Idolatrías

Por Nicolás Samper

Enero de 1987. Se levantó con la idea de salir a cazar ciervos. O pájaros. Así de simple. Se quería ir a cazar y así aprovechaba para desoxidarse y volver a estar en la cotidianidad bogotana para hacer parte de la temporada con su club.

Y justo esa mañana que supuso que era buena idea ir de caza, que imaginó estar ajustando la mira para cuando el objetivo pasara frente a sus ojos , recordó también que ese era su oficio: el de saber apuntar, el de saber vencer a su presa con una sola oportunidad. Era famoso por eso en Colombia. Es que pocas veces ocurrió que un tipo terminara como goleador de un campeonato a pesar de que a su club lo hubieran eliminado de la fase de los ocho mejores. Entonces recibió un telefonazo –al fijo, los celulares no existían ni en sueños- en donde le decían que gracias por todo pero que no le iban a renovar contrato para 1987. Es la vida laboral, pensó, y luego de colgar y sentirse triste –obvio, no iba a estar feliz de irse de una casa a la que él mismo ensalzó tres años- le marcó a su amigo Gabriel Martínez , que aprovecharan esa mañana para irse de caza. Aunque Santa Fe parecía ser ese lugar del que nunca quiso irse dijo adiós sin rencores, con el agradecimiento a los hinchas, a la gente, a sus amigos y listo.

Si alguien le dio muchísimo a Santa Fe fue Hugo Gottardi. Porque cuando vino por primera vez a Colombia, su fama de goleador estaba más vigente que nunca: en un equipo fantástico y que parece un contrasentido de acuerdo al prejuicio del DT que lo dirigía (Carlos Bilardo), Gottardi se había cansado de hacer goles con Estudiantes de La Plata: además de su gran pericia y tino, contaba con los suficientes genios para ser abastecido: detrás de él y de Trama, el otro delantero de esa formación, jugaban tres número 10: Marcelo Trobbiani, José Daniel Ponce y Alejandro Sabella. El único que marcaba en el medio era Miguel Russo, su mejor amigo de la vida.

Y claro, el camino de Gottardi siguió siendo explosivo en nuestro país: un delantero gigantesco, idolatrado hasta por el entonces dueño del rojo –un extraño hombre de apellido Carrillo, que alguna vez le envió 50 cajas de champaña Madame Collete a su casa- pero al que un día le dijeron “No más”. No se fue con rencor, todo lo contrario: Santa Fe ya estaba metido en su corazón. Y él también ya había quedado inmerso en la historia grande de esa institución.

La historia sirve para algunos pocos hinchas santafereños que hoy sienten que un ídolo se les ha caído –sin siquiera haberlo visto jugar dicen que ese señor no le ganó a nadie y bobadas similares típicas del fanático carente de profundidad -, sencillamente porque es asistente técnico de Miguel Russo, nuevo DT de Millonarios.

A ellos, que por favor maduren. De verdad. 

*Las opiniones expresadas por el columnista no representan necesariamente las de PUBLIMETRO Colombia S.A.S.

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