periódico en el que está escrito este artículo. Y si eso no pasa, punto para la industria pornográfica, que volvió a aprovecharse de la ingenuidad de otra pseudo feminista.

Por: Virginia Mayer // @virginia_mayer

Contenido Patrocinado
Loading...
Revisa el siguiente artículo