Breve pero verde

Por Eduardo Arias

La Avenida La Esperanza se ha convertido en una de las más transitadas de la ciudad. Esta vía, que corre paralela a la Avenida Eldorado unas cinco cuadras al sur entre el Centro Antonio Nariño y Fontibón, atraviesa por la mitad Ciudad Salitre, uno de los principales desarrollos urbanos de la ciudad en el siglo XX. Este sector, que comparten las localidades de Fontibón (al occidente de la Avenida 68) y Teusaquillo, se caracteriza por sus edificios de viviendas, los centros comerciales Salitre Plaza y Gran Estación, el Centro Interactivo de Ciencia y Tecnología Maloka, una de las principales sedes de la Cámara de Comercio de Bogotá, hoteles de cinco estrellas y gran cantidad de edificios de oficinas de entidades bancarias, periódicos y aerolíneas.

Todo comenzó en los años treinta, cuando José Joaquín Vargas le cedió la hacienda El Salitre a la Beneficencia de Cundinamarca. A mediados de los años sesenta, cuando Virgilio Barco fue alcalde de Bogotá, comenzó el desarrollo de algunos de esos terrenos, entre ellos el Parque El Salitre. Y 20 años después, cuando Barco ya era presidente de la República, comenzó a desarrollarse lo que hoy se conoce como Ciudad Salitre. La Avenida La Esperanza conectó el sector de Quinta Paredes y Corferias con los barrios que ya existían al occidente de la Avenida Boyacá (San Felipe, Modelia, entre otros), hasta llegar a Fontibón a medida que la ciudad se iba expandiendo de manera vertiginosa hacia el occidente.

La Esperanza es una avenida pensada para los carros, los buses, el tráfico pesado y poco invita a caminar. Sin embargo, en un pequeño tramo, entre el acceso oriental del puente peatonal que cruza la Avenida 68 y la carrera 60, los urbanistas pensaron por un momento en la gente de a pie y diseñaron en el separador un amplio sendero peatonal, con jardineras a ambos lados, en el que crecen palmas y árboles, algunos de los cuales ya alcanzan un porte respetable y en algunos tramos han creado túneles verdes.

No es demasiado largo, la verdad. Así, a ojo (en ese sector no es fácil medir las distancias por cuadras porque estas son enormes), serán unas seis de las normales. A pesar de estar en medio de una vía muy agitada, da gusto caminar por ahí, sentarse un rato, disfrutar algunos minutos de una mañana o tarde soleada, así se trate de un día laboral.

Una vez se termina de recorrer este breve tramo no queda más remedio que seguir caminando por los andenes sin árboles. Si la caminata es hacia el oriente, queda la opción de desviarse un poco al norte por la carrera 60 y subir unas cuadras más por la muy verde calle 24A, una vía-parque aún más ancha que el Park Way y que termina a espaldas de la Gobernación de Cundinamarca. Pero esa es otra historia, ese es otro recorrido por los incontables recovecos que ofrece Bogotá.

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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